¿Qué hay detrás de las ultimas declaraciones de la OMS, acerca de la relación entre carne roja y carne procesada -los embutidos que nutren a millones de españoles desde hace décadas- y el riesgo de padecer cáncer? ¿Cómo distinguir la verdad de las cosas cuando los  intereses económicos en juego desbordan nuestra capacidad de hacer números? ¿Cuándo los organismos que lo declaran están bajo sospecha por los sucesivos informes, como el de la gripe A, que disparó sospechas sobre la relación de la declaración de pandemia con la venta de fármacos de un alto cargo político de la administración americana? ¿Hay científicos independientes capaces de saltarse el maridaje entre industria y ciencia? ¿Cómo reflexionar en la maraña de nutricionistas que ha saltado al cuadrilátero de los medios de comunicación, con teorías a favor y en contra de la alimentación vegetariana vs carnívora que se basan en datos que la mayoría no alcanzamos a verificar por falsa de cultura científica?

Quizá una vía sencilla sería leer más allá del sensacionalismo con el que la prensa mediatizada por oscuros intereses económicos ha tratado la noticia, rasgando las vestiduras de una cultura que gira alrededor del consumo de carne. Tratar de enfocar de forma más detallada, pues no es la carne el principal problema sino los aditivos como las nitrosaminas, que se le añaden para impedir la contaminación bacteriana.

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Son los aditivos, los conservantes, estabilizantes, azúcares, almidones, grasas de mala calidad los que envenenan lentamente y que están desde hace mucho tiempo bajo el punto de mira de muchas investigaciones realmente independientes y que no llegan a los medios de comunicación con el bombo y el platillo que debieran.

Esos son los enemigos, que son a su vez el exponente tóxico de la toxicidad moral que hay en la industria, en este caso la cárnica, la de desnaturalizar la carne hasta el punto de hacerla cancerígena; pero es la toxicidad moral de la industria en general, que desnaturaliza las verduras hasta hacerlas cancerígenas, que desnaturaliza el aire hasta hacerlo irrespirable, que desnaturaliza la vida hasta hacerla puro artificio y un consumo desmedido de paquetes de productos, cada uno con su dosis de veneno.

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Estamos rodeados de inconscientes que manejan el mundo a golpe de talonario, sin importarles un comino la desaparición de todas las especies del planeta, incluida la humana. Estamos rodeados de una inercia psíquica que aborrece el cambio y que se niega a reflexionar sobre lo que el sentido común señala: la locura de consumir la carne de animales estabulados y maltratados con una crueldad propia de una película de terror, alimentados con piensos basados en legumbre y cereales casi siempre transgénicos -que están deforestando el mundo mientras lo contaminan con glisofatos-, tratados con medicamentos de por vida para evitar las infecciones que provoca su desnaturalizado encierro masificado y estimular un desarrollo vertiginoso.

Animales “procesados” de la vida a la muerte en mataderos que son infiernos en la tierra, para finalmente enmascarar una carne por la que corre el sufrimiento atroz de su tortura con un cóctel tóxico que remata la faena.

¿A quién le extraña que la vida en este planeta se haya convertido en una actividad de altísimo riesgo y que la lista de las cosas que se sabe producen cáncer sea cada vez más incluyente de todas las esferas de nuestra vida?

Beatriz Calvo Villoria

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