¿Dónde empieza la guerra sino en el alma del hombre que escondiendo su angustia existencial construye una autoimagen ficticia, una máscara para que no se le note el núcleo de su dolor y de su miedo? Miedo a que se descubra que es profundamente vulnerable ante el implacable paso del tiempo, ante la impermanencia de todos los fenómenos a los que se agarra porque procuran un cierto refugio, formas que se desvanecen entre las arenas temporales, y nos desnudan ante una realidad de la que huimos desde la primera respiración, que regresaremos solos a ese desconocido útero cósmico que pare a los existentes,  palabras de Dios caligrafiando el infinito.

¿Dónde empieza la guerra sino en el corazón agitado de un hombre que busca incesantemente un consuelo que nunca llega y esa piedra que arde en su interior, como una pregunta no respondida, como un anhelo de sed nunca colmado le imposibilita morar a gusto en el templo de su cuerpo y bucear más allá del estruendo de esa multiciplicidad no unificada por un solo sentido, un solo verso, más allá, buscando el punto de buceo donde las olas dejan de rugir en las costas de las cosas. Y hambriento de algo que sacie esa sed de silencio elocuente y dorado que responde todas las preguntas, que sana todas las heridas se precipita como un loco a la periferia de las experiencias, de los sentidos buscando un no sé qué que no se sacia ni con las luces del atardecer más emotivo, ni con las caricias de amor más exaltadas, que acabadas, extinguidas en la breve duración de un tercio de la noche nos devuelven a ese sepulcro vacío que somos, vacíos de un Sí, de un Sol que alumbre la oscuridad, la dulce tiniebla que es bella y genésica de frutos inmortales?

¿Dónde empieza la guerra sino cuando el defecto de otra máscara, magulladuras del carácter, nos asalta en medio de una relación, de un juego de máscaras y nos cuestiona la idea que tenemos  de nosotros mismos, de que somos especiales o únicos o sabios y el malestar producido ante el cuestionamiento de lo que consideramos nuestra identidad irrenunciable hace que algo se resquebraje como cristal en lo íntimo de nuestras fortalezas, y en defensa de su fragilidad un ataque cabalgando la ira o la soberbia surge desde las almenas del yo para expulsar ese naciente malestar de no ser reconocidos. Expulsar bien lejos, hacia afuera, a los tejados del prójimo que nos ofendió, cuestionándole ahora sus defectos, sin esa paciencia que nos piden los sabios?

Olvidando que el que pone la otra mejilla no lo hace por una especie de ascetismo voluntarista sino porque comprende que no hay ningún yo al que defender, que el único Yo que existe en nosotros como Realidad imperturbable es un palacio inviolable, que nada le afecta, que todo lo comprende, que todo lo baña de una misma lucidez clara y amable, pero que sus dulces moradas se ganan con la espada del discernimiento, que anula los obstáculos al iluminarlos como fundamentalmente vacíos, pero mientras no se ha despertado hay que pagar todas las deudas y no hay mejor herramienta para ejecutar ese pago que vestirse las galas de las virtudes esenciales que palpitan en su esencia como reflejos de los atributos del Principio Inmutable en el corazón de todo hombre, el desapego, la vigilancia, el contento, la confianza, generosidad…

Virtudes que tejerán el puente hacia los umbrales de la única dimensión capaz de explorar el alma asustada ante su irrealidad y que como un animalillo se defiende del entorno con emociones básicas y primarias de ira ante el territorio violentado, de tristeza ante la pérdida, de miedo ante lo desconocido; virtudes fundamentos que conforman la mirada para atestiguar esos dos que hay en nosotros. Uno agitado y taimado, otro sereno y eterno. Cuando el eterno alcanza la mirada del taimado lo apacigua y calma y la guerra cesa.

Beatriz Calvo Villoria

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