¡Aquiétate!

Todavía un poco más…

¡Cólmate del Infinito!

 

La huida es del ego y la búsqueda del ser. Son dos actitudes que externamente pueden manifestarse en el mismo comportamiento, pero dependiendo desde donde lo contemplemos será una huida turbia o una búsqueda liberadora. Es como el agua del mar que si la vemos de lejos es azul intenso y si nos acercamos y cogemos un poco entre nuestras manos cambia de color y se vuelve transparente. ¡Y es la misma agua!

El ego sólo puede huir, porque incluso cuando busca en realidad huye. Busca la felicidad porque huye del dolor, busca el amor porque huye de la soledad, busca a Dios porque huye del vacío. Busca porque desea y desea aquello que le aleja de lo que teme. Y es imposible que el ego salga jamás de éste su espacio mental, de ésta su atmósfera porque es la que le permite vivir. La huida es el mecanismo del miedo y aunque parece que quien huye se mueve, en realidad la huida es una paralización interior, un encogimiento del corazón.

Quien no consigue alzar su boca, como el que sacase la cabeza del agua en la que está sumergido, aunque sea una vez en su vida, para tomar un poco de aire de la realidad del ser, tristemente no podrá hacer otra cosa que huir. En su huida, el ego, que siempre observa la realidad desde el lado opuesto obligado por su irrealidad, pretende que una situación externa cambie una situación interna, que al no ser comprendida es imposible que se mueva. Y fuera podrán venir situaciones o personas diversas pero repetirse exactamente los mismos errores, las mismas cargas emocionales, los mismos conflictos e insatisfacciones. Desde el ego todo es así, un círculo vicioso, incluso el camino espiritual es un lugar perfecto para huir, abandonar lo que nos molesta, apartarnos de lo que no comprendemos o nos inquieta, correr tras un nuevo ideal que dé por fin sentido a una vida vacía.

Si nos quedamos en silencio, sin querer nada, sin esperar nada, totalmente desengañados, con el corazón abierto y la mente aquietada, podemos dejarnos abrazar por el vacío, y así brotará espontáneo el genuino valor de las cosas, impregnadas de la esencia y pureza del ser. Y nuestra quietud será cada vez más profunda.

Es desde este lugar desde el que se cambian las situaciones y sólo al ser comprendidas. Por eso el impulso de búsqueda es siempre del ser, que busca no para encontrar nada, sino porque no puede hacer otra cosa que ir siempre tras la verdad amada. La actitud que viene del ser no es huir de lo desagradable sino enfrentarlo con serena mirada para vislumbrar más allá de ello, porque sabe que la claridad no está en mirar a otro lugar en la misma atmósfera enrarecida del ego, sino en sacar definitivamente la cabeza del agua y respirar un aire mucho más puro. Y lo que los ojos del ser contemplan sólo puede ser expresión de su propia naturaleza, son bienes que el ego no puede desear ni imaginar porque sencillamente pertenecen a otro nivel de realidad. Esta es la auténtica inmersión en la nada absoluta.

Y lo más curioso de todo es que en verdad existe la huida pero no un lugar a donde huir, existe la búsqueda pero no un lugar al que llegar. Nadie puede evadirse de la implacable evidencia de la vida que se muestra constantemente en los retos que nos pone delante. Y si cambiamos de lugar externo o pretendemos darle la espalda a una situación queriendo solucionar algo, estamos muy equivocados porque tras de nosotros llevamos lo único que en realidad siempre tenemos y a donde estamos llamados a regresar una y otra vez, a nosotros mismos.

El que cree que puede huir y así lo hace por su lucidez dormida, deberá tarde o temprano permitir madurar a su corazón encogido por la huida y dejarlo abrirse para dejar expresar su propia luz y así despertar para ver el lugar donde siempre ha estado, porque las diferencias sólo son aparentes y duran mientras creemos en las falsas proyecciones del tiempo.

 

Marisa Pérez

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