Queremos hacernos eco de un debate que empieza en el alma de cada uno cuando las noticias traen a las playas de nuestra cotidianeidad 50 muertos por asfixia en un barco, 70 en un camión, 2.400 de muertos ahogados en el mar mediterráneo. Niños, mujeres, hombres, ancianos desesperados que recorren miles de kilómetros para huir de las guerras.

Una parte del corazón de los europeos dice sí, mientras recuerdan las migraciones que sus padres o abuelos tuvieron que hacer por la atroz guerra mundial que movió millones de desplazados y fueron acogidos en los lugares más recónditos de la tierra.

Otra parte de sus corazones dice no, con la boca pequeña, por el miedo de tener que repartir los pocos recursos que la crisis ha dejado en muchas familias, o que haya que luchar por los pocos trabajos que quedan, por los recursos sanitarios cada vez más recortados, por el terror a la invasión de musulmanes y enfermos crónicos. Miedos que desborda la imaginación del europeo por la percepción de escasez en la que viven sus mentes, todos preferirían que al apagar el botón de encendido de la televisión todos esos rostros sufrientes por los desastres de las guerras desaparecieran de sus vidas, de sus comedores, de sus calles, de sus conciencias.

Pero están ahí y claman a nuestra conciencia de humanos y de ciudadanos. Frente a los países realmente pobres que son limítrofes con las regiones de conflicto y acogen la mayoría de los refugiados como el Líbano, o Etiopía, uno de los países más pobres del mundo, que acoge más de un millón de refugiados de Eritrea, Somalia y Sudán del Sur, Europa argumenta que no le caben más refugiados y su miedo se expresa en una política migratoria de impedir las migraciones: vallas más altas y violentas, más controles en las fronteras, repatriaciones forzosas. Pero ahora estamos ante la mayor crisis de refugiados desde la II Guerra Mundial, no se trata de emigrantes, que huyen de la pobreza sino de desplazados forzosos por la guerra, la persecución y la violación de derechos humanos, orquestada tristemente por oscuros intereses occidentales.

Hay dos posibilidades, una quizá puede paliar la emergencia, pero humildemente no resuelve la causa del problema: es la acogida que no revierte solo en beneficio del que huye y pide sino del que recibe, pues la actitud de acogida es en si misma terapéutica para el sentido de escasez en el que muchos navegan, percepción distorsionada alimentada por el sistema cultural y social en el que vivimos de ver siempre el vaso medio vacío, pues seguimos siendo privilegiados frente a los lugares de conflicto de los que huyen la mayoría de esos desplazados forzosos por la violencia de la guerra, de las que Europa es también responsable, y que hacen irrespirable la vida y que en países como la R.D. Congo hace que un niño coma tres veces a la semana un mendrugo de pan mientras le violan los soldados una semana sí y otra no. (Perdonen la crudeza), mientras el coltán que promueve las guerras intestinas nos permite el nuevo móvil de temporada.

La segunda posibilidad es a la que yo me adhiero, la del el Patriarca melquita de origen sirio: «El enfoque no debe ser dar la bienvenida y acomodar a los refugiados, sino detener el conflicto desde sus raíces. Todo el mundo debe participar, desde Occidente hasta los países árabes, desde Rusia hasta los Estados Unidos. Esto es lo que esperamos, la paz… no palabras sobre los emigrantes y discursos de bienvenida. Nunca más la guerra». Palabras que en estos días un joven sirio confirmaba: “Por favor ayuden a Siria. No queremos ir a Europa. Siria necesita ayuda ya. Paren la guerra en Siria, sólo hagan eso”.

Paremos la Guerra, ¿cómo? Con compasión primero y determinación después para derrocar los regimenes hipócritas de occidente que surgen de nuestros corazones de piedra, con el incendio de nuestro corazón imposibilitando gestar políticos dementes.

Beatriz Calvo Villoria

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