No temas al sufrimiento.

No desees el placer.

¡Vive en el equilibrio de este instante!

 

El miedo es un mecanismo muy inteligente de autoprotección que la naturaleza ha puesto en todos los animales. Los mecanismos más instintivos, más ligados a la tierra, son muy primitivos y están en función de la propia supervivencia. La fuerza inteligente que crea la vida, la propaga y la protege. La propaga mediante el instinto sexual, que es expansivo y creativo, la sostiene mediante el instinto de la alimentación adecuada y la protege mediante el miedo, que es restrictivo y conservador. El miedo además tiene también una vertiente de acción que es la violencia, se mata para alimentarse o para no morir. Ante una situación de amenaza el propio cuerpo produce unos síntomas, latidos acelerados, sustancias como la adrenalina, etc, que son reconocidos como miedo y que incitan instantáneamente a actuar, escondiéndose, huyendo o atacando. Es decir, el miedo lo crea el propio instrumento al que protege y que al mismo tiempo es el que lo siente.

En el ser humano, estas fuerzas instintivas están igualmente activas pero de forma más compleja por la naturaleza más compleja de la mente en la que se asienta la conciencia física y de la que surge una identidad mental que es el ego. El ego, que no es más que energía mental unida e identificada con la conciencia corporal, recibe de ella los mismos mecanismos de autoprotección y supervivencia. Percibe la existencia como una línea que comenzó un día en el nacimiento y que acabará con certeza en la muerte. La convicción que de ahí se desprende de ser algo efímero e irreal apoyado en no sabemos qué y con un final cierto, nos sitúa siempre y en cada instante de nuestra vida frente a la amenaza del abismo, de la nada donde pensamos ser engullidos. Esta angustia original inherente a la conciencia física, actúa inevitablemente desde nuestra mente inconsciente, moviéndonos a actuar de forma turbia y mezquina y creando así las circunstancias exteriores que forman el nido donde nace y se cría nuestro sufrimiento que como una mancha oscura se extiende por la mente, de la que todos formamos parte. Nuestra vida se convierte así en una permanente huída y una búsqueda imposible de seguridad, de permanencia, en definitiva de inmortalidad. Esto nos origina conflictos con los demás y con nosotros mismos, incluso con nuestro propio cuerpo que bajo esta influencia manifiesta todo tipo de enfermedades y dolencias.

El ego crea el miedo psicológico que igual que el miedo físico, ambos inseparables en el ser humano, también manifiesta una serie de síntomas que él mismo produce y que él mismo siente. De ahí surge la angustia básica de la existencia limitada, emociones negativas como el resentimiento, la ira o el oído y formas de actuación como la violencia, la mentira, el egoísmo, la codicia, la soberbia, la competitividad. El miedo psicológico es tan refinado que es capaz hasta de inventar sus propias amenazas y así, el ego crea otros egos en los que proyecta sus cualidades más oscuras y rechazadas. Cuando vemos una sombra fuera no dudemos de que es nuestra propia oscuridad la que la crea.

Por tanto, el miedo es siempre un miedo al abismo, a la nada, a la propia extinción y por tanto un rechazo y huida del sufrimiento, que lo vivimos como aniquilante y una búsqueda desesperada del placer que se expresa a través del deseo, donde el ego cree vivir lo eterno. Y siempre deseamos algo donde apoyarnos y con lo que tapar el temido vacío, dogmas o teorías, personas y relaciones, circunstancias exteriores, dinero o bienes materiales, seguridad laboral, poder, medicamentos, posición social, la perdurabilidad mediante una imagen inflada de nosotros mismos, el ruido, la actividad incesante.

Llegamos así a convertirnos en nuestro único enemigo, tememos nuestras partes oscuras y tememos sobre todo a nuestro propio sufrimiento. Huimos de él y aceptamos cualquier compensación aunque sea breve e inconsistente, y así volvemos a caer en el sufrimiento y de nuevo huimos. Es un círculo vicioso que nos puede llevar a la desesperación, al cataclismo en el que caerán nuestras propias barreras, la oscuridad de las cosas falsas con las que habíamos llenado nuestra vida, y así, tal vez, podamos vislumbrar una luz al final de ese túnel que nos habíamos construido.

Esa luz es la propia mirada que observa, que no sufre ni teme y que por eso sabe que el sufrimiento sólo se sitúa en la percepción errónea del instante, en la atención que enfoca un lugar oscuro de nuestra conciencia, que no es ni siquiera propio o personal sino que forma parte de nuestra condición humana, que es un sufrimiento añejo y repetitivo, alimentado por error, herencia de una mente inconsciente. Y esta mirada intuye cualquier final como algo liberador, como la consecuencia equilibrada del movimiento circular que rige el Universo. Inspiramos para después espirar, el corazón late para después no latir, se hace de día para que llegue la noche, la marea sube para después bajar, el cuerpo nace para morir, la materia aparece para ser de nuevo espíritu. El equilibrio del ritmo circular es perfecto y redondo, sin aristas ni roturas.

Por eso, el que aprende a amar la claridad de esa luz resplandeciente deja ir lo que tiene que irse, incluso su propia existencia física, y lo deja irse con gozo, porque sabe que cualquier final no es más que una posibilidad de liberarse de una carga y de lo que a ella le ataba, y siempre supone el inicio de algo que le ofrecerá un valioso aprendizaje y que de nuevo surgirá para desaparecer. Y será en la contemplación desapegada y la vivencia gozosa de este misterioso ritmo sagrado donde encontrará la forma de trascenderlo.

Así el miedo quedará abrazado por la comprensión amorosa de la propia conciencia que lo sostenía y se disipará como una simple neblina que rodeaba los pantanos de la existencia física, dejando paso a la poderosa luz de la vida verdadera.

 

Marisa Pérez

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