Para Yün, el carpintero, aquella mañana comenzaba como cualquier otra, incrustada en una monótona e interminable hilera de días pasados y por llegar, como si el olvido y la espera fueran su única razón de existir. Sus ojos, que acababan de abandonar la oscuridad del sueño, debían acostumbrarse a la aún más oscura sombra de la vigilia. De nuevo el reencuentro con esa familiar opresión en el pecho, tan densa como la atmósfera encerrada entre las cuatro paredes de su cabaña. Puntuales, como si respondieran a alguna misteriosa señal escondida en un lugar recóndito, sus pensamientos acudían en tropel, desordenados y confusos, siempre los mismos. De entre todos ellos se abría paso con claridad aquel que decía: “levanta ya, un nuevo día comienza y has de cumplir con tus obligaciones”.

La cama de Yün se encontraba situada en un rincón de la única estancia de que disponía aquella cabaña, construida con enmohecidos tablones de oscura madera. Frente a ella, el único ventanuco con el que se abría al exterior, permanecía oculto tras unas cortinas amarillentas que no dejaban traslucir ni un atisbo de luz. Tan sólo una mesa, dos sillas y una estantería, donde se apilaban desordenadamente algunos libros, formaban el mobiliario de la modesta vivienda. Un hornillo y escasos utensilios de cocina era lo que Yün utilizaba cada día para prepararse la sopa de hortalizas con la que se alimentaba. En el otro extremo de la habitación, un montón de tablones y algunas herramientas dispersas entre una alfombra de aserrín, esperaban con paciencia el momento de convertirse en una mesita de noche, en un armario, o en una cuna, todos ellos objetos que Yün realizaba por encargo.

Todavía con los ojos medio cerrados, a tientas, logró asir el candelabro casi completamente escondido bajo la cera derretida que lo cubría y con el que solía alumbrarse. Un escalofrío recorrió su cuerpo al abandonar la cama y sus pies ateridos buscaron la tibieza de sus zapatos.

Encendió el fuego y dispuso todo para asearse. Se vistió con las únicas ropas de que disponía, unos pantalones de pana muy raídos y un grueso jersey de lana gris, y comenzó a trabajar la madera. El suave runrún de la sierra sobre los tablones se acompasaba con el imperceptible transcurrir de las horas.

Hacía ya mucho tiempo que Yün no salía de la cabaña. Solía hacerlo cuando debía entregar alguno de sus encargos, lo cual ocurría cada vez con menos frecuencia. La intensa niebla que rodeaba permanentemente el lugar le hizo desistir, ya no recuerda cuando, de pasear y hasta incluso de abrir su ventana. Esa niebla espesa y persistente que no permitía encontrar senderos, ni respirar el aroma de las flores, ni oír el canto de los pájaros, ni dejaba llegar la primavera.

Después de la aridez de aquel día, Yün esperaba la noche como si de agua fresca se tratara. Dormir significaba para Yün la única posibilidad de abandonar su cabaña.

Con un profundo suspiro, se recostó sobre su camastro y sus ojos enseguida se cerraron para abrirse en un lugar desconocido. Yün podía verse a sí mismo como un niño, de la mano de su padre, caminando por calles estrechas y sinuosas de una ciudad atestada de gente, buscando a su madre, pero sin poder encontrarla entre aquellas personas que se movían sin motivo aparente, hablando sin parar, sin que nadie les escuchara. El niño se aferraba con fuerza a la mano del padre y gruesas lágrimas le rodaban por sus mejillas, cuando de pronto se vio sobre la espalda de un ave plateada que sobrevolaba una pradera cubierta de amapolas de un rojo muy intenso. Un corro de niños entonaba una canción infantil, pero cuando Yün se acercaba hacia ellos para unirse a sus juegos, tropezó con un enorme insecto escondido entre la hierba y cayendo al suelo se golpeó la frente contra una roca, comenzando a brotarle la sangre que sintió cálida sobre su rostro. Observó como al fondo de la pradera, donde se delineaba un suave contorno, se veía un espacio inmenso como si fuera el principio o el final de algo y fuertemente atraído por él, se dirigió sin dudarlo hacia donde resplandecía. Aunque parecía muy cercano, tuvo que caminar durante mucho tiempo hasta llegar al borde de una cascada que allí se dibujaba. Era muy extraño, porque llegado a este lugar Yün desapareció y sólo quedaban las aguas brillantes y cantarinas de la cascada que parecían susurrar:

-“Ven, deja todo, sal de tu casa, y habita el infinito”.

Y de nuevo la sangre, el insecto, los niños, las amapolas, el ave plateada, el ruido y la gente, las lágrimas, la ausencia de la madre, el padre, el despertar…. Yün no podía todavía explicarse por qué aquella mañana que debía ser una más entre tantas otras, sacó una vieja maleta que guardaba debajo de la cama, y que sólo había usado una vez, y comenzó a guardar en ella sus escasas pertenencias: una manta, un almohadón, un libro al que tenía especial cariño porque se lo regaló su madre poco antes de morir cuando él aún era un niño, y algo de comida.

Abrió la puerta de la cabaña y se perdió en la niebla. Fue recogido por varios campesinos que le transportaron en sus carretas de pueblo en pueblo. No sabía muy bien donde iba pero se sentía extrañamente guiado, como si por primera vez en su vida no se sintiera absolutamente solo.

Después de un tiempo Yün llegó a una ciudad en la que de algún modo se sintió reconfortado. Ya muy cansado, decidió entrar en una casa de granito rosáceo que halló al final de una amplia avenida en la que se alineaban árboles altísimos cuyas copas no se llegaban a distinguir, desdibujadas por la intensa niebla. De modo que Yün no pudo saber si se trataba de tilos, robles o acacias, ni tampoco se dio cuenta que frente a la casa se encontraba la entrada de un inmenso parque.

Empujó la puerta, que cedió con suavidad, para aparecer en un amplio vestíbulo desde donde se distribuían numerosas estancias repartidas entre dos plantas. Hubo de encender un quinqué de aceite, que se apoyaba en una mesita al lado de la escalera que ascendía al piso de arriba, para vencer la penumbra y poderse guiar en la búsqueda de un sitio donde instalarse para descansar. Encendió la chimenea del salón y agotado como estaba por el largo viaje, se quedó profundamente dormido sobre un mullido sofá carmesí, con la cabeza apoyada sobre su almohadón y arropado con su manta.

A la mañana siguiente, Yün sintió algo muy parecido a la felicidad cuando se despertó y empezó a recorrer las habitaciones de la casa.

-¡Dios mío!, aquí sí que voy a ser feliz. Esta casa es grande y hermosa,-pensaba lleno de gozo. Cada día podré dormir en una habitación distinta, cada día podré ponerme uno de los trajes que cuelgan en los armarios, cada día podré leer uno de los libros que tiene la biblioteca, cada día podré comer los ricos alimentos que guarda la despensa. ¡Ya no volveré a sentirme aburrido!

Y así fue, durante un tiempo. Yün se entretenía decidiendo cada día donde dormir, que ropa ponerse, que fruta comer y durante horas se le veía absorto en la lectura de los libros. Incluso algún día salió de la casa para pasear, a pesar de la niebla, adentrándose en el parque. Podía intuir o tal vez imaginar que era muy bello. Había fragancias escondidas, sonidos misteriosos, en algún lugar oyó el canturreo cristalino de una fuente que sin saber por qué le produjo una extraña alegría. En un instante en el que la niebla parecía más tenue, llegó a contemplar los fascinantes colores de un pavo real que extendía sus plumas con majestad.

Pero pasado el tiempo Yün dejó de salir. Se recluyó en la habitación más pequeña de la casa, vestido con un sencillo atuendo y pasaba las horas leyendo el libro de su infancia. La opresión en el pecho se hacía más densa cada día y a veces sentía que le faltaba el aire para respirar.

De nuevo acudió al sueño en busca de reposo, y aquella noche se dispuso a dormir con una atención especial, como si empezara a dar más realidad a lo que allí ocurría que a lo que durante sus horas de vigilia se repetía de manera mecánica día tras día. Se tumbó sobre el sofá sobre el que durmiera el primer día en la casa, y apoyando la cabeza sobre su almohadón y agarrando con fuerza su manta, lo último que vieron sus ojos entreabiertos fue el débil chisporrotear de las últimas brasas que ardían en la chimenea.

Enseguida se encontró subido en un tren que viajaba a toda velocidad, como si hubiera perdido los frenos. El ruido ensordecedor que hacía, en su vertiginosa marcha por las vías, no hacía posible comunicarse con las personas con las que se cruzaba ni aún alzando mucho la voz. Quería preguntarles a dónde iban y si podía bajarse, puesto que sentía un miedo intenso e impreciso, no sabía muy bien a qué, quizá a la velocidad, a la soledad, a la muerte… En un compartimiento vio a una mujer que, alzando la vista de un libro que sostenía en sus manos, le sonreía con gran ternura e inmediatamente sintió el deseo de ir hacia ella, pero la puerta estaba atascada y no le permitía entrar. Muy alterado, corrió por el pasillo en busca de algo con que golpear el cristal y poder llegar hasta ella, pero cuando por fin agarró una maleta con la que se disponía a romperlo, se dio cuenta que la mujer había desparecido. Sólo quedaba su asiento vacío sobre el que había dejado el libro que estaba leyendo.

Sus deseos de bajarse de aquel tren aún se hicieron más grandes, apretó las alarmas, abrió puertas y ventanas pero nada lo detenía y la gran velocidad hacía imposible bajarse de él en marcha. El ruido cesó de pronto y Yün observó atónito como el tren lentamente despegaba del suelo para dirigirse hacia las nubes. El aire comenzó a hacerse más fresco y limpio y una intensa luz le obligaba a entornar los ojos. Yün se puso a mirar, como absorto, a una nube con forma de león y pronto se dio cuenta que descansaba entre sus fauces. En la lejanía vislumbró un lugar donde no había nubes, donde hasta el cielo parecía desdibujarse y no era él el que iba hacia allí sino que ese lugar le atraía, le absorbía con una misteriosa energía, hasta hacerle desaparecer. Una suave brisa ondulaba el espacio ilimitado y como en un imperceptible susurro parecía decir:

-“Ven, deja todo, sal de tu casa y habita el infinito.”

Ningún tren llevó a Yün de regreso a la casa. Llegó como volando, sin que nadie hubiera trazado ningún camino…

La maleta que iba a ser utilizada por tercera vez, yacía en un pequeño desván en lo alto de la casa. Yün le quitó el polvo que el tiempo transcurrido había ido acumulando sobre ella y aún preguntándose que le había llevado a tomar esta decisión, vio como cerraba la puerta de la casa y con cierta melancolía, giraba el rostro para contemplarla por última vez, dejándola perdida en la niebla.

Esta vez sentía aún con más claridad una fuerza interior que le guiaba y le hacía encontrar su camino sin tan siquiera saber el destino. Día tras día, Yün viajaba con la sola compañía de su almohadón, su manta y su libro, a veces a pie, a veces en carro, a veces en coche, hasta que llegó al mar. Yün no conocía el mar y tampoco ahora se podía decir que lo conociese. La espesa niebla ocultaba por completo una presencia húmeda y salada de la que provenía un intenso rugido. Pequeñas tiras de espuma blanca rozaban los pies descalzos de Yün, aún más fríos que las aguas.

Allí le esperaba una barca mecida por el oleaje. De un brinco se encaramó sobre ella y aferrando con firmeza sus remos se aventuró mar adentro. Sentía latir con fuerza su corazón y su respiración agitada le hacía sentirse más vivo que nunca, penetrado por la misma potencia que aquellas aguas salvajes que le empujaban sin remedio.

Empapado y con los brazos agarrotados por el esfuerzo, consiguió llegar hasta las orillas arenosas de una isla sobre la que se erguía imponente un inmenso palacio. A pesar de la niebla, Yün pudo vislumbrar sus torreones alzándose sobre el acantilado. Una pequeña comitiva, de unas diez personas, se dirigía hacia él portando una especie de trono.

-¡Bienvenido a tu palacio!, ¡oh señor! Te estábamos esperando,-le dijo, mientras hacía una reverencia con gran ceremonia, el que parecía más anciano de todos y que iba ataviado con ropajes más ostentosos.

Le sentaron sobre el trono y escalando con suavidad las escarpadas rocas, le condujeron hasta la entrada del magnífico palacio. Una nutrida multitud se agolpaba para vitorearle y se mostraban entusiasmados, profiriendo salvas y lanzando pétalos de flores de tantos colores como Yün nunca podría haber llegado ni a imaginar.

Atravesando la puerta principal, entraron en un jardín de una belleza desconocida para Yün. Árboles centenarios de hojas multiformes, flores de aromas exquisitos, fuentes que entonaban melodías, pájaros y animales que vivían en perfecta armonía como si fueran capaces de sonreír.

Una vez dentro, Yün no paraba de sorprenderse, eran tantas las riquezas que allí se encontraban, que hubieran hecho falta muchas vidas para llegar a consumir tan sólo una mínima parte de ellas. Joyas deslumbrantes, objetos de oro, trajes de seda y terciopelo, habitaciones decoradas con abundantes pinturas y vestidas con suaves alfombras. El palacio se alumbraba con miles de candelabros que casi parecían vencer la triste penumbra de las ventanas. Decenas de criados encendían las chimeneas distribuidas por todas las estancias, luchando contra la helada brisa que por debajo de las puertas se colaba.

-¡Qué feliz soy!,-exclamó Yün lleno de júbilo. Aunque duerma cada día en una habitación distinta, no llegaré a habitar ni siquiera la mitad de ellas. Aunque me vista cada día con varios trajes, no agotaré ni tan sólo un armario. Aunque coma sin parar, nada faltará en la cocina. Aunque arroje objetos de oro y joyas por la ventana, mis riquezas no sufrirán merma. ¡Ahora sí que no volveré a aburrirme!

Y así fue, durante toda su vida y tal vez durante otra. Yün gozaba de la suavidad de sus ropajes, degustaba la exquisitez de sus viandas, contemplaba con orgullo sus riquezas, disfrutaba del cariño y la compañía de sus súbditos. Pero inexplicablemente, en los últimos tiempos, gustaba de acurrucarse en un pequeño cuarto de los criados y apoyando su cabeza en su almohadón y arropándose con su manta, leía embelesado el libro de su infancia. Cada tarde, cuando la luz debería haberse ido apagando en un crepúsculo inexistente, abundantes lágrimas brotaban de los ojos de Yün para ir a estrellarse contra las amarillentas páginas.

Por eso, no es de extrañar, que aquella noche Yün se dispusiese a dormir como si fuera a emprender un gran viaje. Puso tanta atención, que tardó bastante rato hasta llegar a percibir la ausencia del tiempo. Contempló como caminaba por un sendero ancho y sus pies descalzos no sufrían daño al pisar las pequeñas piedras diseminadas aquí y allá, como si se tratara de suaves algodones. Junto a él caminaban otras personas, todas en silencio, dejando tan sólo que se rozaran sus miradas. De su pecho comenzó a brotar una sustancia dulce y cálida que iba inundando el aire. Miró dentro de sí, como si quisiera descubrir también con sus ojos esa extraña presencia. Allí pudo ver un rostro angelical, primero con rasgos de mujer, después de niño, después tan sólo de luz. Era tan intensa su emoción, que quiso acercarse a los otros y contarles lo que le ocurría, pero no había nadie con quien hablar. Los demás habían desaparecido dejando tras de sí el mismo silencio que los había envuelto. Sin darse cuenta, llegó al final del camino, donde una luz cegadora le obligó a cerrar los ojos. La luz todo lo iluminaba pero nada se veía, nada se oía…

Un intenso rayo de sol atravesaba la ventana de la cabaña para ir a parar directamente a los ojos de Yün, que al sentir su cálido contacto se abrieron. Observó su respiración, lenta y profunda, surgiendo ajena a ninguna voluntad ni deseo. Su cuerpo se fue poblando de sensaciones, de conciencia cálida y generosa y su corazón latía como música intemporal. Aún sentía con nitidez el trasfondo luminoso del vacío que había contemplado el amanecer de su mente y percibió que aquel instante era único, eterno, siempre el mismo y siempre distinto, ese instante hasta entonces desapercibido donde todo es posible porque nada existe.

Se despojó de la manta y totalmente desnudo se dirigió hacia la puerta para salir de la cabaña. Una luz clara y transparente hacía renacer las cosas. El cielo azul proclamaba su esplendorosa belleza. Yün se asomó al abismo sobre el que la cabaña se alzaba y con la mirada en el horizonte se perdió para siempre.

 

 

Marisa Pérez

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