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Discernimiento, amor y sabiduría para el nuevo virus del miedo.

Discernimiento, amor y sabiduría para el nuevo virus del miedo.

Discernir entre lo real y lo ilusorio es la virtud, la actitud humana por excelencia para alcanzar el conocimiento.

Discernir en un asunto como el coronavirus es arriesgado, pues la mayoría de las personas no somos legas en la ciencia médica, en biología, en virus y nos encontramos en debates abiertos entre médicos, virólogos, científicos, pensadores de toda inclinación, periodistas que tienen teorías muy distintas acerca de la gravedad de lo que acontece en el mundo, sin tener la capacidad para posicionarnos con conocimiento de causa, cuando ellos mismos manejan teorías dispares que desconciertan por su oposición.

Estamos viviendo desde el alarmismo más exacerbado y que extiende el miedo poniendo en jaque al sistema inmunitario, clave de la defensa que cada uno tenemos, pasando por la prudencia ante un virus desconocido que se propaga a altas velocidades, para el que todavía no hay remedios definitivos, más que el propio metabolismo y su fortaleza y que genera incertidumbre en el propio cuerpo médico.

En este interser que somos, de una forma patente en la realidad virtual que compartimos de forma globalizada, por donde están corriendo informaciones de todo tipo, nos encontramos médicos que le quitan importancia a este nuevo coronavirus y lo comparan con una familia de la típica gripe que cada estación mata a muchas más personas, las más vulnerables, y que consideran esta alarma mundial como un perverso recurso de capitalización del gran virus capitalista que periódicamente, desde hace unas décadas crea una pandemia con la orquestación de la OMS, a la que se le acusa de una estrecha vinculación con la industria farmacéutica, una de las grandes beneficiadas de este tipo de “pandemias”. Y ponen como ejemplo una de las pandemias anteriores, la de la gripe aviar. En 2005 la OMS advirtió que más de siete millones de personas morirían desatando el pánico que estamos viendo ahora desabastecer los supermercados, pero sólo murieron 272, pero los servicios de salud de todos los países, incluido el nuestro, compraron millones de dosis de un medicamento recomendado por la propia OMS, dejando en las arcas de las empresas farmacéuticas millones de dólares y euros.

Para otros expertos, en cambio, como unos de los máximos virólogos del mundo Stefan Lanka, este tipo de virus son replicaciones, virus clonados en un tubo de ensayo y eso nos coloca en escenarios de ciencia ficción que son refrendados por médicos como el Dr. Mercola que asesorado por expertos en armas biológicas afirma que este COVID-19 es un virus creado en el laboratorio como arma biológica, y que por ese hecho de manipulación es treinta o sesenta veces más letal que la típica gripe anual y tiene una capacidad de propagación mucho mayor que la gripe estacional, que es lo que tiene en jaque a medio mundo, pues uno de los grandes problemas del asunto es el previsible colapso de los sistemas de salud, de las unidades de cuidados intensivos que no podrían asistir a tanta gente a la vez, por falta de recursos. Es esta característica la que justificaría las medidas draconianas que el Gobierno Chino ha implementado, pues no hay sistema de sanidad que no colapsase si el virus se propagase por toda la población a la velocidad para la que parece está diseñado y hubiese que atender a un número exponencial de afectados, no habría por ejemplo respiradores para todos.

Ante este hecho, se pueden escuchar otros tipos de análisis sobre la alarma social y el miedo que se convierte en manos del Estado, a través de los poderes mediáticos, en la herramienta perfecta para evitar que una de las más grandes partidas de los presupuestos, el gasto sanitario, crezca hasta ser inasumible por las arcas que sustentan su megaestructura, además de no poder resolver el exceso de casos y por eso atemorizan sin misericordia a la ciudadanía, con una repetición en todos los medios de comunicación para evitar, por un lado, la propagación con medidas extremas que solo el miedo a la enfermedad y la muerte pueden permitir.

Estos medios de control que paralizan la vida social y económica sirven también, según otros autores, como experimentos del ejercicio del poder que a los Estados les gusta de ensayar de cara a escenarios futuros, cada vez más restrictivos de las libertades, que también podemos rastrear por las películas que nos van preparando para sus medidas y que tan bien describiera George Orwell en su 1984.

Se instaura con estas política de control policial, donde el infectado, puede pasar a ser un delincuente del bien común, la ideología del Estado providencial que se ocupa de la cuna a la tumba, regula la vida y la muerte de todos, eutanasia, ley del aborto… Y la gente, ante el temor y la dependencia tan fuerte que ya existe con la superestructura está dispuesta a sacrificar su autonomía a costa de esa seguridad y protección que es lo que más valora una sociedad materialista que no concibe un más allá y quiere la inmortalidad en este más acá, la gloria del paraíso en este plano, donde la enfermedad, la vejez y la muerte estén proscritos gracias al Dios dinero que engendra la tecnociencia, matriz del paraíso futuro, con sus sacerdotes científicos fundamentalistas que anulan cualquier otro credo, como las medicinas tradicionales o complementarias, o el poder de la oración y lo intangible, con sus ejércitos de políticos que defienden los intereses de sus amos en la sombra de las transnacionales, que usan estos ríos revueltos para realizar movimientos de capitales que configuran nuevos ordenes de realidad que apenas podemos vislumbrar y comprender.

Así que, frente a esta realidad compleja que nos ha tocado vivir, donde la información cubre todos  los análisis, con todas las teorías posibles, incluidas las geopolíticas que  hablan de guerras entre los colosos que se reparten el tablero mundial de la nueva economía de datos, como el 5G, entre China y Estados Unidos, o el paso a una moneda cibernética que transformará el mundo para siempre.

Ante la mezcla de conspiraciones reales con conspiranoias producidas por el miedo y por otro tipo de fundamentalismos. Cuando es imposible discernir si es un virus de la gripe sin mayor consecuencia, pero utilizado por los oscuros intereses o si es que la locura del Dios dinero ha llegado a tal paroxismo que es capaz de manipular los virus para alcanzar sus objetivos mundialistas, o si es una cuestión de mutaciones de virus de animales salvajes, de murciélagos o de perros que ante el desequilibrio creciente de los metabolismos humanos y de todos los órdenes se saltan las barreras, que la ciencia ya se saltó inoculando al mundo tal cantidad de sustancias tóxicas que hacen imposible el funcionamiento natural de la vida, y que prepararon el terreno para que estos virus se propaguen de una forma pandémica.

Ante todo esto y mucho más que hemos visto y leído en todos estos días. En definitiva, ante la incertidumbre respiremos hondo y profundo y recordemos a la sabiduría  que nos dice que una crisis puede convertirse en una oportunidad de transformar un sistema que evidentemente no funciona.

Sea lo que sea que la vida esté planteándonos como reto, a nivel biológico, político, histórico, climático, sea que la vida quiera sacudir este sistema corrompido por falta de salud interior a través de un un virus, o sea que quiera hacer que todos los volcanes del planeta escupan la ira de la tierra ante tanta profanación. Sea lo que sea que nos toqué vivir, un genocidio en Tíbet, un dengue en África, una deforestación en Amazonas… Sólo hay una salida para cualquier laberinto en los que el destino nos introduce y donde enfrentamos a nuestro particular minotauro, nuestros miedos más profundos, nuestras sombras más ocultas, es el hilo de la sabiduría, que nos dirige hacia un más allá de los circunstancial, de lo condicionado, hacia algo que trasciende todos los fenómenos, por aflictivos que sean, pues del laberinto se sale por arriba.

Y los sabios hablan de que ante cualquier prueba, y esta, aunque no se sepa lo que está realmente pasando, es una prueba para todos, a cada uno según su carácter y circunstancia y nivel de conciencia, uno debe hacer lo que está en su mano, atar el camello, dicen los sufíes, en este caso, en el plano físico del cuerpo que somos, una correcta profilaxis y un fortalecimiento del sistema inmunitario, es una clave universal para este virus y para cualquier otro, pues es el terreno el que permite la propagación de los virus, incluidos los del miedo.

Si elegimos posicionarnos en la postura de la prudencia, pues no tenemos el conocimiento absoluto de nada y eso ayuda a que remita el virus como ha pasado en China, podemos hacerlo desde la solidaridad y no desde el miedo y así nos recluimos en nuestra interioridad como una oportunidad para cultivar ese reino que tiene las claves esenciales para toda circunstancia, pues custodia al huésped del alma que se entiende con el Gran Espíritu, libre de virus, libre de la enfermedad, la vejez y de la muerte, el verdadero Rey del reino de los fenómenos.

Vivamos y muramos plantando árboles, plantando conciencia en nuestros corazones, ante esta circunstancia alabemos la suerte de estar vivos, en medio de inmensos privilegios, que sólo tienen sentido si los usamos para algo más que nuestra propio bienestar, compartamos nuestra sonrisa, nuestra paz, cultivemos a diario esas virtudes que ennoblecen el alma, la templanza, la generosidad, la paciencia, la vigilancia interior, la gratitud, la caridad, la compasión ante el que está asustado y donémoslas como contraparte al miedo que se expande como un virus colosal.

Y así, la muerte, que es la asignatura pendiente de muchos, nos ayudará a mirar donde no queremos, pues lo que realmente está en juego en nuestros corazones, lo que realmente nos aturde, es la incertidumbre de la hora, y el morir sin haber vivido, y muchos en estos tiempos no viven, sobreviven, la vida les pasa inadvertida, sujetos a un sistema de vida que enferma todo lo que toca y eso aterra, desperdiciar la vida aterra, aunque no lo sepamos, y ese miedo se hace más visible ahora que parece que se derrumba nuestro castillo de naipes de un control ilusorio sobre la vida y la muerte, de una ciencia que todo lo curará hasta la misma muerte y todo esto nos obliga a ahondar y poner los cimientos de una nueva casa, no en las arenas movedizas del mundo, sino en las del espíritu que da forma al mismo.

Quizá este virus sea una oportunidad para recuperar la sabiduría de un Buda que meditaba en la muerte y en su inevitabilidad y que señalaba como cada día está más cerca y la importancia de practicar la meditación, como un peregrinaje hacia el centro que unifica el mundo en su danza de opuestos, de vida o muerte, para dejar de sufrir por la inexorable gramática de la existencia. O recordar con los hermanos sufíes que la hora está decretada por el cielo, y asumir nuestra finitud y no enmascararla en un falso control que no poseemos y vivir agradecidos de un don que se nos escapa por el estornudo de un otro.

Tanto si decidimos resignarnos o aceptar radicalmente la circunstancia de que estamos en un estado control de la vida por los poderes del mundo, como así siempre ha sido bajo todos los imperios, o que nos revelemos y nos echemos al monte a salirnos de sus fauces con nuevos modos de vida que recuperen la cordura, estas virtudes que todas las sabidurías nos instan a cultivar nos valen para cualquier dirección que nos esté destinado recorrer.

Y la muerte, si es el caso que nos llegue, y nos llegará, sin duda, con un virus o con una maceta de un quinto piso que se precipita por las leyes incógnitas del karma, nos encontrará agradecidos de la vida que hemos vivido en medio del amor y de la sabiduría, las dos alas de una vida real y realizada.

Incluso si nos encuentra en el más oscuro laberinto en la que una situación como esta puede precipitarnos, como nos precipitan las guerras, la incertidumbre de perder todo lo que nos daba sentido, siempre podemos cambiar de muda, siempre, a cada instante, podemos cambiar del miedo al amor, que es lo que nos hace propiamente humanos.

Quizá la única medicina para este virus, y para el virus del miedo y la ignorancia sea despertar, al fin, a nuestra divinidad escondida en el reino oculto del corazón, que la noche a veces precipita.

Beatriz Calvo Villoria
Directora EcocentroTV

ecocentro.es

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