EL OTOÑO DORADO. LA VEJEZ.

Serie: Humanidad en Transición.

Miércoles 13-05-20

La vejez, como cualquier otro aspecto de la vida siempre aceptará miradas múltiples y contradictorias. Todos los seres humanos deseamos tener una vida larga, pero casi nadie quiere ser viejo.

En nuestra sociedad hacemos todo lo posible por no envejecer, o mejor dicho, por parecer que no envejecemos pues los cambios se realizan, principalmente, en el aspecto externo de nuestra forma.

Necesitaríamos comprender y asumir que el contenido de la vida, no viene de fuera, sino de dentro. Cuando hacemos este cambio entendemos que los bienes, la fuerza y la belleza no se limitan a la juventud, están presentes en las otras etapas de la vida, lo que sucede es que se presenta de distintas formas, teniendo en algunas más visibilidad la vida espiritual que la vida física.

La creencia de nuestra sociedad en la que impera principalmente lo material y lo productivo, construye en torno al proceso de envejecimiento una imagen cargada de connotaciones negativas, asociándose a enfermedad, pasividad, deterioro, dependencia, falta de productividad y carga social. Consideramos casi un insulto decir que alguien es viejo. Es cierto que en el proceso de envejecer se dejan a un lado algunos aspectos vitales de la persona, y esto es inevitable pero, como todo lo que sucede en la vida, viene acompañado de un profundo sentido.

En nuestros días, la idea acerca de la vejez se construye también sobre el miedo colectivo que asocia la vejez con la muerte. Es la muerte lo que da significado a un tiempo de la vida que se caracteriza por su proximidad a ella, pero el envejecimiento puede ser entendido no ya como una meta a la que se llega a una determinada edad, sino como todo un proceso que discurre a lo largo de la existencia (somos cada día un poco más viejos).

Cuando en la vida se producen momentos de debilitamiento de la forma ya sea por la vejez o por cualquier otra circunstancia vital, una enfermedad, un trauma físico o emocional se presenta una gran oportunidad para el despertar espiritual, es decir, para poner fin a la identificación de la conciencia con la forma. El gran obstáculo con el que nos encontramos en nuestra sociedad es que nos hemos alejado casi por completo del mundo del espíritu abandonándonos casi exclusivamente al mundo de las formas. Y cuanto más ignoramos esa parte, mayor es nuestro sufrimiento respecto a todos los sucesos que la vida nos presenta, a la vejez, que es el tema que nos ocupa y a la muerte; por eso afrontamos la vejez escondiéndola, como también hacemos con la muerte. Creamos asilos y residencias para alojar a los ancianos apartándoles de la sociedad ya que con el apresurado ritmo de vida que hemos generado, prisas, exceso de trabajo y obligaciones no hay tiempo ni espacio para acompañar verdaderamente a los mayores. Consideramos que su ritmo es lento, cuando lo obvio es que el nuestro es demasiado rápido. La paciencia y espera nos desespera.

Al no entender en qué consiste este proceso, en ocasiones los tratamos como a menores de edad necesitados de protección y tutela disminuyendo su capacidad de respuesta, su responsabilidad. Son adultos que precisan apoyo y acompañamiento respetuoso para integrar sus procesos físicos, emocionales y espirituales, para que puedan hallar sus propias respuestas. El acompañamiento sería adecuado realizarlo de igual a igual para no empequeñecer al otro, porque en verdad, las dos partes aprenden en la relación, siempre es así. En momentos en los que haya dificultades para comunicarnos con ellos, si nuestra mente y corazón están en paz, un sencillo gesto, mirada y nuestro silencio hablará por nosotros. No es necesario hablar. Por eso niños y ancianos se entienden bien.

Tenemos miedo porque no comprendemos el significado que la vida tiene en el proceso de envejecer y por eso no somos capaces de crear espacios adecuados para atravesar esa época de la vida en la que el aspecto espiritual se hace más visible y necesario. Quizá, porque en esa etapa lo que considerábamos que era nuestra mayor meta, va careciendo de sentido: acumular, poseer, tener poder, satisfacer mis deseos, proteger y cuidar de otros, sentir placer, tener éxito etc. Todas estas acciones van encaminadas a realizar un movimiento hacia el exterior para reafirmar nuestro pequeño ego, pero en la vejez, ese movimiento hacia afuera va perdiendo fuerza y es precisamente por ello cuando la dimensión espiritual puede verse con más claridad.

Va surgiendo algún impedimento físico y se produce un desgaste de los sentidos: tengo menos oído, menos visión, menos capacidad de estar hacia afuera y más capacidad de estar hacia mí. La comunicación con lo externo va descendiendo, las ventanas abiertas al mundo, que son los órganos de los sentidos, se van cerrando y no hay más opción que entrar en el mundo interior. Si no hay facilidad para moverse, oír o ver, el mundo externo se achica y el interior se agranda, surgen preguntas. Estos acontecimientos pueden ser el comienzo del movimiento de retorno al Ser y de la disolución de la forma, del ego.

Consideramos que el único movimiento posible siempre se realiza hacia fuera, hacia el exterior, pero hay uno más profundo y es el movimiento hacia dentro, hacia el interior, pues desde ahí es donde se origina el verdadero cambio, la verdadera transformación. Y a medida que la dimensión del espíritu se hace más evidente y el impulso interior se va intensificando, aquello que nos atraía hacia lo externo se va diluyendo, o al menos no tiene la misma fuerza. Por ello, en algunas culturas, se veneraba y respetaba a los ancianos, los mayores. Se les consideraba los depositarios de la sabiduría aportando así una dimensión más profunda y vital, necesaria para su comunidad. Convivir con ellos no se veía como una carga sino como un privilegio.

En las sociedades de tradición oral, el anciano servía de elemento fundamental en la preservación y transmisión del saber y de las costumbres, mientras que ahora, ya hay todo un mundo de información y comunicaciones impresas o virtuales y la fijación del «saber» permite prescindir de esa memoria frágil y arbitraria que es el ser humano. Estamos inmersos en los valores dominantes de una sociedad caracterizada por la necesidad de una generación fugaz de nuevos conocimientos y habilidades «tecnológicas», en donde los ciclos de cambio generacional se acortan cada vez más rápidamente y dan lugar a una mayor distancia entre generaciones. Confundimos el saber, la inteligencia de la mente, con la verdadera Sabiduría fruto de la comprensión de lo que realmente somos.

Por todo ello, asistimos en nuestras modernas sociedades, identificadas con las formas, ignorando la dimensión espiritual, a que la palabra viejo contenga muchas connotaciones despectivas y negativas. Equivale a inútil, no productivo, porque las principales actividades de los seres humanos, del ego o mente pensante se centran en el hacer. Y en esta etapa de la vida el foco se desplaza del hacer al ser. Y ahí empieza el problema, pues la mente no sabe qué hacer con el ser. ¿Para qué sirve? se pregunta. Sabemos mucho del hacer pero poco del ser. El no hacer es sinónimo de perder el tiempo y el movimiento hacia dentro no es considerado productivo.

Las limitaciones de la forma que se producen en los procesos de envejecimiento pueden ayudarnos a encontrar el propósito más importante del ser humano, la apertura al espíritu pues, lo que se pierde en el nivel de la forma se gana en el nivel de la esencia. Podemos empezar a descubrir, quizá no por primera vez, que la naturaleza de la formas es inestable y que la hemos sobrevalorado, perdiéndonos y aferrándonos a ellas. La vejez es un tiempo de ir desprendiéndonos de todo el equipaje. Si no lo hacemos, y seguimos identificándonos solo con el hacer, viviremos una vejez difícil, pues la gradual pérdida de facultades, de vitalidad de energía se convertirá en una cárcel para el pequeño yo. Como añadido, este yo, la mente dual, enfoca su atención en lo negativo, en las creencias negativas que al respecto de la vejez haya ido acumulando en su memoria, (individual y colectiva) y permanecerá atrapado en la lucha y el miedo a morir.

Si no nos identificamos con ese momento vital podremos transformarnos realizando una apertura al reino del espíritu, volvernos luminosos, radiantes y, a pesar de que nuestro cuerpo presente ya unas formas desgastadas por el paso del tiempo, seremos transparentes a la luz de la conciencia. Nuestra mirada reflejará que estamos en paz con la vida, seremos más jóvenes acercándonos cada día más desde el tiempo a la eternidad. Si pudiéramos realizar esos descubrimientos en cualquier instante o circunstancia que nos presente la vida, la vejez sería valorada como una época en la que se intensifica el proceso de despertar. Un tiempo de preparación para realizar, conscientes, el camino de vuelta a casa.

Los últimos años de nuestra vida pueden ser los más felices, los más plenos ¿por qué no? El secreto de vivir bien esa ancianidad es, que en ella se precisa sabiduría, coraje, compasión y de manera especial, desprendimiento. En una época en la que se sobrevalora lo joven, es bueno afirmar que ser viejo es ser un dorado otoño, vivir días de cosecha. Damos al mundo lo que hemos aprendido, nuestro legado. El otoño dorado de la existencia se vive sin importar para nada todo aquello que tendremos que dejar en nuestra posterior partida.

Para entender la grandeza de esta estación podemos recordar el poema Zen que dice: «Los árboles meditan en invierno, gracias a ello, florecen en primavera, dan sombra y frutos en verano y se despojan de lo superfluo en el otoño». Las criaturas mortales somos similares a los árboles; florecemos en primavera, damos frutos en verano y, llegado el otoño de la vida, nada superfluo nos debería atar; disfrutar el presente tras haber dejado el legado de nuestra primavera. Entramos en la estación en la que nos despojamos de todo lo banal, quizá de todo aquello por lo que nos esforzamos tanto en la juventud. Si acepto la vida tal como es y la acojo, me vuelvo profundamente espiritual.

Envejecer es una etapa de nuestra existencia, del viaje del alma, pero lo que en verdad somos, permanece oculto en las formas aunque no es tocado por ellas. Envejecer es comenzar de nuevo y nacer de nuevo. Al vivir con conciencia, nuestra vejez será también más consciente, un otoño dorado y solo así podremos comprenderla, convertirnos en modelo de vida para los demás. Solo así podremos respetarla, compartirla, hacerla más visible y digna.

No es tiempo de querer enseñar a los mayores, más bien de aprender de sus experiencias vitales y de acompañarles en su retorno al origen. La senectud, por tanto, no es una lenta extinción y declive, es una progresivo volver a enrollar lo desarrollado durante la vida, haciendo que la vida adquiera sustancialidad, sentido y significado. Saber mirar al cielo y ver su belleza insuperable, con la esperanza de que el alma pueda traspasar esa grandeza infinita y saber también mirar a la tierra que acogió nuestra forma perecedera, donde nuestra materia se igualará con su esencia, se disolverá en ella después de haber realizado el recorrido entre el nacer y el morir.
Eidán.
NOTA.-En estos últimos meses han sido muchos los ancianos que han partido. Una silenciosa pero enérgica llamada de atención para los que se quedan, un último legado para que cada uno de nosotros descubra su significado.

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