Serie: Humanidad en Transición.

Lunes 18-05-20

El brote de la enfermedad por coronavirus ha puesto, de nuevo, encima de la mesa un concepto conocido como inmunidad de grupo o colectiva («de rebaño»).

Esto se refiere a una situación en la que suficientes personas de una población adquieren inmunidad contra una infección para así, poder detener eficazmente la propagación  de dicha enfermedad.

Esa inmunidad, según la medicina oficial, no importa si proviene de la vacunación o de personas que han tenido la enfermedad. En este caso a medida que más y más personas se infecten, habrá más que se recuperen y que sean inmunes a futuras infecciones o rebrotes.

En este caso, teniendo en cuenta el índice de contagios y de mortalidad, se considera que el número de personas  infectadas para establecer una inmunidad de grupo tendría que ser de, al menos, un 60% aproximadamente. Después de las primeras pruebas que se han realizado parece que solo un 5% de la población en España está infectada, es decir, ha generado anticuerpos de ese virus. Algunos creen que es más fiable que el dato esté entre el 5 y el 10% pues, dependiendo del test que se ha realizado, hay otro tipo de anticuerpos que pueden no haberse detectado. Según los números no se llega al mínimo.

La versión oficial indica que ese reducido número de contagios ha sido un  «éxito» debido a las medidas de confinamiento social: quédate en casa, cierre de escuelas, teletrabajo y distanciamiento social básicamente. Pero aunque esta solución se esté presentando como un éxito, a su vez ha generado nuevos problemas, que ya se está viendo con mucha claridad, son mucho más graves que el que se ha querido resolver.

 Problemas principalmente psicológicos para aquellas personas que ya tenían  otras enfermedades, algunas relacionadas con el  sistema inmunitario que se ven agravadas, no solo por falta de atención, sino por el ambiente de miedo y pánico que se ha visto acrecentado. Problemas para las personas sanas que se han visto privadas de aspectos esenciales como aire, luz y movimiento. Problemas para quien ya tenía enfermedades mentales o de otro tipo en los que el contacto humano es necesario, problemas para los que se han encargado de cuidar a otros por la excesiva carga de trabajo y presión mental. Solo mencionamos algunos relacionados con la salud, pero es obvio que hay muchas otras secuelas en prácticamente todos los ámbitos.

En determinados momentos en los que estamos expuestos a otros virus, estas medidas no se han tomado y los efectos se han ido resolviendo de una forma más natural. Al principio de la epidemia algún país quiso empezar a establecer esta medida para crear inmunidad, es decir fomentar, evitando el confinamiento, que la mayor parte de la población se infectara y creara la inmunidad de grupo.

Pero eso duró poco, porque empezaron a aumentar los contagios considerablemente, y en lugar de dejar que sucediera, se empezaron a tomar medidas de contención en relación al movimiento y contacto entre las personas. Sin embargo, ha habido otros países que, a pesar de la presión internacional del resto, han dejado que se pueda producir esa inmunidad de grupo natural, sin realizar cambios sociales y dejando que cada persona sea responsable de actuar según considere adecuado. Como consecuencia, allí sí se está produciendo y aumentado la inmunidad de grupo, ante los denominados futuros rebrotes, como ha sido el caso de Suecia.

En la situación en la que nos encontramos, es muy distinto, por ejemplo, que el escenario (mensaje) se hubiera planteado como: se ha detectado un virus que se propaga con facilidad pero afecta sobre todo a la población más vulnerable, ya sea por edad o enfermedad, y tomar medidas de precaución con esos grupos de riesgo, mensaje encaminado a no crear miedo en la población, que parece que es el mensaje que se ha enviado en Suecia. O que, por el contrario, se declare, como ha sucedido en la mayor parte del planeta,  que hay un virus muy contagioso, hay que aislarse de todo y todos, ya sea población de riesgo o no, y empiecen a propagarse mensajes de forma constante y reiterada de miedo al contagio en medio de una pandemia potencialmente mortal.

En este punto, recordemos que nuestro sistema inmunológico es el encargado de estar alerta, esa es su función. Siempre está evaluando todos esos agentes extraños, ya sea un virus, una bacteria o incluso una célula cancerosa y está realizando determinadas funciones para mantener el cuerpo en equilibrio y a la vez, un sistema inmune fuerte y saludable. Todo ello lo realiza sin que muchas veces lo percibamos.

Por eso, no es necesario que nosotros estemos alerta ante el virus, nuestro sistema lo hace, pero sí, alerta a la gran cantidad de información, en exceso negativa, que viene de todas partes para no entrar en pánico y mantenernos más conscientes y enfocados. El desafío es que ante un mismo suceso, podamos dar respuestas distintas. Procurar mirar lo que acontece en su estado más puro, no añadiendo pensamientos negativos, buscando respuestas en nosotros mismos.

Nuestra mente, sí tiene influencia sobre nuestra salud. Se han realizado muchos experimentos que demuestran el efecto placebo. Se forman dos grupos, unos toman lo que creen que es un medicamento y, muchos de esos individuos, tienen una respuesta similar a las del grupo de personas que sí habían tomado realmente el medicamento, el que era objeto de estudio.

Algunos experimentos han añadido otros factores. En ese caso los pacientes padecían dolores crónicos de espalda que incluso les impedía llevar una vida normal y tenían que tomar fuertes calmantes y morfina. Todos recibían en este caso placebos, tratamientos inocuos, pero a la hora de medicarlos, a los del primer grupo, el médico les prescribía en una breve consulta, y a los del segundo grupo, mantenía con ellos una conversación de más de media hora, mostrando empatía, escuchando y atendiéndoles.

La estadística demostró que el porcentaje de personas en las que desaparecieron o se suavizaron los dolores, fue mayor en el segundo grupo. Ese trato distinto, hizo que se redujera la ansiedad y por consiguiente el dolor, pues se considera que ambas cosas están muy relacionadas. La curación, por tanto, sabemos que abarca muchos factores, no solo un medicamento, del tipo que sea, que influyen en dicho proceso. La forma en que nos comunicamos y el mensaje que trasmitimos, también importa.

Y por último, hay  experimentos que han demostrado que, incluso si a la persona se le informa de que lo que está tomando es un placebo, esto no supone un impedimento para seguir aportando beneficios a su organismo. Hay información al respecto de todos estos casos y algunos más, que se pueden consultar en un programa que realizó la BBC.

Entonces, es la sustancia inerte la que cura, o es la capacidad innata del cuerpo la que lo hace apoyada por lo que diríamos programación de un pensamiento.

De la misma forma, si el pensamiento positivo causa un efecto positivo en nuestras células, el negativo también, lo que se llamaría efecto nocivo. Eso nos da una pista de que nuestros pensamientos influyen en nuestra biología y eso lo saben muy bien quienes disponen del control de los medios, los de comunicación por ejemplo, para producir un efecto determinado en nuestras mentes.

Si el pensamiento puede manifestar una curación, el negativo puede causar enfermedades. El miedo contribuye a enfermar y está siendo propagado, y eso es lo que puede producir más enfermedad, no el propio virus, sino el miedo a enfermar. Nuestros pensamientos tienen una profunda influencia en la configuración del interior de nuestro cuerpo, células, tejidos, órganos, en  nuestras experiencias internas y nuestras interacciones con el mundo externo. Si la mayoría de nuestros pensamientos son limitantes, negativos y desproporcionados, así veremos el mundo fuera. El miedo al que nos referimos es el miedo crónico, no el miedo ocasional. Ese es el alimento mental que se nos está proporcionando y en lo que es necesario no poner nuestra atención para no dar realidad a esos mensajes.

Ahora, debido a la baja inmunidad que se ha detectado en España, nuevamente se lanza un mensaje de precaución con el fin de que no se relajen las medidas  de protección. En resumen, para que se siga perpetuando el miedo. Miedo a no estar seguro de nadie y a seguir manteniendo las medidas que evitan el contacto social, como hasta ahora.

Un miedo a posibles nuevos brotes para reforzar el mensaje, que es una de las claves de todo este tema, de que la vacuna es la única solución posible para resolver este problema y hasta que no se consiga nadie estará seguro. Como añadido, la OMS informa «que puede que el virus haya venido para quedarse», es decir que sea endémico. Eso es lo mismo que decir que el miedo debe estar siempre entre nosotros.

En relación con la vacuna, y casi desde los inicios, empezó a surgir una carrera contra reloj para conseguirla. Se hace creer que es para combatir el virus lo antes posible, aunque la rapidez no es realmente para eso, sino para ser el primer país, institución u organismo que se haga con el poder de tenerla, patentarla y comercializarla.

Según los expertos, una vacuna tarda en realizarse no menos de un año o año y medio pues antes de poder inyectarse en una persona debe experimentarse en animales, víctimas de nuestros laboratorios, después en un grupo de humanos, hasta que se pueda extender al resto. Aquí parece que los tiempos van más acelerados y se estima, con gran optimismo, que puede estar prevista para finales de año. Algunos  manifiestan que en esta vacuna se quiere incorporar nanotecnología, una tecnología que se dedica al diseño y manipulación de átomos y moléculas. ¿Para qué? Dejamos la respuesta abierta.

El siguiente paso que vendrá, no sabemos cuándo, será  la obligatoriedad o no de ponerse la vacuna. Algunos países ya están realizando modificaciones en sus leyes con el fin de ir preparando la obligatoriedad de la misma. En principio, los que no resonamos con el uso de las vacunas, consideramos que vamos a poder ejercer nuestro criterio de seguir sin vacunarnos, pero es cierto también que puede que tengamos que enfrentarnos a un nuevo escenario.

Quizá sea complicado establecer una ley de obligatoriedad, o en nombre del  llamado bien común, sí sea posible y puede que ello se realice de una forma brusca o más sutil. Es decir, si no disponemos del certificado de que estamos vacunados se  cierren puertas como conseguir un documento oficial, pasaporte, acceso a recursos sanitarios, económicos o sobre todo, a poder disponer de movilidad para desplazamientos o viajes. Hasta que llegue la vacuna, ya se podría empezar a distinguir otros grupos: los que están inmunizados y los que aún no. Ese podría estar planteándose ya como un paso previo.

O bien vamos a perder visibilidad o movilidad, y alguna cosa más que se considere valora la mayor parte de las personas. En ese caso, si llegara a suceder, habrá que plantearse  qué respuesta ofrecer al respecto. No es cuestión de oponerse a la vacuna, sino de que vacunarse sea una opción y no una imposición. No es un tema para afrontarlo con miedo, sino simplemente con  responsabilidad, la que cada uno pueda ofrecer.

Eidán

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