El Vuelo de Leonardo. 

Santa Ana con la Virgen y el Niño. c.1508
Oleo sobre tabla. 168×112 cm
Museo del Louvre.

Cinco siglos contemplan desde la retina asombrada de millones de personas el anhelo de un genio por aprehender la belleza de la existencia, su misterio. Leonardo Da Vinci, icono de la genialidad omni-abarcante, que se extiende sobre todos los ámbitos en un anhelo de descubrimiento sigue deslumbrando. Abrió en el arte una puerta a la ciencia uniendo sus dos pasiones, sus dos miradas, una aristotélica que anhelaba el conocimiento de la luz en la materia, que permanecía oculto, según muchos renacentistas tras muchas creencias carentes del mínimo racionalismo y  otra platónica, mística, metafísica, poética, amante de la luz de lo divino. Buscaba unir cielo y tierra en todas sus obras, en todos sus inventos. Y la que hoy analizamos como homenaje a su genio esconde ambas luces, la luz de la naturaleza que describe con precisión de geólogo, en unas montañas azuladas al fondo, que contienen como matriz la geometría de un  triángulo de personajes en el centro de la escena, y que muestran todo lujo de detalles, propio de un naturalista consumado y un efecto, por su fina observación de la realidad, de que la perspectiva esfuma los colores y los lleva a la indiferenciación de la eternidad que representan esas montañas.

El triángulo es la figura geométrica que simboliza la sabiduría divina, la perfección y la armonía. Es la triada del Padre, el Hijo y el espíritu, o en otras tradiciones, La Luz, el Amor y la Voluntad. Es el símbolo del tres y tres son los personajes principales de esta ventana al conocimiento que, como un mensaje del más allá de la apariencia, nos plantea a través de los siglos el genio de Leonardo y nos invita a regresar desde la base, el cordero, la materia, el mundo, el sacrificio que supone existir separados, a la cúspide de la sabiduría.

Todo símbolo es susceptible de infinitas interpretaciones, tiene el don del de lenguas, y hoy damos voz a una de ellas que escuchamos decir a un viento poderoso una mañana de otoño.

En la cúspide, el fuego de la Luz de la conciencia, el Testigo,  está representado en el rostro ecuánime de Santa Ana, la madre de la Virgen María, que la sostiene en su regazo y la mira apaciblemente, como un observador sin juicio. Sus piernas miran hacia la derecha, mientras sus pies se bañan en el agua pura de un río de Vida. En el medio, la Virgen, el alma, aposentada en el espíritu y pendiente de su Hijo Jesús, que en esta hermenéutica inspirada es la mente, dirige sus piernas hacia la manifestación, hacia el hijo, que parece querer escapársele, y su mirada es de amor, pues es el amor el que realiza la obra alquímica de convertir el plomo de una conciencia simple, la de la mente, en una conciencia despierta. A través del fuego del Intelecto, Santa Ana y el corazón, símbolo de la manifestación física del alma, la Madre de Dios, el Sagrado femenino le da a la mente la posibilidad de experimentar el tiempo lineal de la historia, que desemboca en el tiempo eterno del círculo, en un eterno retorno que todo héroe, y todo humano lo es, ha de ejecutar para salir de la cueva del útero, de lo indiferenciado, de la semilla, a la cima de la montaña realizando todo su potencial y tener la perspectiva de su divinidad hecha natura.

El niño, la  mente volcada hacia el plano material, hacia la manifestación, hacia la creación que juega entre sus brazos, simbolizada en ese cordero, no pierde en este juego de movimientos de cuerpos y de miradas ascendente hacia las cumbres de la montaña eterna, la iluminación, al alma y se gira hacia ella mientras agarra con firmeza al cordero, que mira con  dulzura y la mansedumbre de la plasticidad de la arcilla de la creación hacia el niño, hacia la mente que puede nombrar in divinis a toda la naturaleza, resignificándola y se deja agarrar por el cuerpo del mesías, la mente ungida de espíritu, que se involucra con todo su cuerpo en el plano de la existencia, sacrificando su Libertad Absoluta para contractarse y regresar desde su sacrificio al Cielo glorificando la luz de la Tierra.

Beatriz Calvo Villoria

Directora de EcocentroTv

ecocentro.es

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