“Simplemente con un cambio a nivel mundial de hábitos alimentarios, reduciendo el consumo de carne, sobre todo de carne estabulada, y aumentando el de cereales y legumbres, se podría alimentar a una población diez veces superior con las condiciones actuales de cultivo.”

Mariano Bueno es pionero y uno de los más destacados divulgadores de la geobiología y la agricultura ecológica en nuestro país. Su trayectoria personal y profesional le ha permitido abarcar áreas muy diversas, como la física, la biología, la ecología, la arquitectura, la psicología, la alimentación sana o la salud natural.

Una de sus principales aspiraciones es crear conciencia ecológica en la sociedad y poner al alcance de todos una agricultura más natural que contribuya al bienestar del hombre y a la propia supervivencia del planeta. En estos tiempos tan cruciales, la decisión de modificar nuestros hábitos alimenticios puede cambiar el modelo insostenible de la actual producción de alimentos. Con tal fin, recorre incansablemente todos los rincones de España, formando a futuros horticultores, abogando por una manera natural de hacer las cosas y trasmitiendo la sencilla y brillante inteligencia de la naturaleza .

¿Puede hablarnos de sus orígenes?

Yo nací en una familia de agricultores tradicionales en Benicarló, agricultores de horticultura intensiva, y trabajé la tierra como casi todos los niños, hijos de campesinos, de aquella época, los años sesenta. Fuera de las horas de clase tocaba trabajar en el campo y atender los animales. A los catorce decidí dejar el instituto para dedicarme a la tierra; me gustaba y me veía trabajando en ella, pero no en una fabrica ni en una oficina.

A los diecisiete años, por motivos de salud empecé a interesarme por la alimentación y la salud. Me di cuenta de que con las prácticas de la agricultura convencional que estábamos realizando, utilizábamos de una manera totalmente irresponsable ciertos productos, sobre todo algunos insecticidas en cuyos envases se advertía ya claramente de su toxicidad, y tuve la sensación de que estábamos envenenando a la gente. Mi padre estuvo varias veces ingresado en el hospital después de ciertos tratamientos con un acaricida, en concreto. Cuando hablaba esto con él, me daba cuenta de que no había una conciencia real de cómo estábamos perjudicando nuestra salud, la de la tierra y la de las gentes, porque, a fin de cuentas, no había formación, sino sólo una experimentación más bien empírica.

¿Era el comienzo de la revolución agraria?

Cuando yo tenía entre 15 y 16 años, Extensión Agraria hizo unos cursos de formación profesional agrícola. Ahí fue donde recibí toda la “información”, de lo que es la agronomía actual: el uso de fitosanitarios, insecticidas, uso de las unidades de fertilizantes y abonos, pero al mismo tiempo, me di cuenta de que era un adoctrinamiento para que dejásemos de utilizar el estiércol y las prácticas tradicionales en general; se nos machacaba diciendo que el estiércol no era un buen fertilizante porque no tenía las unidades fertilizantes adecuadas, que eso de mirar a la luna era de supersticiosos, cuando uno veía que al sembrar las habas en luna nueva la mata se hacía enorme y daba poco fruto y al sembrarlas en luna llena la mata era más pequeña y daba más fruto.

Tu lo habías visto con tus ojos, pero según ellos era una superstición; ahora, por suerte, se ha podido demostrar que esa influencia que ejerce la luz de la Luna sobre la acumulación de agua es real; en realidad, la Luna influye porque es una especie de espejo que hace que en determinadas noches haya más luz, la luz del sol que ella refleja, y eso estimula ciertos procesos hormonales o biológicos de las plantas; pero como todo eso se desconocía, se prefería pensar que no existía.

Hoy día asistimos a un proceso totalmente artificial y notablemente peligroso para la salud y sigue sin haber conciencia de ello. Para que una lechuga llegue sin pulgón al mercado hay que someterla a un tratamiento químico cada tres o cuatro días, porque cuando se abusa, sobre todo, de los abonos químicos y los nitratos, la planta crece mucho más deprisa, acumulando gran cantidad de nitrógeno y de agua, y entonces aparece el pulgón que es un drenador de ese exceso de nitrógeno y lo invade todo.

Una manzana desde la floración hasta la cosecha recibe una media de 20 a 40 tratamientos en el árbol, más luego, como se cosecha verde y tiene que ir a una cámara, se sumerge en unas balsas de funguicida y, para que te la puedas comer madura, se gasea con gas etileno para que produzca oxinas (hormonas de crecimiento) y así madure y se puedas comer crujiente. Ésta es la agricultura química.

AGRICULTURA ECOLÓGICA, EXTENSIVA, FRENTE A AGRICULTURA INTENSIVA

Uno de los grandes argumentos que utilizan los defensores de la agricultura intensiva es su alta producción en una situación de necesidad, de hambre y de exceso de población como la que vivimos. Agravada esa situación por el cambio climático, que hace que las necesidades humanas vayan a crecer exponencialmente, éste es, por ejemplo, el argumento de Lovelock. ¿Qué le dirías desde la práctica de la agricultura ecológica que realizas?

Los conceptos de agricultura extensiva e intensiva son muy difusos como tales conceptos; la horticultura siempre es intensiva, por ejemplo, en la desembocadura del Ebro, al lado de Tortosa; hace dos mil años ya cultivaban lechugas para la exportación debido al gran consumo que hacían los romanos y dos mil años después se sigue cultivando sin interrupción.

Esto es un ejemplo de horticultura tradicional bien hecha, de cómo un territorio ha producido alimentos para la población que lo habita, que ha ido aumentando, y que sigue produciendo alimentos sin ningún problema, simplemente utilizando los recursos orgánicos que producía el mismo espacio; no se usaban abonos químicos e insecticidas porque había un sistema que en sí mismo funcionaba y se retroalimentaba perfectamente.

Si nos vamos a Asia, vemos que en algunos territorios ha habido sobrepoblación desde hace miles de años, pero han tenido una horticultura intensiva de rotación muy bien gestionada, de gran diversidad de cultivos que nunca se agotan, y comprobamos que la fertilidad se incrementa y se mantiene. El problema es cuando aparecen los monocultivos y la producción intensivo-extensiva al mismo tiempo, cuando tienes cien o mil hectáreas de trigo, maíz o soja, en una rotación exigua, en el que se rotan dos o tres tipos de cosecha, cada dos o tres años; eso esquilma, agota, deteriora y de alguna forma erosiona ese suelo.

El otro planteamiento de que no habría suficiente alimentación para tanta población sin una agricultura más intensiva que utilizase abonos químicos, etc., es fácil de rebatir con un argumento sencillo: el gran problema actual de falta de alimentos para cierta parte de la población, incluso para seguir alimentando a una población creciente, está en relación con los hábitos alimenticios que están asociados a un tipo de producción.

Se abusa del consumo de carne a nivel mundial, de una carne que se produce de forma intensiva, en ganadería estabulada, que se alimenta de cultivos intensivo-extensivos de soja, cereales y maíz, cultivados exclusivamente para alimentar un ganado que luego sirve de alimento: ahora bien, por cada unidad nutricional de ese ganado hemos utilizado 10 unidades nutricionales de cereales y legumbres.

Quiere eso decir que cada vaca tiene 4.000 raciones alimentarias, pero para alimentar esa vaca y llevarla a la mesa de las personas hemos utilizado 40.000 raciones alimentarias en forma de forraje, cereales y legumbres que, utilizadas directamente, servirían para alimentar a un número de personas diez veces superior, pero estamos ante un sistema alimentario extendido a nivel mundial donde se da prioridad como fuente nutricional a la carne y se dejan de lado cereales y legumbres, que tienen tantas proteínas y tantos nutrientes como pueda tener la carne.

Simplemente con un cambio a nivel mundial de hábitos alimentarios, reduciendo el consumo de carne, sobre todo de carne estabulada, y aumentando el de cereales y legumbres, se podría alimentar a una población diez veces superior con las condiciones actuales de cultivo. El tema de la carne quedaría para la ganadería extensiva que es realmente ecológica, pues aprovecha un recurso que el hombre directamente no puede aprovechar: la hierba que crece espontáneamente en los prados, que no podemos convertir en nutrientes para la población. La ganadería extensiva es una fuente de aprovechamiento de recursos, grandes praderas, zonas montañosas, herbáceos que normalmente no podríamos transformar en alimento humano y lo transformamos en alimento cárnico.

¿El uso de químicos o semillas transgénicas da o no da más producción?

El problema es que se nos engaña con las estadísticas: se toma una variedad de soja o de maíz transgénico, o un híbrido determinado, y se nos dice una cosecha de esa variedad ha producido un diez o un veinte por ciento más que la variedad convencional o tradicional, pero no nos dicen nada de cuántas unidades nutricionales hemos obtenido con todo lo que hemos producido durante diez años en esa finca cultivada químicamente.

Lo que se observa en las estadísticas realizadas en fincas de cultivo convencional químico, de cultivo biológico y de cultivo biodinámico, haciendo un seguimiento de todos los insumos, de todo lo que ha entrado y lo que ha salido durante diez años, es que la diferencia de producción en kilos y en nutrientes de los diferentes productos es de un diez por ciento, por encima o por debajo.

Hay casos de fincas de cultivo químico intensivo que han conseguido un diez por ciento más en esos diez años de media, pero hay fincas de cultivo biodinámico donde una rotación inteligente y una gestión de todos los recursos bien estructurada ha dado un diez por ciento más de producción global en diez años que una finca de similar extensión de cultivo convencional químico. En realidad estamos hablando de un 10% más o menos.

A nivel mundial, la agricultura ecológica actual —millones de hectáreas en todo el mundo— está demostrando que se puede sacar un rendimiento de la tierra y de la ganadería similar al que se puede conseguir con la agricultura química convencional; por lo tanto no está justificado decir que sin química no podemos alimentar a la población.

ECOLOGÍA Y ENERGÍA

Hay una serie de cosas que no vemos en los alimentos; por ejemplo, cuando uno come una manzana, no ve el agua que se ha utilizado para producirla y en este momento de sequía eso es algo muy importante. Hay otro elemento del que los ecólogos hablan mucho y que está en la médula de nuestro sistema productivo y es que no se ve la energía utilizada en la producción y el transporte. El consumidor no percibe esos gastos que, en definitiva, son gastos medioambientales.

Efectivamente, hay un falso concepto; el consumidor sólo ve el precio y una imagen del producto: compra por la vista. Normalmente no nos damos cuenta que hoy en día estamos comiendo alimentos de “todo a 100”, es decir que están producidos con los mismos sistema que cualquier producto que encontramos en las tiendas de “todo a 100”, bajísima calidad a bajísimo precio, pero la gente sólo mira la peseta y la imagen.

No tenemos ningún reparo en comprar alimentos producidos con un sistema que utiliza mucha agua, mucho nitrógeno, muchas hormonas para acelerar el crecimiento vegetal, que hace que, al final, cuando compras una lechuga, estés comprando básicamente agua y nitrógeno, pues no ha habido tiempo para el proceso de fotosíntesis y que la planta sintetice nutrientes a través de la radiación solar, etc.

Cuando la gente plantea la gran pregunta de por qué los alimentos ecológicos son tan caros, el problema no es que éstos sean caros sino que los alimentos convencionales son excesivamente baratos porque están producidos en un sistema tan industrial, parecido a cualquier otro producto de masa, en el que la calidad queda totalmente descartada y lo que único que busca es el máximo rendimiento.

En cambio los productos ecológicos, como cualquier artículo artesanal, tienen más mano de obra, más trabajo. Una lechuga de cultivo químico está apenas un período de veintiún días a un mes en la tierra, mientras que una de cultivo tradicional está de dos a tres meses, tiempo suficiente para hacer fotosíntesis para coger minerales, por eso contiene menos agua y más nutrientes. Pero la gente solo mira el precio y el agricultor convencional ha podido hacer tres cosechas de lechuga en el mismo tiempo en el que el ecológico ha hecho sólo una. No es que el ecológico sea más caro, es que el otro es excesivamente barato.

Aparte de esto, y en cuanto a lo que planteabas de la energía empleada en producir, no se trata sólo del transporte sino que actualmente toda la maquinaria que permite producir esas grandes cantidades a esas velocidades hace que se gaste hasta diez unidades energéticas –digámoslo así por ponerle un nombre– para producir una unidad energética de producto.

Es decir que con el uso actual de los hidrocarburos para sacar ese kilo de cereal o de manzanas, se gastan 10 kilos de energía para un kilo de energía. En cambio en la agricultura ecológica el gasto energético es mucho menor porque se hace funcionar unos sistemas que utilizan básicamente energía solar y en vez de quemar petróleo se consume carbón atmosférico, por decirlo así. Con menos energía se produce más energía disponible.

Estamos llegando al disparate de que la carne comprada de Chile sale más barata que la que compras aquí, en el pueblo.

Eso es por la cuestión del mercado, la mano de obra, etc. Puedes encontrar un queso holandés tirado de precio porque es un queso totalmente industrializado; en cambio si compras un queso artesano de aquí, del pueblo, lo hacen de una manera que, sólo por la mano de obra, es normal que sea más caro.

Los problemas de la agricultura ecológica respecto de este asunto estriban en que hasta ahora ha sido una agricultura muy artesanal; por tanto se compran productos artesanales de calidad, a un precio artesanal. Ahora empiezan a salir productos ecológicos a mejor precio porque también se están trabajando fincas más grandes, fincas de trescientas hectáreas de naranjos, por ejemplo.

Y ahí se abre un debate dentro de la agricultura ecológica entre quienes son partidarios de esto y quienes, por el contrario, dicen que no es bueno que se extienda demasiado y que las multinacionales clásicas entren en la producción ecológica, porque al tiempo que abarataran los precios harán bajar la calidad de los productos.

En ese sentido, yo soy partidario de que todos los frentes deben abrirse, y me alegro de que una gran empresa convierta 500 hectáreas de cereal o manzanos, de cultivo convencional en cultivo ecológico, porque, aunque el producto no sea tan puro como el del campesino que lo hace con más mimo, el consumidor tendrá oportunidad de elegir.

Del mismo modo que si quieres comprar barato optas por lo industrializado y si quieres calidad vas a lo artesanal, dentro del ámbito ecológico sabremos que hay productos ecológicos más industrializados, a menor precio y de calidad inferior, pero para los que no se han utilizado abonos o productos químicos, y en el mismo mercado tendrás unos productos ecológicos más artesanales y, lo más importante, locales. No puedes llamar ecológico a un producto que ha recorrido 1.500 kilómetros para llegar a tu mesa.

¿Y como se resuelve el problema de las grandes ciudades para que haya un consumo local?

Si hoy en día hubiese una crisis energética fuerte y no hubiese gasoil para los camiones, las grandes ciudades quedarían colapsadas. Las grandes ciudades viven gracias a que cada día entran miles de camiones con suministros de alimentos para las poblaciones concentradas en ellas, y ese transporte está consumiendo una cantidad de energía brutal: una gran ciudad es, por principio, antiecológica.

Se deberían hacer anillos de producción, como en Cuba, donde, después de la crisis y el embargo, había tal desabastecimiento de alimentos que se inició una campaña para realizar huertos urbanos en todo el perímetro de ciudades y pueblos; al no tener abonos químicos ni insecticidas, que antes les llegaban gratuitos de la Unión Soviética, recurrieron a la agricultura ecológica, y ahora tienen un gran abastecimiento de frutas y verduras locales a un precio muy asequible y han recuperado de alguna forma la producción local que había desaparecido porque era más barato importar que producir .

Por lo que cuentas, un producto ecológico es mucho más que un producto producido con una serie de pautas.

Generalmente se piensa siempre que un producto ecológico es aquel que se ha cultivado sin abonos químicos, sin insecticidas; en realidad es mucho más que eso porque implica una mejor gestión del entorno, de la actividad social y al mismo tiempo hace posible toda una forma vida que se ha desechado; en realidad, la agricultura convencional lo que ha hecho es eliminar una forma de vida sencilla, que sería posible con la agricultura ecológica.

¿Quien ha sido el gran beneficiado de la revolución agrícola? La industria y la agroquímica porque se ha sustituido mano de obra por maquinaria y un sistema de gestión del carbono, que es el de la materia orgánica que procede de los animales, del aprovechamiento de los restos de la cosecha, de la propia fotosíntesis que hacen las plantas, que es un proceso más lento de absorción de nutrientes y de energía, por abonos químicos de solución rápida que consumen energía.

El sulfato amónico que se echa a las plantas es nitrógeno tomado de la atmósfera por máquinas enormes que gastan mucho petróleo para comprimir el aire atmosférico, comprimirlo, cristalizarlo y luego aplicarlo; pero, si cultivas leguminosas en tu campo, esas plantas, con la simbiosis de las bacterias, toman el nitrógeno atmosférico y lo incorporan a la tierra sin necesidad de gastar petróleo para realizar ese proceso. La agricultura ecológica permite coger lo que tenemos en la naturaleza como el nitrógeno, el carbono y el resto de elementos, e incorporarlos a la tierra y convertirlos en alimentos y en nutrientes, sin tener que gastar energía fósil en el proceso.

 Es significativo que los profesores de formación agraria que tuve cuando era joven, los abanderados de aquella revolución agroquímica, hayan convertido todos sus huertos en ecológicos y que ahora sean los promotores de la agricultura ecológica en la región.

¿Cómo se lucha contra los intereses de las agroquímicas que imponen este sistema insostenible?

Con información al consumidor; hoy en día la fuerza de cualquier cambio está en el consumidor; vivimos en una sociedad de consumo, todo gira en torno al consumo y eso ha dotado de un inmenso poder al consumidor; desde arriba son conscientes y hacen campañas continuas para convencer al consumidor de las bondades de unas u otras líneas de consumo, y ahí es donde entra la información; la información que, de forma horizontal, como una gran mancha de aceite, se va difundiendo, es clave; en la medida en que la población asume que determinado alimento es más sano que otro y que garantiza una forma de vida que está desapareciendo, puede tender a consumir más ese alimento.

Hay pueblos en la sierra del Maestrazgo, en los que ahora sólo viven 7 personas, que en los años 50 tenían una población de 500 familias; pero llegaron los primeros tractores y a los seis años sólo quedaban 20 familias; aquellas 500 familias iniciales tenían mucho trabajo; había gran necesidad de mano de obra durante el año: cuando no era segar, era trillar o recolectar, pero al llegar la maquinaria ya no hubo trabajo para esta gente y se tuvieron que marchar a Alemania o Francia.

La maquinaria favorece la actividad industrial, pero empobrece la actividad humana, pues impide desarrollar un trabajo digno a toda una comunidad. Hoy día la única forma de recuperar esa agricultura familiar, tan importante, pues permite subsistir en las zonas que se están abandonando, es a través de la agricultura ecológica, ya que, al tener una mayor valoración social, hace posible un sobreprecio: estamos dispuestos a pagar un poquito más por la calidad de ese alimento y, al ser un trabajo más artesanal, exige más mano de obra, permite trabajar a más gente y ayuda así a recuperar el valioso mundo rural.

Entrevista realizada por Beatriz Calvo Villoria para AgendaViva. Fundación Félix Rodríguez de la Fuente

 

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