“Mi alma es una orquesta oculta

no sé qué instrumentos tañe o rechina,

cuerdas, harpas,

timbales y tambores, dentro de mí.

Sólo me conozco como sinfonía

( Pessoa)

Decía otro poeta maravilloso, Rûmî, de esos que hacen música divina con las palabras que “en las cadencias de la música hay un secreto escondido; si te lo revelara, conmovería al mundo”. Etimológicamente, música significa “perteneciente o relativo a las musas”, esas hijas de Zeus  y Mnemósine, la diosa de la memoria, que descendían del Olimpo para inspirar a los hombres.

La música era considerada por Pitágoras como algo eterno, grabado a fuego en los movimientos planetarios, una arte que es la miniatura exacta de la ley que funciona a través de todo el universo. Para los místicos sufíes la música ha sido siempre una escalera que vincula lo humano con el mundo celestial, una ayuda profunda y elevada para ascender al mundo del espíritu.

Las musas están siempre esperando agazapadas, envueltas en las sedas del silencio, a que el intérprete las escuche al dejar de escucharse a si mismo. La música educa al alma porque la purifica de conceptualizaciones, hace estallar la narrativa mental e insufla un lenguaje en el que puede hablar el corazón sin nombres y casí sin formas. Cuando los indios de las praderas le cantaban a Wakantanka sus quejíos profundos eran como peldaños con los que coser el cielo y la tierra, para ellos los cantos penetraban en el mundo invisible, como una oración que encantaba a su paso al mundo visible.

Todos los pueblos primordiales cantan y alegran el alma y a sus cosechas, y alegran a las nubes y a las águilas; para ellos toda la vida es canto y cantan como respiran.

Occidente se ha olvidado de respirar, y ha atrapado a su  música tras los barrotes de unos pentagramas que la conceptualizan, con una sofisticación sorprendente de símbolos y signos, que le impiden coserse al presente que acontece, una cárcel para el hombre que al sentir el hálito de estar vivo quisiese emprender el vuelo de un canto hacia el infinito. La improvisación ha existido en todos los pueblos, en la Edad Media, en el barroco, para luego desaparecer en ese nefasto siglo de las luces donde todos se racionalizó en demasía, y dónde cualquier músico que equivocase una nota quedaba bajo la vergüenza y el horror del error condenado.

¡Cuántos músicos se han perdido en los conservatorios!, en el cuarto curso mis nervios a equivocarme en la ejecución de una pieza eran demasiado insoportables y con 16 años dejé uno de mis grandes amores. Hasta que descubrí la improvisación y las notas se fueron olvidando en mi interior y surgieron las musas, que como aquellas primeras que vivían en las fuentes me susurraban: ahora este sonido, ahora este otro y cántale a la vida, al misterio, él sabe como nombrarse a sí mismo.

El abril del año pasado Marisa Pérez, la directora y fundadora del proyecto Música con Corazón, decidió traer a España un movimiento internacional de improvisación libre: Music For people una organización que promueve la expresión propia a través de la improvisación musical y las artes creativas. Tuve la alegría de ser invitada  al primer seminario que se realizó en la Hospedería del Silencio.

Fue una experiencia liberadora, llena de alegría, facilitada por una mujer cuya belleza había sido claramente esculpida por la música y cuyo corazón sabía crear la confianza que emerge del no juicio, para que ese tesoro insospechado de la improvisación pudiese manar sin cortapisas en cada uno de los participantes a este encuentro. Músicos de todos las edades, de todos los grados de aprendizaje, primerizos, profesionales, concertistas, compositores, pianistas, flautistas, dos niñas preciosas, inundaron el espacio de sus notas, altas y bajas, armónicas y disarmónicas, todas perfectas, acogidas cada una con entusiasmo, con asombro de niños ante un tesoro, el tesoro de la confianza en que dentro de cada uno de nosotros existe un genio, el genio de la creatividad, que expresa y permite compartir lo que somos.

Mary Knysh es una de sus líderes que cree que la música es un proceso natural apto para todos y para músicos de todos los niveles. Nos llevó de la mano del juego a algo tan serio como la presencia, nos enseñó a convertirnos en observadores compasivos de la timidez vencida, en amantes sorprendidos del tarareo sublime, del ritmo salvaje de tribu cosido al susurro de los medio tonos bajando y subiendo por las escalas de las notas. Nos hizo convertirnos en un tejido humano que de tanta improvisación en círculo, en duetos, en cuartetos, incluso en una apoteósica orquesta nos convertimos en una pequeña porción de humanidad compartida, navegando en las deslumbrantes olas de la música con corazón.

Los bloqueos de expresar quienes somos o esos cantos profundos que a veces son revelaciones dados por el espíritu en la soledad de nuestro silencio más intimo no encontraban la traba  habitual del juicio a errar en la nota, no se sentía ni una sola crítica de la pianista aventajada ante la flautista que abandonó las partituras a los 16. La sensación de ser libre y primigenio para expresar al alma era conducida por una serie de herramientas sencillas: como un ritmo base de tres notas que de repente describían arcoíris de colores como las de los indios yamanaes de la Tierra del Fuego que tienen cantos que son puramente sonidos sin ningún sentido, pero que pueden significar diferentes estados de ánimo, como sorpresa o gozo. Como ellos nosotros cantamos expresando el alma propia y colectiva, aprendiendo a oírla más allá del estrépito del mundo.

Las dinámicas se iban desenvolviendo con la maestría de unos cauces claros para vehicular la creatividad y una apertura al río revoltoso de la música que emergía para desaparecer de nuevo en el mar del silencio. También nos comportamos como los ashanti en África que deletrean sus cantos con toques de tambor, deletreábamos la canción de nuestra alma con los toques de tambores de todos los tamaños, que el taller proporcionaba, y nos decíamos los unos a los otros lo que hablaba el alma en el exacto momento presente en el que una señora venida de otra punta del mundo te miraba al corazón con tanta autenticidad que sus tam tanes hablaban de humanidad compartida.

La música como medicina, como una poderosa frecuencia que abre las puertas de la mente dormida, o la mente en pesadilla para que salgan a través de las notas, de los ritmos, nuestras cóleras, como los esquimales que apaciguaban los vientos con sus cantos. O los guaraníes que tienen cantos poderosos para dominar las enfermedades de la tribu.

La música improvisada como exploración de lo que nos conmueve, dónde nos detenemos o cuándo ese oscuro déspota muere y surgen, incluso, los cantos verdaderos que son ininteligibles aun para sus cantores y que algunos los rozaron mientras las montañas de Gredos iluminaban nuestra mirada.

La música como emoción estética que nos permite saborear esa felicidad sencilla del hombre que al respirar le canta a la vida con presencia. La belleza y el placer unidos al conocimiento de uno mismo, como lo físico a lo espiritual. La música como llama que inflama cualquier amor que pueda estar dormido en el corazón, ya sea terrenal y sensual, o divino y espiritual.

El carácter efímero de la improvisación que es como un mándala de viento, escrito colectivamente sacrificando la individualidad egocéntrica del solista para hacer una música compartida, con la  arena fluida de los sonidos, que desaparecerá en el mismo momento en que la ultima nota se disuelva en el silencio y quede como memoria viva de quién tuvo el privilegio de escucharla y producirla.

Única, irrepetible, como la vida de cada uno, imposible de asir salvo por eso misterioso órgano de percepción, el oído, asociado al miedo y a la premonición capaz de captar mundos desconocidos, susurros de musas, de dioses, de lo que espera ser revelado.

El arte de la improvisación como imitación de proceso operativo de la naturaleza, de la vida nuestra de cada día. Como dice Márisa Pérez: “La música es un lenguaje demasiado inmenso y poderoso para reducirlo a un conjunto de reglas sobre “notas correctas” y “notas falsas” y la vida es demasiado corta para invertirla solamente tocando lo que otros tuvieron el placer de crear. Para que la música ofrezca a los seres humanos el amplio espectro de su poder transformador, debemos descubrirla en las profundidades de nuestro ser y florecer con ella individual y colectivamente.”

Música con corazón vuelve a traer a España Music For people, en abril, del 1 al 3. Toda la información en Música con Corazón.

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