Cuando sentí la fuerza de realizar la revolución, hace ya 26 años, me tiré al monte, pues pensé, que para el tipo de revolución que yo quería -la que echase abajo las cárceles cognitivas en la que el mundo quería atraparme-, la mejor herramienta era el retiro en el claustro más fabuloso que conozco: la naturaleza. Allí murieron muchas consignas que el sistema educativo quiso y pudo inocularme a través de dos carreras universitarias y un previo de colegio-aparcamiento para niños cuyos padres han de trabajar de sol a sol para pagar las hipotecas.

Me asilvestré lo suficiente como para desapegarme de la profesionalidad que el sistema me exigía y me hice pastora de palabras en lo alto de una montaña y practiqué un periodismo responsable donde nadie me pudiese decir lo que había de escribir para sostener un sistema en evidente decadencia.

Y resolví que para sanar el mundo con las palabras había de sanarme primero, para que estas nacieran de un corazón enamorado del don de la Vida y pudiese apasionar a otros con el fuego de la lucidez, la que enciende el escenario en el que somos, nos movemos y existimos, como un milagro que acontece en cada instante y poder realizar, de tan enamorados, la única revolución que nos ha quedado pendiente y que se actualiza y realiza en todo aquel que reconoce, que lo único realmente necesario para que todo lo demás se dé por añadidura es la revelación de la conciencia.

Un Maestro, un médico, un esposo, un hijo, una madre despiertos a la realidad de lo que tenemos entre las manos, deslizándose en la arena del tiempo hasta el final de nuestras vidas es un sanador nato, una persona que sana y salva de la deriva, un centro inmóvil y un presente fecundo que irradia amor y verdad, honestidad y bondad, el ejemplo como sistema educativo.

Ayer en el primer M-Lab me encontré una nueva generación de revolucionarios, cuyo claustro estaba entre los cables que reúnen. Nunca pensé que la tan ambigua tecnología pudiese generar esa emoción de no tener fronteras, de que algo propio se expande en un tejido mayor. Y mientras los invitados de honor Saki Santorelli y Florence Meleo Meyer giraban con sus sillas giratorias, con una naturalidad conmovedora, de los que estábamos físicamente presentes en Madrid a los que estaban cibernéticamente presentes en distintas partes del mundo, me sorprendí significando la escena: varias generaciones de revolucionarios estaban reunidos en la Facultad de Medicina y en distintas partes del mundo, hablando de salud profunda, la que nace de la meditación, de la medida de lo que somos, y de cómo injertarla en los sistema educativos y sanitarios, mientras tejían en lo intangible un manto de comunidad con la que arropar un mundo, muerto de frío, de sentido existencial de la propia vida.

El director de la Clínica de Reducción de Estrés de Massachusetts, Saki Santorelli, semilla de un movimiento global por la aplicación de los principios milenarios del despertar contenidos en el mindfullness agitaba sus canas plateadas y sus manos ante las pantallas para saludar a los Hub (en castellano, grupos de personas que dialogaban sobre este tema desde recónditos lugares del mundo), mientras los presente a este otro lado del espejo nos acostumbrábamos a las carreras de Gustavo y Gonzalo quitando el mute y poniendo el Zoom.

De Argentina salían palabras profundas y ricas en matices, como el genio de esa nación nos tiene acostumbrados, “somos conscientes de que no somos conscientes” decían. Cataluña señalaba el aprendizaje cotidiano de enseñar en algo que en occidente nadie nos ha enseñado. El papel esencial de la familia. Los de Chile, Vancuber, aglutinados en red de redes, hablaban del valor preventivo del mindfullnes. Valencia, nos contaba de experiencias que ya estaban sucediendo y que ponían a respirar unidos a los que suelen estar bien separados.

Toda esa información en forma de conclusiones se iba expresando a esa velocidad que impone la ambigua tecnología y se cosía con las aportaciones de los presentes sobre un sistema que profesionaliza la educación, la ayuda, y la somete a un laberinto kafkiano de protocolos imposibles, de un rapto de nuestra naturaleza de sanadores natos, de educadores; de ser ejemplo de una salud autogestionada, como decía Florence Meleo-Meyer, con una presencia de espíritu que, en su elegancia, hablaba de toda una vida dedicada.

De Buddha no se habló, pues este movimiento parece que prefiere  -por muy fecundado que esté por la tradición oriental del despertar, de cuyas raíces eternas emergió esta rama aconfesional-,  de tirar de nuestro linaje ancestral, occidental, pues la atención plena, objeto de estudio de si es una herramienta idónea para sanar nuestros sistemas sanitarios y educativos, es, en el fondo, una habilidad universal; yace escondida en el corazón de cada hombre, como un patrimonio indeleble, suceptible de ser actualizado aquí y ahora. Como decía R. W. Emerson. “Esta sabiduría vive en el ahora, absorbiendo pasado y futuro en el instante. Todo lo que guarda relación con esta experiencia se convierte en sagrado.”

Y occidente ama investigar, con la paradoja de hacerlo con la misma ciencia que nos ha llevado a la cárcel cognitiva de separar la mente del cuerpo y a ambos del espíritu; y con ese fuego de Prometeo, que desafió a los dioses, intenta alumbrar, ahora, el Cielo unificador, de donde salen todas las ideas que han manifestado el mundo, de donde surgen los mitos, que como decía Saki, aunque nunca fueron, están siempre en cada uno de nosotros, como arquetipos eternos que nos explican, caligrafías del espíritu sobre las categorías de lo existente. Dos epistemologías generando puentes para sanar un mundo, para salvarlo de una debacle anunciada. Encontrando una medida de lo humano que genere la verdadera medicina.

Por una tarde, estos nuevos jóvenes revolucionarios, con sus tecnologías imposibles, capaces de reunir en una comunidad virtual y presencial el bien común que el individualismo feroz nos ha robado, hicieron que la Universidad volviera a ser un lugar para la pregunta, que como la herida del poema de Rumi, es la respuesta, pues por ella, la luz de la lucidez mana.

Gracias Nirakara, Gustavo, Mariam, Ana, Agustín, Patricia, Gonzalo, Catalina, Saki, Florence y cada uno de los que aún tienen fuerzas, en medio de un mundo que va contracorriente de lo Real, de nadar hacia donde nacen todos los ríos. Aguas primordiales y eternas, que educan, sanan y salvan.

Escucha y reposa tu cabeza
bajo el árbol
del sobrecogimiento.

Cuando, desde ese árbol,
te empiecen a brotar
plumas y alas
quédate más callado
que una paloma…

Ahí, en el aliento silencioso
es donde vive el alma.

Rûmî

Beatriz Calvo Villoria 

www.ecologiadelalma.es

PSD: “Este artículo forma parte de una reflexión colectiva del M-LAB que tuvo lugar el 22 de septiembre en la UCM con Saki Santorelli y Florence Meleo-Meyer con el tema “La educación como medicina”. A medida que se sumen artículos relacionadas a este encuentro iré actualizando los links.”

La educación como medicina. La sanidad en los educadores

 

 

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