Cada vez son más los estudios científicos que avalan lo que el sentido común viene diciendo desde hace años: que la contaminación química, presente en nuestros alimentos a causa de la agricultura industrializada; en nuestras casas y edificios a causa de la batería de elemento tóxicos con los que se construye en las sociedades modernas, es una de las causas principales de muchas de las enfermedades actuales.

Hemos generado tal cantidad de residuos tóxicos que no son biodegradables, que el “hermano aire”, la “hermana agua” y la “madre tierra” están profundamente contaminados. A esa contaminación hay que sumar la electromagnética (hemos tejido alrededor del planeta y de nuestras vidas una red de ondas altamente nocivas), la contaminación lumínica, la acústica, pero quizás la más peligrosa de todas es la contaminación mental que sufrimos desde hace decenios y que nos hace olvidar quienes somos y que nos avoca a una pasividad alienante sin aparente salida, que es además fomentada con astucia por los medios de comunicación de masas. Una alienación que nos impide ser fieles a nuestra más profunda naturaleza, una naturaleza capaz de despertar en medio de la más absoluta oscuridad, e iluminar el mundo con su mirada.

Hoy más que nunca, la respuesta a este panorama de crisis es una actitud proactiva que genere una profunda revolución desde dentro. Para ello disponemos de diversas herramientas nacidas en la cuna de tradiciones primordiales como la Taoista, que permiten realizar un profundo trabajo de purificación de esa contaminación que llevamos dentro, ya sea física, psíquica o espiritual.

El Qi Gong es una de esas herramientas; hunde sus raíces en el chamanismo más antiguo donde “hombres integrales” entendían el lenguaje profundo de la naturaleza y eran capaces de entablar comunicación con todos los reinos terrestres y  celestiales, convirtiéndose en verdaderos puentes entre el Cielo y la Tierra. Como dice Yves Requena “nació de esa sabiduría natural del hombre en estado de gracia, del instinto prístino en estado salvaje, de la condición pura y no contaminada del cuerpo y el espíritu.”

Al igual que el yoga hindú el Qi Gong ha desembarcado en nuestras costas para quedarse, y como sigue diciendo Yves es “algo más que una disciplina energética para la salud y la longevidad: es un arte, una joya, un tesoro de la cultura china”. Este médico francés y acupuntor de renombre, es fundador del Instituto Internacional de Qi Gong, una escuela que está luchando por convertir esta disciplina en una profesión, y que lleva más de 20 años formando un “ejercito” de profesionales de la salud, cuya arma es “la sonrisa interior” (el reconocimiento sereno de que estamos sentados encima de un inmenso tesoro) y que ofrece como estrategia de transformación, un sutil arte energético que es pura poesía en movimiento.

Una disciplina que sirve para todos (niños, mujeres, hombres, maduros, ancianos) para fortalecerse desde dentro frente a las agresiones externas como la contaminación, o internas como el estrés, la velocidad, la presión. Un sistema de salud para una sociedad que necesita urgentemente aumentar sus defensas, practicar una medicina preventiva, desatascar los ríos de energía que recorren al ser humano para que todos sus poros puedan respirar la inteligencia de la naturaleza en la que somos, nos movemos y existimos.

Y sentir, lo que muchos alumnos describen como como euforia celular, una sensación interna de cuerpo recién lavado, puro, que es la mejor fortaleza para lo que tenga que traernos estos tiempos de profundos cambios. “Qi Gong lava, limpia, depura la energía individual. Es como darse una ducha interior, una ducha de luz. Tendremos entonces la impresión de hallarnos interiormente limpios, menos plúmbeos o pesados, más armoniosos, más trasparentes…(…) Pero hay más, y es que la misma sensación de limpieza se reproduce sutilmente a nivel de corazón y cerebro, es decir en el plano de las emociones, de la atención y de la conciencia.” La gimnasia de la eterna juventud. Y Réquéna.

El Qi gong siembra en el corazón del hombre una metáfora poderosa y transformadora, nos convierte en puente entre el Cielo y la Tierra, ejes por donde el espíritu nombra toda la creación, árboles humanos arraigados en lo profundo de la tierra, alimentados por la savia sabia de las energías terrestres que asciende por nuestros troncos estimulando cada uno de los órganos y expulsando toda la energía contaminada. Árboles que extienden sus ramas hacia las energías celestes en las que se puede escuchar el lenguaje de los pájaros, el lenguaje del espíritu.

Gracias a esta ciencia milenaria, tradicional y precisa se pueden alquimizar estas fuerzas cósmicas que vertebran al hombre y aumentar su reserva energética, esa energía primaria y vital con la que nacemos, que los chinos llaman ying,  para ir refinándola en el crisol del cuerpo gracias a la sintonización de movimientos lentos con la respiración y la concentración y convertirla en Chi, una energía más sutil, capaz de despertar los arroyos energéticos del cuerpo, una energía dinámica y poderosa que tonifica nuestros órganos, y los purifica al ritmo sabio de una respiración cada vez más lenta, sobre la que cabalga esta energía sanadora, que todavía puede refinarse más, hasta convertirse en Shen, espíritu, una energía neutra que integra en la unidad la danza eterna del Ying y el Yang, y que es hermana de la concentración y por lo tanto de la Conciencia con mayúscula.

Tres tesoros, Ying, Chi y Shen que los alquimistas chinos descubrieron y que plasmaron en series de formas con nombres tan sugerentes como “Los seis sonidos terapéuticos”, o “las 18 palmas de Buda”, o “Ma Wang Dui”, Yi Ying Jing formas tradicionales, que escuelas como ésta, buscan en las montañas recónditas de Wu dang, en china, entrevistándose con los últimos maestros taoístas, eslabones  de linajes milenarios, para que les trasmitan su enseñanzas y poder ponerlas a disposición de sus alumnos.

Aprender este arte exige la vocación de querer sanarnos para sanar el mundo. Pues el mundo es un reflejo de nuestro mundo interior; si está pacificado, iremos como decía el buda, sembrando tras nuestras huellas, primaveras. No podemos olvidar que la crisis medioambiental es la crisis espiritual del hombre moderno, es el último capítulo de una manera profana de ser en el mundo y que con herramientas como esta “la sensibilidad se vuelve hacia el interior, al tiempo que conectamos con lo exterior, con la naturaleza y, en una práctica más habitual y prolongada, con todos los seres y con la energía misma del universo.” Y. Requéna.

Beatriz Calvo Villoria.

Profesora de Qi Gong por el IIQG

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