En los programas de mindfulness la atención plena se puede entrenar o practicar de dos formas diferentes. La práctica formal en la que se permanece en una postura generalmente sentada, y preferiblemente en postura de meditación -para quien pueda-, lo que permite desarrollar unas metafóricas raíces de árbol firmemente arraigadas en la tierra, para poder echar las ramas de la atención al aire del cambiante presente, donde sensaciones, pensamientos y emociones vendrán a representar para nuestra atención consciente una infinita variedad de escenas, en las que podemos decidir o bien actuar, que suele ser lo habitual, o simplemente contemplar como surgen, crecen y mueren antes nuestros concentrados ojos interiores, mientras mantenemos el foco de nuestra atención principal en la respiración.

La práctica Informal en cambio saca las raíces del laboratorio del cojín de meditación y las extiende como hiedra en toda actividad cotidiana, caminar, comer, cocinar, ducharse, hablar con un amigo se convierte en una oportunidad única de adiestrar ese músculo de la atención, que está flojo por la multitarea y la terrible dispersión que aqueja a la mente ordinaria y que nos impide atender a la vida cuando se presenta ante la puerta abierta de nuestro presente continuo.

La atención Plena cultivada nos permite cada vez más entrega a lo que acontece, cosechando cada vez más maravilla en los ojos.

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La atención plena así cultivada en la práctica formal e informal, con perseverancia, puede con el tiempo permitirnos comprobar esa sabiduría de la tradición espiritual de que la consciencia es más importante que la experiencia, lo que puede transformar la vida radicalmente.

De tanto atender con consciencia, cada vez con más profundidad, una y otra vez, uno puede llegar a saborear que la lucidez “ordinaria” que nos permite ver los objetos, escuchar los sonidos, sentir los sabores es realmente extraordinaria, es lo realmente real.

De todo lo que está ocurriendo es lo verdaderamente esencial, pues los elementos de la escena que se despliegan en un determinado instante: un pájaro en el árbol, la madre demandando ayuda al otro lado del teléfono, el atardecer enrojecido van mutando y transformándose de continuo en una nueva escena: el esposo que se acerca a preguntar quien ha llamado, el anochecer robando al día todas sus luces.

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Son experiencias que se suceden, agradables unas, desagradables otras, neutras las siguientes, según se las etiquete; son objetos de la experiencia efímeros y evanescentes, donde uno no puede anclarse buscando seguridad o refugio, nido en el que morar. La parte fundamental de la experiencia es la lucidez que permite ser consciente de cualquier experiencia, sea lavar el coche o asistir a un concierto sublime.

Y si uno enfoca en esa lucidez mientras observa desapegado lo que ocurre se abre la puerta a ese misterio, en el sentido de “la esencia de la verdad que no puede ser articulada por el lenguaje –vehículo del pensamiento discursivo-, pero que puede aparecer como un destello súbito e iluminador.” Fritjof Schuon.

Misterio que la enseñanza nombra así:

Es tan simple que no te lo puedes creer, está tan cerca que no lo puedes ver, es tan bueno que no lo puedes aceptar y es tan profundo que no lo puedes aprehender.

Extracto del Capítulo I del libro Mindfulness para navegantes.

Beatriz Calvo Villoria

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