Deja tus pies desgastados por el camino,

abre tus alas y comienza a volar,

en ese espacio donde tu vuelo,

es un bello canto de Libertad.

 

La vida es un camino incesante, sin retorno y sin meta. Y no hay retorno ni hay meta porque en realidad no hay camino, ni hacia atrás ni hacia adelante. Pensamos que estamos situados en un lugar y que nos movemos hacia otro. Y entre esos dos puntos del aquí y del allí, del antes y del después, extendemos una línea para recorrerla y es a lo que llamamos nuestro camino, nuestra vida. Es incierto lo que en él nos vamos encontrando pero más incierto aún es su final. Esa meta soñada nos atemoriza o nos atrae con una promesa de felicidad, creando dos estados emocionales que se convierten así en nuestros inseparables compañeros de viaje: el temor y el deseo. ¡Qué miedo tan inevitable siente el que camina hacia algo que le puede destruir en cualquier momento o que le puede quitar lo que tanto quiere! ¡Qué ansia corroe al que impaciente espera por fin encontrarse con lo que le colmará!

Y mientras se atiende al camino, no se cesa de andar y en cada paso que se da lo único que se hace es alejarse desgraciada e inconscientemente de nuestra verdadera morada, llena siempre de paz, felicidad y plenitud, donde nada se teme ni nada se puede desear, situada en un eterno instante sin movimiento. Ningún camino de ella sale ni por ningún camino a ella se llega. Pero por inadvertencia nos obligamos a nosotros mismos a abandonarla para seguir una senda imaginada.

Volcada nuestra atención en el camino y en los cambios que inevitablemente llegan, nuevos paisajes, nuevos lugares, aquí se encuentra algo, allí se pierde, olvidamos al caminante que queda abandonado, expuesto e indefenso a sus avatares. Así lo experimentamos en los momentos cruciales de la vida cuando nos olvidamos de nosotros mismos implicándonos en los acontecimientos que la llenan, un nuevo lugar donde vivir, un nuevo trabajo, una nueva relación, una gran adquisición o una gran pérdida. Esto nos hace creer que algo importante va a cambiar para bien o para mal. Así pensamos que ahora por fin seremos felices o muy al contrario que nuestra felicidad se alejará irremediablemente de nuestro lado. Pero después descubrimos asombrados que aquello que tanto deseábamos no nos ofrece la paz y felicidad duradera y aquello que tanto temíamos sólo nos trae un sufrimiento pasajero y muchas veces enriquecedor.

Tanto el que teme como el que desea camina y camina y no se detiene nunca a mirar la naturaleza de su camino, ni respira el aire fresco que lo envuelve, ni escucha el

sonido que en cada instante se expresa, uno porque tiene los ojos cerrados por miedo a ver algo y otro porque mira hacia un lugar inexistente, desplazado por siempre en el futuro.

Inesperadamente, como brisa del silencio, llega un momento de vacío en el que la naturaleza del camino se desdibuja, se ve su falsedad y espontáneamente y sin aviso aparece en primer plano el caminante olvidado. Así nuestra mirada comienza a dirigirse hacia un lugar más verdadero y nuestro caminar gira de regreso a casa. Nos damos cuenta de que no hay camino sino sólo caminante, que con sus pasos inciertos lo va creando él mismo en cada instante. Comprendemos ahora claramente que no es el camino el que cambia al caminante sino el caminante el que hace su camino.

Pero no olvidemos que mientras haya caminante habrá camino y mientras haya camino habrá temor y deseo. Si por inadvertencia abandonamos nuestra casa, sólo con atención regresaremos a ella. Por eso, sin distraernos con los objetos que en el camino siempre cambiante aparezcan, debemos ahora investigar con total ahínco, en silencio y soledad, ya sólo la naturaleza del que camina, no para hacer más bello su camino, sino para por fin detenerlo y ser la verdad. Y así en un momento de quietud, el caminante se desdibuja, también se ve su falsedad, y espontáneamente y sin aviso con él desaparece el camino y el caminar.

En la morada del silencio llega el despertar, la clara luz que ilumina un espacio sin principio ni final.

 

Marisa Pérez

 

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