Hace tiempo que una sonrisa inmensa decora la puerta de la tienda de Biofresco de Ecocentro, en Madrid. Su nombre nativo, Osaro, pero a él le gusta usar  el nombre inglés de Austin, para ocultar quizá, ingenuamente, la posibilidad que se le juzgue por el bello color de su piel, negra como el azabache y que se le considere, por tanto, inferior, por el desconocimiento que occidente tiene de su raza hermosa y musical.

Quizá con el nombre inglés él reviste también su sueño de dejar de pertenecer a un continente entero marginado de la toma de decisiones políticas, sociales,  económicas y ecológicas que ha usurpado una tiranía globalizada, donde el dólar o la libra campean a sus anchas derrocando estructuras de vida ancestrales. O dejar de ser también un marginado en una sociedad que no sabe donde meter a los emigrantes, esos que llegan a nuestras costas a buscar una vida mejor, que la que les hemos permitido realizar al colonizar todas sus estructuras y encumbrar en sus gobiernos a verdaderos tiranos, dejándoles por generaciones la semilla de la corrupción instalada en la cúpula de su jerarquía invertida.

Quizá cree que se puede esconder la belleza de su sangre, que es tan denostada, tras ese nombre que cubre la profundidad selvática de Osoro y que ese subterfugio lingüístico nos va a hacer olvidar que es negro como el carbón y que esa sonoridad anglosajona, que domina el mundo, nos va hacer tratarle con más respeto. Pero él no necesita nombres ingleses para ganarse nuestro respeto, tiene enamorados a medio centenar de clientes de Ecocentro, y a muchos de sus trabajadores.

Su sempiterna sonrisa, hace de él el mejor relaciones publicas que haya tenido Ecocentro en su vida, y que me perdonen mis queridas compañeras, que hacen ese trabajo ejemplar desde los inicios, pero es que Osoro lo hace porque ama a la gente, porque es un ser tribal, social y a todos nos pregunta cómo estamos, mientras las lluvias le empapan el pobre chubasquero que en Caritas le dieron para soportar el invierno.

Osaro  se acuerda del nombre de tu hermana y de cualquier miembro de la familia de la que le has hablado en una conversación fugaz, cuando su sonrisa iluminada te hace realizar una parada en esa agenda de locos en la que la sociedad moderna nos tiene confinados, en la que parece un sacrilegio tomarse un tiempo para parar y conversar de forma espontánea sobre política, negocios, familia, cultura.

Él viene de una cultura tan distinta que es un viaje oírle hablar de su padre que tiene unas 4 esposas, cada una con su casa, donde la red familiar es fuerte y llena de significados, pero él dice que nació con una estrella que le impulsó a salir de sus raíces familiares y exiliarse del olor a tierra salvaje para conocer el mundo. Ha vivido en varios países y dice haber trabajado mucho y bien hasta llegar a  España donde se ocupó en temas de contabilidad, pues ama los números y los negocios, hasta que la crisis acabó con su puesto de trabajo.

Osaro tiene la elegancia y dignidad del africano de azabache,  y aunque pasa las tardes a las puertas de Ecocentro no pide, él está allí saludando, conversando y nosotros le damos lo que podemos, porque sabemos que lo necesita. Algunos comida ecológica que compran en la tienda para él, otros dinero y algunos hemos querido financiarle su sueño de montar una empresa de productos ecológicos africanos en su país, Nigeria, para exportar esos productos a la comunidad africana que vive en Madrid y que añora sus sabores, los frutos de su tierra.

También está intentando montar una empresa de estudios empresariales on-line, con la ayuda de muchos de los que creemos en él, pues es lo único que le queda, el gran tesoro de la esperanza, que tras el esfuerzo viene el fruto y así ha ido consiguiendo ordenadores de segunda mano que ha mandado a Nigeria para montar una pequeña escuela de negocios, que aún no ha arrancado, pero el siempre confía.

Ahora acaba de alquilar una oficina en Nigeria, el último trámite que le pide  su país para poder empezar su negocio, y te cuenta de su ilusión de medrar en un mundo que parece insistir en arrinconarle en un karma de exclusión y de dolor, aunque para compensar le surgen en su vida, personajes como un diplomático misterioso, del que siempre me habla, que son mecenas de su proverbial resiliencia.

Una capacidad innata y, quizás, cultivada en esa tardes de calle esperando la limosna de lo que nos sobra que le permite superar la adversidad, como cuando este verano un accidente de coche le mantuvo en un hospital con el brazo totalmente quemado durante meses, sin nadie que le fuese a ver, pues le pilló en Galicia y sólo rezaba por poder volver a Madrid y volver a la puerta a seguir sonriéndonos y mostrarnos las quemaduras que le habían vuelto la piel blanca, esa piel a la que le gustaría pertenecer, como un miembro de esa cultura omnipotente que cree le liberará de su destino de exiliado en tierra de nadie y volver algún día con el triunfo de los blancos, el dinero abundante, con ese éxito de barro que los emigrados sueñan con obtener como solución a las infinitas tribulaciones de la pobreza.

El es un emprendedor nato y tiene madera de líder, capaz de convertir la mendicidad, en medio de una circunstancia que nos tendría a cualquiera de nosotros en la angustia, en un proyecto vital y cotidiano de tejer redes entre desconocidos, labor social de cohesión anónima, si yo fuera el empresario que hay detrás de Ecocentro le contrataría, o le pagaría sus servicios con comida gratis, para que su sonrisa estuviese siempre recibiéndonos.

Gracias Osaro por tu ejemplo, gracias clientes, gentes de Ecocentro por ser nido para un pájaro de alas tan hermosas, que sueña con trascender el destino que occidente ha escrito en las pieles negras de miles de azabaches.

Beatriz Calvo Villoria

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