Peregrinar al centro, el trabajo con las emociones y más allá.

Hoy me levanté sintiendo el camino del héroe avivándose ante todas las informaciones que van ordenándose como un puzzle, que me sobrepasa, pero ante lo abrumador que es el estado del mundo sigo insistiendo que mientras estemos confinados por esta situación, en la que hay demasiadas incógnitas, en el sentido que no sabemos porque un virus de la gripe se comporta de una forma tan selectiva, poliédrica, la única manera de salir del laberinto de nuestras aflicciones es por arriba, calmando la mente y accediendo a partes más profundas del ser que somos.

A medida que pasen los días van a ir apareciendo todo tipo de experiencias emocionales, de narrativas interiores, van a  ir exigiendo su lugar en esta casa de huéspedes, que es el alma, como diría Rumi, y a las que tendremos que recibir y abrir su mensaje, para discernir lo que es real de lo que es ilusorio, (un pensamiento de “me voy a morir”, puede ser un alarmismo heredado en la infancia, una ilusión y no una realidad) y aunque, en última instancia lo ilusorio es todo lo que es contingente, lo que muta, lo que cambia, como una emoción de miedo o tristeza,  paradójicamente esa contingencia ya sea interna, en forma de contenido mental, o externa en forma de objeto es expresión manifestada de lo inmanifestado, de lo que no muere, de lo no nacido, del Absoluto, como si esas expresiones relativamente objetivas, fueran olas que nacen de un océano, al que regresan, y ese océano fuera la lucidez, la conciencia, el Sujeto que todo lo ve, que todo lo sabe, que todo lo es y adopta infinitas formas desde su vacío genésico.

Desde ese punto de vista metafísico, nada de lo que nace muere,  porque la substancia misma de todo lo creado es eterna y la ola que expresa su particular espuma en la orilla de la existencia, regresa con la corriente a su origen, eso sí con un viaje en el tiempo y el espacio, con una biografía que no es propia y única.

Así que dicho este prelogómeno, y como la mayoría no estamos iluminados para acceder a estos espacios de sabiduría no dual, donde ola y océano son indistintos, donde vacío y forma, son los dos lados de una misma moneda y ya que estamos habitando la forma, nuestra particular biografía tendremos, en estos días de prueba que tener una gran apertura y coraje para recibir las emociones que lleguen a nuestra casa, y evitar una total identificación con ellas, para poder observarlas, operarlas de su dolor y nos tocará reconocerlas, no evitarlas, ser capaces de tomar cuenta de su presencia en nosotros, de la experiencia que provocan, de su textura somática.

Al hacerlo, al aceptarlas generaremos un espacio, el que se produce cuando somos conscientes de que estamos asustados o tristes, o desesperados. Y podemos respirarlas, acunarlas como decía Tich Nat Hanh, inspiramos y aceptamos que estamos asustados y expiramos y nos acompañamos con ternura. Hay muchos modos para realizar esta primera apertura a la experiencia real que todos llevamos en el cuerpo por este confinamiento.

Después, podemos, además de darnos cuenta de que está y acogerla, implementar ese modo de amor que se activa cuando hay sufrimiento, tendremos la inmensa compasión de aceptar que esa emoción está en nosotros, lo cual tiene dos pasos. Uno empático de reconocimiento de todos los matices que implica esa experiencia de nuestra aflicción y que se puede abrir a una comprensión si  vamos un poco más allá de la mano de la sabiduría, que nos señala algo que podremos vislumbrar si dirigimos nuestro corazón a esa enseñanza que nos dice que eso que siento lo están sintiendo millones de personas en todas partes del mundo y eso nos permitirá empatizar con una humanidad sufriente que siente igual que nosotros las consecuencias de una coyuntura mundial que produce una gran incertidumbre.

El segundo paso nos permite no quedarnos ahí, padeciendo con el prójimo y hacer insoportable el sentir tanto dolor, es el paso activo de la compasión, desear con todo el ser que podamos aportar a los demás algo para aliviar su miedo, su dolor. Buscaremos en el corazón ese modo de amor, intentaremos encender un fuego, la piel incluso se activará como si quisiera expresar el amor de maternaje que todo cuerpo tiene, de proteger, de ayudar al que sufre, en el que estamos incluidos nosotros mismo. De esta manera se produce una paradoja milagrosa en nuestro interior, que es la paradoja de este plano de existencia, y es que podemos simultanear el dolor, la pasión, con el amor. Acompañamos el dolor con amor, lo redimimos al caminar juntos de la mano. El amor de madre de la conciencia no niega la experiencia, y la acompaña con su luz y con su amor.

Así que como madre llena de amor y misericordia observamos y recibimos las narrativas que vehiculan las emociones básicas y que se pueden activar de forma infinita y cada uno tiene las propias, según su sistema cognitivo, su capital cultural, social etc, y en estos días las estamos reforzando continuamente al estar todos enredados en el aspecto nocivo de las redes, que repiten y repiten y repiten consignas que despiertan nuestros automatismos caracteriológicos. Además de hacer cierta cuarentena de la información, podemos hacer estos pasos de recibir a cada emoción de la forma más pura que podamos, sintiéndola, aceptándola, no evitándola, no camuflándola y luego acompañarla con amor de madre que quiere liberar a su hijo del dolor.

Estos dos primeros pasos ya son muy valiosos. Luego se puede ir un poco más allá. Y para ello hay una diversidad de prácticas que conforman las Vías de realización espiritual y que abordan la desidentificación con esas emociones de variadas maneras, para alcanzar, en última instancia, la identificación con el sujeto que observa. Se trata de trasladar la atención en la ola al océano de la que emerge. Silenciar el mensaje ya recibido e intentar profundizar en el que sabe de la emoción, en el que sabe en nosotros que está presente en nuestro cuerpo, que se transforma y muta, el que observa todo ese continuum de cambios e impermanencias desde un lugar neutral, sabio, ecuánime.

Si hay suficiente estabilidad, concentración de la atención, puede surgir la ecuanimidad que permite no elegir, no preferir, ni rechazar ninguna de las olas agitadas como si le estuviesen pasando a uno, sino como simplemente eso, olas del destino que se suceden a partir de causas que van más allá de nuestra pequeña individualidad y que se reflejan en colores emocionales que no nos distraen de la luz que permite verlos, la lucidez, que siempre repite nuestro querido Juan Manzanera, que ha inspirado parte de este escrito.

Y esa santa apateia, esa ecuanimidad permite estabilizarse en un lugar de mayor quietud, más central, menos sujetos a la velocidad de la periferia que rueda y rueda, hasta que si Dios quiere, el silencio de las quietud interior, puede dejar paso a estados de sucesiva profundidad, de la paz que acoge a ese objeto que parecía separado de su perceptor fundiéndolos en un solo Sujeto que es forma y vacío al mismo tiempo. Indiferenciado y que manifiesta el mundo entero en un juego de luces y sombras que nos asombra.

Así se practica la Vía, día a día, es un camino de mil pasos que empieza con un primer paso, que en estos días podemos empezar a practicar: no huir de lo que acontece, no evadirlo y ahora que estamos confinados y tememos y no podemos escapar salvo por las redes que nos ofrecen un simulacro de realidad virtual, quizá es una oportunidad de oro para ordenar nuestro tiempo alrededor de lo únicamente realmente necesario. Convirtamos esta reclusión en una seclusión, en una jalwa que dirían los sufíes, un retiro, y practiquemos meditación, oración, indagación, el camino en el que uno esté para practicar cada día con más fervor, con recto esfuerzo, la concentración en lo real. Poco a poco, para que se vayan soltando los condicionamientos que todos llevamos para abrazar la libertad y habitar en el tesoro escondido que somos.

Y como en el camino todo no es método cultivemos en paralelo las virtudes que en estos días van a ser nuestra espada para vencer la pereza, las inercias a estar todo el día conectados a la mátrix, para acompañar el miedo, con amor, la incertidumbre con confianza, la irritabilidad con la paciencia. Podemos cultivar la vigilancia cuando se esté despertando la aflicción, la insatisfacción, el contento con lo mucho que tenemos como primer mundo, imaginaos esto en alguien que vive en la calle, o cuando llegue a los países más pobres, y el contento por lo más sencillo y a la vez primordial, la luz, los sonidos, el poder tocar, tocarnos y acariciarnos, el gusto, tenemos tanto que pasa inadvertido ante el juego de estímulos sociales, que lo pequeño puede volverse de nuevo semilla del asombro, esas motas de polvo que vuelan en el éter y hablan de planetas y universos interiores desconocidos. El color de la voz de nuestros hijos preguntándonos de que va todo esto y poder asomarlos al infinito desde el amor que estamos encendiendo.

Caminemos todos juntos en estos días para conocer ese Sujeto que todo lo ve, que quizá mi mirada no le alcanza, todavía, pero Él alcanza esa mirada que le busca en la noche, y cada paso de práctica sincera buscandoLe nos aproxima a un encuentro que es el único que sana y salva de toda condición.

Y si de muerte va este virus, y si de miedo va esta historia, miremos la realidad de frente, para que no nos domine ni dentro, ni nos dominen fuera. La muerte nos espera a todos, no le sabemos la hora, pero mientras llega aprovechemos esta reclusión con lecturas que nos edifiquen, que nos recuerden la sabiduría, con prácticas, con virtudes. Yo cada viernes ofreceré las pocas en las que soy un poco diestra para apoyar a mis alumnos de meditación, si quieres sumarte, escríbeme y te cuento como hacerlo. (beatriz@ecologiadelalma.es)

Y también podemos diseñar un nuevo futuro. En la siguiente entrada os contaré mis sueños, de volver a la tierra, a recuperar la dimensión sagrada y teofánica de la primera Revelación.

Os abrazo hermanos, querida familia.

Beatriz Calvo Villoria

Directora EcocentroTV

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