Plásticos, la oscura energía del petróleo

350 millones de toneladas de plástico se producen compulsívamente por una humanidad deshumanizada, pues se ha desconectado tanto de la naturaleza viviendo en entornos artificiales, que su mente se ha opacado hasta tal extremo, que impide que el sol del discernimiento entre en su interior iluminando las sombras que esta sociedad de consumo le ha inoculado en vena.

Más del seis por ciento del petróleo, energía oscura que nunca se debió de sacar de las entrañas de la tierra, pues precipitó la perdición del oro de la Vida se dedica a la fabricación de plástico, presente en todas las esferas de nuestra vida: envases, botellas, bolsas, ropa sintética, muebles, cañerías, ordenadores, tecnología cubriendo una compulsión por el usar y el tirar que satisfaga ilusoriamente, un agujero que no se llena con el tener sino con el ser.

Los macroplásticos y los microplásticos inundan literalmente el agua de los océanos y el agua de nuestra sangre.

Islas de dimensiones obscenas compiten con las islas que en nuestro cuerpo se encuentran debido a las microesferas que se utilizan, por ejemplo, en productos de higiene y limpieza como pastas de dientes o exfoliantes, cosméticos, para maquillar la vejez que nos aterra, detergentes para limpiar frenéticamente la impureza que nos recorre internamente, en una asepsia patológica que nos está matando literalmente.

Pues esos fragmentos inferiores a 5 mm, cada bote de 100ml puede contener entre 130.000 y 2,8 millones de estas diminutas bolas de plástico que llegan al mar a través del desagüe, porque su tamaño tan reducido hace que no queden atrapadas por los filtros de las depuradoras.

De ahí, a los estómagos de nuestros hermanos los animales marinos y por transferencia a lo largo de la cadena alimentaria llegan hasta nuestros platos.

Del cuerpo de la Tierra, a través de sus criaturas, a nuestras vidas, a nuestro sistema corporal, los ríos vitales de nuestra sangre llevando el artificio a riñones, hígados, pulmones, recibiendo un material que no se degrada, bioincompatible, llegando a nuestra leche materna, a nuestro semen, al núcleo mismo de la vida que se inicia, abortándola desde el inicio con una caterva de nuevas enfermedades que arruinan la existencia, autismos, canceres, TDHA, hiperactividad, y cuántas más, que aún desconocemos producirá estar comiendo plástico, respirándolo, vistiéndolo.

El señor oscuro de la tierra, el petróleo que industrializó el planeta se venga de haber sido violentado con extracciones maquinales de lo que son los huesos de nuestros ancestros, con una marea negra anegándolo todo a su paso.

Todos los ecosistemas se afixian por la codicia que despierta su poder mundano, un poder de usar y tirar, un poder de rueda de hámster, más y más hacia la nada existencial.

Si la ley del Karma de la tradición hindú es exacta, toda causa alejada del bien hacer es consecuencia de un efecto nocivo que destruye, sólo una conversión de la mirada hacia el aspecto más sagrado de la vida nos puede salvar de esta debacle, que amenaza con plastificarlo todo, asfixiarlo todo.

Volver a una economía de cercanía, con productos biodegradables, a una economía con alma sólo es posible desde la sencillez de espíritu que no necesita nada más que ser lo que ya es.

Es la disposición interior a crecer en la única dimensión posible, hacia arriba y renunciar a un crecimiento enfermizo en el finito plano de los horizontes.

Sin esa conversión, todo intento ecologista será en vano, aunque palíe alguno de los síntomas, seguiremos usando el móvil y cambiándolo por el último modelo para mandar nuestras proclamas verdes, pero nada habrá cambiado en el plano de la Verdad, de la realidad que está en juego.

Nadie querrá volver a meter las manos en la tierra y con pasión y esfuerzo volver a cultivarla, a cuidarla como Dios manda.

Beatriz Calvo Villoria

Directora EcocentroTV

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