Muere ahora, en este instante,

y  renace en la eternidad…

 

 Nuestra identificación con las formas

Creemos haber nacido como cuerpo, como una entidad con un nombre, unas características físicas y psíquicas, unas propensiones, unos gustos, archivamos en la memoria experiencias y más experiencias, que hemos interpretado para componer nuestra historia personal, algo que podemos narrar con la certeza y la familiaridad de haber sido los únicos protagonistas de ese pequeño mundo al que llamamos nuestra realidad. Y aunque aún no hemos experimentado la muerte, sabemos que es el único acontecimiento de nuestra vida que con toda seguridad llegará. Esta convicción dota a nuestra existencia de una amenaza que consume nuestra vitalidad en alimentar nuestra angustia y nuestro miedo. Ni siquiera tenemos necesidad de construir en nuestra imaginación, la aniquilación que la muerte supone en un futuro, sino que en nuestro vivir cotidiano vamos experimentando la fugacidad de todas las cosas y poco a poco nos va tocando desprendernos de todo aquello sobre lo que nos intentamos reafirmar. Incluso ese cuerpo que, con su realidad material, nos permite apoyar nuestra identidad, nos muestra con sus constantes cambios, que participa permanentemente de la esencia de la vida y de la muerte, crece, se regenera, pero también decae, se deteriora, y nos muestra una imagen diferente cada día, que acaba por confundirnos ante nuestra necesidad de saber quién somos. ¿Somos ese cuerpo tan inestable, esa historia tan fantasmagórica, dónde apoyarnos si todo se deshace entre nuestras manos?

Y lo que realmente nos ofrece este cuerpo, esta vida encarnada, se nos escapa por la confusión en la que hemos caído, al identificarnos con la materia, perdiendo la experiencia transformadora de nuestra realidad espiritual. Esta realidad espiritual no la podemos extraer de nuestra experiencia sensorial, sino que la proyectamos desde nuestra interioridad cuando la mente se vuelve transparente a la verdad que late en lo profundo de nuestro ser. Esa verdad, que comienza a manifestarse como un intenso anhelo, desconfía de lo ilusorio, de lo creado por la mente y acepta, por la gracia del amor hacia lo verdadero, permanecer en la incertidumbre, en la desconocida e incognoscible realidad del silencio.

Cuando muere nuestra identificación con las efímeras formas físicas y  mentales, renacemos en el silencio como silencio mismo, sin nacimiento, sin muerte, sin resistencias a la vida que va y viene, como cuerpo, sin cuerpo, aceptando la naturaleza cambiante de las cosas, una vez establecidos en la conciencia eterna y sin forma.

 

En la mente está el obstáculo, no la meta

Para ello necesitamos aquietar la mente, inundarnos del silencio externo para avivar el interno, parar nuestros hábitos, tomar distancia con nuestros pensamientos mecánicos y la vida que de allí se desprende, para así desvelar nuestra inquietud y mostrarnos desnudos ante ella. Frente a esa resolución intensa, la mente se va dando cuenta de que aquello que tenía archivado y que le parecía inamovible, ya no le sirve, sino que le entorpece y comienza a desprenderse de ello, comienza a madurar, como una fruta que hubiese comenzado el proceso imparable de su culminación.

Este darse cuenta que nos va revelando los condicionamientos de la mente superficial, no es de la mente, sino que es cómo la mente experimenta la apertura a la espaciosidad sin límites del silencio. En esta chispa de conciencia, no hay nada a lo que aferrarse, ninguna formulación mental es en sí misma verdadera, sino tan sólo momentáneamente válida cuando surge fruto de la visión directa y ayuda a la mente a silenciarse, dejándola suspendida en una percepción aún más profunda. Finalmente es esa apertura del darse cuenta la que va transformando todos los niveles de la manifestación, algo que la mente ni puede captar, ni guardar en frases, recetas, trucos para utilizar en el futuro, ni manipular, ni utilizar, ni siquiera expresar. Sólo le inunda una intuición que la enmudece aún más. Trabajamos en la mente no porque la mente tenga que conseguir nada, una filosofía mejor, una imagen más verdadera, un estado más elevado, sino porque con su actividad genera un mundo de ensueño que nos aparta del lugar donde en realidad estamos.

Observa cómo se construye en tu mente esa historia que te aparta de la percepción plena e íntegra de lo que eres. La observación te despegará de la sombra que genera esa ancestral ignorancia, que te ha atado a una forma efímera donde se asienta el miedo y la ansiedad. Esa observación es en sí misma puro silencio, aquello que con amor sustenta tu luz y tu ignorancia, aquello de donde brota la imagen confusa de un mundo de sueño. Descubre a tu mente revistiendo esa observación, que es pura lucidez sin nombre, de un personaje mental al que llama mi yo, el observador que se ha separado de aquello que observa, por miedo a no ser nada, como un encogimiento que pasa desapercibido y que encierra el misterio del sufrimiento.

Nuestra última renuncia deberá ser la renuncia total a nuestra necesidad de apoyarnos en algo, sea un objeto material o mental, en nuestro propio cuerpo, en otra persona, en una teoría, en una receta, en una práctica, ni siquiera en nuestra firme decisión de alcanzar lo verdadero. La vida espiritual y material se funden de esta manera en la plenitud de la vida verdadera, en la cual, totalmente abiertos, disponibles, vulnerables, impregnados de un sentir profundo que nos permite ser quien en verdad somos, sin posponer nada, somos bendecidos por la eterna presencia del silencio, inmersos en un descubrimiento incesante de la verdad.

 

Marisa Pérez

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