Vengo observando que en los ambientes neo-budistas y en los “neo”, en general, se “minusvalora” la palabra resignación y se ensalza la de aceptación, diciendo que la resignación es el sometimiento a una circunstancia que consideramos mala y nos aflige y disgusta; como una sumisión con desgana,  mientras que la aceptación budista sería el hecho de entregarse al fenómeno desagradable que acontece y encontrar, en ese proceso de no resistencia, el gusto que surge cuando, fruto de esa aceptación, aparece la consciencia iluminando el fenómeno, es decir, que, paradójicamente, en el hecho de aceptar, que parece un acto de cierta pasividad, habría una especie de operación activa que transforma el desagrado en una oportunidad de conocer a la consciencia que ilumina el fenómeno, pues ya no hay resistencia que cierre el paso a la operación de la atención iluminadora.

Surge entonces una operación como de posicionamiento: se pasa de un yo simbiotizado con el fenómeno a un yo que observa con indagación de forma gradualmente más neutral, menos interpretativa; de un yo más externo a un yo más interno que emana de la propia aceptación, como si ésta descorriera un velo que permite saborear al observador neutral, que es como algo anterior -y más rico en matices- a la aparición reduccionista de la etiqueta de desagrado -que suele ser una operación de reactividad de un yo que se experimenta a si mismo como separado y por lo tanto sujeto a amenazas que hay que resistir-.

Pero si resignación viene etimológicamente de “romper el sello que cierra algo”, “descubrir”, “revelar”, en vez de esa desgana en la que ha derivado su uso popular, ese llorar sobre la leche derramada lamentándose ¿no es en el fondo una operación, de nuevo, paradójica de la consciencia, de comprender que al entregarse activamente a, en este caso, la prueba que viene del Cielo, se permite descorrer un velo en el que la consciencia ilumina, descubre, revela la perfección, en este ocasión, de la precisa economía de lo divino en forma de fenómeno desagradable o aflictivo -el karma que dirían los budistas-, por lo tanto, una oportunidad, también, para lo que en lenguaje cristiano se llama redimir las sombras.

aceptación sin rendición

Es por tanto un acto de inteligencia,  en el sentido de someterse a la Ley con devoción, no con desgana, pues uno comprende que todo fenómeno es una oportunidad para la transformación alquímica de una sombra en lo que en principio o en esencia es: un fenómeno más de la Consciencia Una, una ola más en un Océano de un sólo sabor, que queda oculto por nuestra ignorancia.

La resignación a la prueba, que para un creyente, Dios permite que suceda, es una oportunidad de elegir lo Absoluto frente a lo relativo, a Dios frente a nuestra preferencias personales; muestra no nuestro abandono pasivo, nuestra pérdida de voluntad sino nuestra rendición inteligente a algo que no nos está dañando, sino que está queriendo llevarnos a un lugar más profundo de nosotros, a una Voluntad que es el Sumo Bien…. Sería  una operación de confianza en la Sabia Voluntad, en vez de en nuestra “pobre” voluntad, condicionada por miríadas de sesgos y tendencias que colorean e interpretan lo Real.

La palabra resignar, en este sentido sería más cercano a su significado de resignificar un acontecimiento, aprender a otorgarle un nuevo sentido a una experiencia,  devolver el significado primigenio a las cosas que acontecen a cada instante.

Al tiempo presente San Pablo lo llamaba kairós, tiempo propicio, oportuno. “Cada momento es portador de gracia y por esto es vivido según la voluntad de Dios” (Ef. 5, 15ss). O como diría Unamuno “El que quiere todo lo que sucede, consigue que suceda cuanto quiere. ¡Omnipotencia humana por resignación! A esta resignación sólo por la gracia se llega”.

En el fondo lo que apuntan tanto la aceptación budista y la resignación cristiana confluyen más de lo que por una degeneración del último término pareciese. Ambas son actitudes, o mejor dicho virtudes necesarias para trabajar en esa alquimia interior, que permite pasar del Samsara (el mundo del devenir y de lo múltiple) al Nirvana (la extinción del yo y la ilusión). Los fundamentos mismos de toda vía interior son: primero, discernir lo real de lo ilusorio, Atma de Maya. Y segundo, concentrarse sobre lo real.

Tanto en la aceptación como en la resignación hay una comprensión de que lo Real no se discute, simplemente hay que entregarse a ello, en su multiplicidad de manifestaciones posibles, convirtiéndolas en una Unidad por un olvido de sí en Él y así hacer acto de presencia espiritual en el mundo.

 

arena-entre-los-dedos

Beatriz Calvo Villoria

ComparteEmail this to someoneTweet about this on TwitterShare on Facebook100Share on Google+0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0