Si después de ver este documental no te conviertes en un activista ecológico y en un activista del espíritu es que tu conciencia se ha quedado profundamente anestesiada por las toxinas de una cultura sin alma.

Si después de ver este documental no decides que vas a utlizar el móbil hasta sus últimas consecuencias, y después lo vas a llevar a reciclar para extraer todos los metales, para evitar la enfermedad y muerte de otra porción de planeta, que se han convertido en el basurero tecnológico del primer mundo, puede que tu anestesia tenga tal grado de potencia que acabe por dañar a tu alma y al alma de la tierra. A la que le están reventando las venas por las continuas extracciones de su sangre mineral, por las que debería correr su vida, no nos cansaremos de decir, sagrada.

Si despues de ver este documental no suspendes las futuras compras de una nueva tablet, otro ordenador más moderno, más electrodomésticos de moda, es que quizá el sistema te ha convertido en un adicto de la tecnología sin rumbo y la conciencia ha sido sustituida por millones de ceros y unos.

Os invitamos a ver un documental sobre como nuestros modelos productivos y extractivos están aniquilando literalmente el planeta. Un documental que muestra la cara más despiadada, a la par que la cara más demente de nuestra cultura moderna.

Un documental que pone en evidencia la falta de inteligencia y el endurecimiento de corazón del hombre occidentalizado. Ávido de consumo, de objetos, de experiencias,  de comida. Con un  amor al dinero que es una extensión de su glotonería, en la medida en que es la pasión de querer asegurar en el futuro la satisfacción del presente.

Una obsesión por el futuro que le impide disfrutar del momento  y engendra una inquietud constante. Y, en el caso de las grandes industrias y corporaciones, un amor al dinero que se ha tornado realmente diabólico y les ha  hecho hacer del enriquecimiento material el propósito único de su existencia.

Y este imperio del mal económico occidental tiene un origen interior, el de la avidez y uno exterior.

Externamente comienza en Europa central hacia el siglo XVI con la teología protestante de los calvinistas “que postulaba que la prosperidad material era un signo de salvación, y un medio de justificación de la propia existencia. Pronto, esta nueva moral del dinero se haría doctrina política y económica, de tal modo que los hombres llegaron a confundir sus ansiedades espirituales con el deseo de saciar sus apetitos materiales. Nace así una nueva concepción del hombre, el Homo oeconomicus, el ser humano considerado como sujeto de producción y consumo, entregado a la búsqueda de bienes en esta vida.

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Dando lugar a partir del XVII a la industralización del mundo y al surgimiento del capitalismo, en contra de lo que piensan los ilusos, no es tan solo una doctrina económica, sino una visión antropológica y ontológica profunda; o, si se prefiere, un sucedáneo religioso en el que el dinero ocupa el lugar de Dios. Y, como ocurre con todos los sucedáneos religiosos, el capitalismo instauró una ética propia, un conjunto de normas morales que facilitasen el acceso a su sucedáneo divino; en este caso, una ética materialista en la que el universo entero -derrumbado ya el valor de la Creación- se convirtiese en la materia prima para la acumulación de riquezas.” Juan Manuel de Prada.

Así que esta entrada es una invitación a la reflexión y a la movilización de nuestras voluntades, primero cambiando nuestras pasiones, realizando esa metanoia urgente y necesaria de las potencias del alma, poniéndolas en la dirección adecuada, y cambiar seguidamente, en el orden de la avidez y la glotonería, por ejemplo, los hábitos de consumo respecto a la alimentación, dejando de alimentar con nuestras compras un sistema agroalimentario que no funciona y que expande el mal por toda la Tierra; vendiendo alimentos de mala calidad a los ricos del primer mundo y dejando en el hambre y la miseria al tercer mundo.

Se que es doloroso ver la fealdad de una criatura que alimentamos entre todos, pero es necesario ver la dimensión de la catástrofe para encender en nosotros  la “Santa Cólera” -que decían los Padres del desierto- hacia el enemigo; para que nuestro deseo, potencia del alma natural y neutral, se convierta en vez de avidez en impulso de amor a esta querida Madre Tierra y a todos nuestros hermanos que están sufriendo nuestra insaciable avidez de recursos. Para que nuestro ardor -otra potencia natural-  se convierta, en vez de cólera que invita a las continuas guerras por esos recursos cada vez más escasos, en fuerza y vigor para el combate espiritual con el monstruo que nos amenaza.

Y la razón -la tercera potencia según la patrística- se convierta en vez de orgullo de creernos dueños y señores de un planeta, que es un préstamos de nuestros nietos, se convierta en fuente de humildad y reconocimiento de nuestros límites y los límites del planeta, para que nos quedemos contentos con ser “ricos en espíritu”, única dimensión en la que se puede crecer y seamos capaces de contentarnos con ese “nada en demasía” que decía el oráculo de Delfos.

Beatriz Calvo Villoria

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