Hace mucho, mucho tiempo los hombres se reunían alrededor de los acontecimientos cíclicos del Cosmos, de los solsticios y de los equinoccios. Y en esos momentos en el que el Astro Sol, el corazón del macrocosmos, el símbolo más luminoso de la Creación -que todo lo ilumina con su luz- dibujaba sus signos de muerte y resurrección en el horizonte, el hombre celebraba con festividades ese momento estelar y la llegada de las hijas del calendario, las cuatro estaciones que determinaban la planificación y cosecha de las siembras exteriores y también de las interiores.

Eran celebraciones en las que el hombre cosía el cielo y la tierra. Cosía el acontecimiento visible con el invisible tejiendo puentes entre el microcosmos, que es el Hombre, y el macrocosmos. Como es arriba es abajo, como es adentro es afuera. El Corazón del cielo y corazón del hombre en la tierra se comunicaban los misterios menores y mayores que el sol escenificaba magistralmente sobre los horizontes, expresando con sus ciclos la eterna danza entre la noche y el día, el yin y el yang, el “combate” del Sol primordial -la causa universal de todo- frente a la oscuridad de la ignorancia y la tiniebla que parecen oponerse al Principio luminoso.

Participar en las fiestas significaba salir del tiempo natural para introducirse en un tiempo mítico y actualizar verdades eternas. En nuestros días ese tiempo festivo que nos conecta con lo sagrado se ha perdido, y algunos lo intentan recuperar celebrando esos solsticios en el que el sol está quieto (ese es su significado etimológico) y permite la aparición de el tiempo divino, Kairos, el momento justo en el que el Cielo abre una puerta al hombre, que le permite cruzar el umbral de lo profano hacia el bendito tempo sagrado, en el que la Tierra, cuyo techo es la bóveda celeste, se convierte en templo donde representar con diversos ritos el drama cósmico de un Sol que muere y nace en un eterno ciclo con cuatro puntos cardinales, cuatro actos o misterios.

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En el tiempo natural del solsticio de invierno el Sol escenifica el primer acto, el del Renacimiento y la música de esta esfera gloriosa resuena con los mismos acordes en el tiempo festivo que es una puerta que se abre en el corazón del hombre atento para ritualizar el renacimiento cíclico del Dios Sol, del Dios en nosotros. La nieve símbolo de la pureza de lo celestial lo cubre todo y la naturaleza ha enterrado sus semillas en el lecho mullido, que el otoño propicia y le permite vegetar en el útero materno, como en el útero de una cueva, un niño Dios vuelve a nacer cada año para iluminar el mundo. La fiesta del Sol Invictus de los romanos simbolizaba la victoria de la luz sobre la oscuridad, pues con cada nuevo día a partir del 21 de diciembre el sol aumentaba su poder que transmuta tanto lo natural como lo espiritual.

Con el equinoccio de la primavera se escribe en los cielos el segundo acto de esta iluminación progresiva del mundo, la Renovación. La belleza de su luz y su calor creciente se expresan en miles de formas diversas que lucen en su máximo esplendor y los hombres cosen con sus fiestas el primer verde virginal, ese que asoma su bello rostro tras las nieves del invierno, con el hecho intangible de un cosmos en perpetua renovación y alegría que habla de resurrección. El fruto espiritual del reino vegetal, las flores, acompañan con su belleza al fruto espiritual por excelencia en el reino del hombre, simbolizado en nuestra tradición por el sacrificio, la muerte y la resurrección en un cuerpo de gloria, la transmutación del alma a un estado superior.

El solsticio de Verano es el tercer acto en el que el Sol alcanza su punto álgido en el cielo, es el momento de la recogida de los frutos, de la abundancia, del máximo calor, el máximo de luz. La fiesta de la Ascensión celebra que Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios; la de Pentecostés que el Sol del corazón se ha hecho receptáculo para recibir la bajada del Espíritu, para que se multiplique la simiente plantada en el corazón del hombre y el cuerpo del hombre se divinice y con él la tierra entera iluminada ahora por la mirada encendida de la Conciencia Solar y amorosa que brilla en el corazón humano.

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El cuarto acto acontece en el equinoccio de otoño, el sol vuelve a declinar después de su apogeo y el hombre se inclina y suelta sus viejas faltas, deja caer las tendencias que ocasionan sufrimiento, recoge las semillas buenas, las internas y las externas y con gratitud por la cosecha del verano, por la cosecha de todos sus ancestros, incluido el ancestro primordial, se entrega a la oscuridad creciente, recogiéndose sobre si mismo, para prepararse para el ciclo del renacimiento que el invierno abrirá de nuevo, eternamente, en el cosmos y en el corazón del hombre.

Así que las fiestas tradicionales representan, ya sin saberlo los hombres modernos, los puntos cardinales de ese drama representado por el viaje del sol en cuatro actos, el drama de la semilla del hombre que ha de dar fruto. Los sabios de todas las épocas sabían leer en el libro sagrado y vivo del cosmos el camino de su propia regeneración. Recuperar las fiestas como tiempos en el que la memoria de las verdades esenciales emerge, tanto de las cosas visibles como las invisibles, pues el corazón del cielo se acerca o se aleja en una danza primordial al corazón del hombre, para unir dos soles en uno solo y coser el Cielo y la Tierra es una tarea de Recuerdo a la que nos sumamo, solsticio a solsticio, equinoccio a equinoccio.

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Beatriz Calvo Villoria

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