Thay, como cariñosamente se llamaba al maestro budista Thich Nhat Hanh se ha ido, ha dejado a la 00:00 del día 22 del 2022 este plano de existencia. Ha emprendido el viaje de retorno a casa, a la vacuidad, matriz de todo lo existente. Lo ha hecho cerrando el círculo-símbolo de la forma y el vacío que tanto enseñó con una sencillez de santo- volviendo a su patria amada, de la que estuvo exiliado tres décadas por defender el fin de una guerra atroz. Desde el monasterio Tie Hieu en Vietnam que vio nacer su vocación como monje Zen a los 16 años, ha hecho el último gesto de entrega, de renuncia a un traje usado hasta la última costura.

Su corazón era ya tan grande que necesitaba peregrinar a otro plano desde donde poder ejercer cósmicamente el amor verdadero que tenía a todos los seres. Lo ha hecho con ese paso deliciosamente consciente que nos enseñó a practicar, besando con nuestros pies el rostro amado de la madre tierra; ha transitado el umbral de un nuevo nacimiento con la paz de una vida vivida a plenitud. Imagino su alma besando ahora el rostro amado del padre cielo con su delicadeza exquisita y su eterna sonrisa.

Como un verdadero Budha viviente sembró primaveras a cada paso. A lo largo de sus 95 años de existencia fue el ejemplo de su enseñanza: “Nuestra propia vida tiene que ser nuestro mensaje.” Desde aquellos lejanos años en los que decidió que el monje contemplativo tenía que pasar a la acción para curar las heridas de una guerra ominosa y terrible, formando miles de voluntarios que llevaban el mensaje de paz y compasión del Budha a las aldeas arrasadas por el napalm. Fue capaz de alquimizar el veneno más insidioso del mundo, el odio, que surgió en tantas familias vietnamitas destrozadas de haber visto morir despiadadamente a su pueblo por la locura del hombre moderno, que manejaba el gas amarillo de sus inventos tecnológicos para matar, saquear y violar los territorios ajenos.

No solo lo alquimizó en sí mismo, como tan bien enseñaba abriendo la mente a través del sendero del Budha hasta abrazar a todos los seres como uno solo, sino que su compasión, uno de los ingredientes del amor verdadero le llevó al territorio enemigo, que hizo inmolarse a lo bonzo a decenas de monjes para que el mundo escuchase el grito de su dolor. Se fue a  América a cambiar la historia, pidiendo ayuda a Martin Luther King para lograr el cese de la guerra, por lo que fue nominado al premio Nobel de la Paz y ayudó a la comunidad de veteranos desquiciada por el fuego del arrepentimiento por el horror que habían esparcido en aquella tierra lejana, que era su patria, a perdonarse a sí misma, con recetas tan maravillosas como cuidar de los niños heridos por las guerras, para compensar las muertes producidas; poner amor donde antes había habido odio.

Ahora esa tierra herida por la guerra, dividida en dos, como el mundo entero en una dualidad no integrada, le recibirá orgullosa de haber dado al mundo la flor más hermosa, la del loto de la iluminación. Del lodo más viscoso, oscuro y denso de una guerra como la del Vietnam a la flor más luminosa, que perfumó con ese gesto y muchos otros desde un budismo comprometido el imaginario de varias generaciones mostrando el camino a seguir para ir del odio al amor. Thay era un loto blanco y sereno,era el ejemplo viviente de ese símbolo del que regresa a casa después de haber vencido a la ira, el miedo, la aversión, a todos los venenos que impiden la visión de la interdependecia, de ese interser que continuamente nos decía que éramos todos los seres.

Por eso  en muchos de los monasterios que fundó por todo el mundo, como el de PlumVillage en Francia, tenía en sus jardinesrodales de lotoscomo un símbolo poderoso detrasmutación. Lotos que eran sutras silenciosos de la enseñanza suprema y que expresan la enseñanza sin palabras mientras uno camina lentamente a su alrededor con plena consciencia,una de las prácticas más conocidas de Thay para poder respirar la vida a plenitud, la paz, la alegría de los pájaros cantores, poder beber el silencio nutricio que transforma los corazones por una paulatina apertura al lenguaje secreto de la naturaleza. Como decía Thay: “Muchas personas están vivas, pero no sienten el milagro de estar vivas.

Tuve la alegría de hacer un retiro en Plum Village, y comprobar la eficacia de la enseñanza de Thay. Un maridaje perfecto de momentos de enseñanza cosidos a la  meditación sedente, a la meditación caminando en plena naturaleza, a los ritos sobrios del zen, donde las campanas ceremoniales abrían puertas a otra cualidad de la atención;a la comida en silencio como el altar donde recibir el sacramento de la tierra. Y todo salpimentado de una dosis de arte a raudales, de música que por su belleza en la ejecución, pues todo es atención correctaen sus monjes serenaba y nutría de felicidad a cualquier corazón, que se unía a una algarabía deliciosa de niños preguntando las preguntas esenciales, riendo y revoloteando alrededor de la enseñanza. Todos esos elementos iban produciendo a lo largo de los días de retiro esa mente abierta que abre los corazones para acoger al mundo con consciencia, finalidad del budismo comprometido de Thay de transformar la sociedad desde la propia transmutación interior, que se inicia cuando vuelves a la casa del presente.“El momento presente es el único tiempo sobre el que tenemos algún dominio.”

Plum Village  es la huella de su enseñanza en  occidente, que cuenta con millones de seguidores. Allí enseñó y cristalizó su arte de vivir en nombre de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad; donde sembró la semilla para una sangha occidental, una comunidad de personas unidas por el mismo propósito de iluminar el mundo. Un lugar donde hasta los minerales tienen su lugar privilegiado para escuchar la enseñanza, pues en el corazón de Thay todos los seres  de todos los reinos tienen en sí mismas la conciencia de la budeidad, por eso su vida fue un infatigable recordatorio de que hasta que la última brizna de hierba no entre en el samadhi de la verdadera felicidad ningún budha viviente podrá descansar en su tarea de iluminar.

Se siente su estela abandonando la atmósfera terrestre, se le siente subir con esa sonrisa eterna con la que educó a miles de niños, que como a Jesús se acercaban a él como si fuera un imán poderosísimo e irresistible y que tenían un lugar privilegiado en su shanga, pues bien sabía él que la infancia es el futuro de nuestra especie. Si atiendes se le siente ascender con sus mudras maravillosos abriendo puertas estelares para dejar una ruta abierta con cada uno de los que le amábamos. ¡Cómo no íbamos a amar a un budha viviente! El corazón de cada amante será uno con su amado nos prometía cuando los cuatro elementos del amor verdadero configuren un ecosistema único.

Cuando la alegría de haber conocido un ser tan bello explosione al ver sus frutos en millones de corazones en el mundo generando sonrisas por la exposición tan bella y sencilla de que es la verdadera felicidad. Y esa alegría de saber al otro vivo y presente estar vivos, de este don inigualable se engarce como un filamento de oro con la compasión de la que fue maestro en su más alta exposición al convertir el plomo de una guerra en una victoria de un amor sin fronteras, ayudando a entender el origen del sufrimiento a todo aquel que se acercaba. Cuando estos dos mimbres hermosos se entrelacen con la bondad de querer el bien para toda la humanidad y sigamos su ejemplo de enseñar las causas de la verdadera felicidad que se esconden como un loto en el valor de volver a la casa del corazón, a mirar de cerca lo que más nos duele y abrazarlo y acunarlo con esa delicada atención correcta a la respiración que acoge con bondad amorosa todo lo que más nos duele. La madre conciencia que él decía acoge a cada niño herido y lo calma, lo ama, y lo sana. Estos tres elementos abrazados por la ecuanimidad de no discriminar, de no rechazar y de no preferir, esa inclusividad de todos, de no dejar a nadie fuera de los rayos del sol que ilumina a buenos y malos y trasciende esas categorías. Esos cuatro elementos hacen brotar al Amor con mayúsculas.

Y este último elemento es el que en estos momentos en los que Thay viaja sería la mejor flor que nuestro corazón podría ofrecerle. No excluir de nuestro corazón abierto por el amor que nos inspiró a todos los malvados que desde el fuego de su ignorancia y sufrimiento encubierto están llevando a la humanidad a su exterminio en esta nueva guerra mundial. Intentar como hizo él con la guerra de Vietnam, que vivió en primera persona saliendo de su monasterio a las aldeas a cuidar, sanar y alimentar y para decirle al mundo que toda guerra es la expresión de la primera noble verdad, que sin ser consciente de lo que produce el sufrimiento en este devenir no podremos conocer las otras Nobles verdades, que son la esperanza de que hay una medicina del alma que cura esta aflicción universal.

Ojalá que algo de su perfume toque el corazón de los demonios y les recuerde el paraíso del que fueron expulsados y que podamos nosotros participar de ese milagro que todos esperamos,que desde el horror de su actual lodo se conviertan en luminosos lotos. Y pueda al fin esta humanidad caída regresar a casa, la Casa de la Paz, pero recuerda lo que nos enseñó: La libertad no nos la da nadie; tenemos que cultivarla nosotros mismos. Es una práctica diaria. Nadie puede prevenir que seas consciente de cada paso que tomas.”

Beatriz Calvo Villoria. Directora de Ariadna TV y Ecología del Alma