Dicen que el fin de año que celebran los occidentales, no tiene nada que ver con nada que acontezca en el cielo, no está sincronizado con ninguno de los ciclos celestes y naturales, que los años empiezan con la primavera cuando todo vuelve a nacer. O en el solsticio de invierno cuando la luz gana a la oscuridad.

Pero he de reconocer que aunque sea una triste oportunidad para muchos para el exceso, gracias  a esta fiesta tan civil uno se ve precipitado a un tiempo de asueto en medio del invierno, y no he podido dejar de aprovechar este tiempo de invierno para enterrar la semilla en la tierra profunda de la soledad y la contemplación que de ella puede nacer, y comprobar como decía Empédocles “El ser primordial es una esfera  satisfecha de su soledad circular”.

He tenido el privilegio de conocer por fin la dimensión más contemplativa de Ecocentro, expresada en la Hospedería del Silencio, en Robledillo de la Vera. En sus orígenes este proyecto se creó como una comunidad de contemplativos, y ante la escasez de esta rara vocación en el mundo actual, y en la espera de que surgieran personas que quisieran hacer de este lugar su ermita, floreció en su superficie un proyecto de cursos de fin de semana en la línea de la salud y el crecimiento personal, una de las líneas más conocidas del proyecto de Ecocentro, para poder sostener las estructuras: veinticuatro cabañas de madera en un semicírculo mirando a las montañas de Gredos, con ventanales como ojos de búho, que mientras miras eres mirado, sin duda.

Pero la jerarquía natural hace que la dimensión espiritual aunque no sea la vocación de la gran mayoría, ni tiene que serlo, y sea desconocida para muchos, aunque la lleven escrita en la sangre de vida que recorre todas su venas, es la vibración más alta en la que puede vibrar un ser humano, y esa vibración es sostenida a lo largo de varios meses al año por un ermitaño que de tan anónimo es invisible, salvo para la montaña que a él también contempla, y con ella sustenta esa vocación en medio de un silencio privilegiado. Su retiro y su silencio ordenan el lugar en un eje claro, aunque en la periferia se celebren todo tipo de talleres.

Como gota que horada la piedra de la mente concreta para disolverla en un magma aformal de bienaventuranza va atrayendo a otros contemplativos, sin querer atraerlos,  pues en los espacios de lo aformal no hay nada que hacer, salvo ser, y eso ya lleva implícito un movimiento perfecto, en el que la apetencia de fruto está desaparecida y sucede lo que tiene que suceder y todo es perfecto desde una mirada dual y por eso se vive en paz y gozo.

Así que ocasionalmente se alquilan las cabañas para realizar retiros en soledad y silencio y este año nuevo la llamada silenciosa de un hombre que es centro de sí mismo, se me hizo irresistible y quise encaminar mis pasos en busca de un centro que las grandes ciudades distorsionan. Como dice el investigador canadiense Hong Chen “el 7% y el 11% de los casos de demencia en pacientes que viven cerca de carreteras principales son atribuibles a la exposición al tráfico”. Así que cogí los síntomas incipientes de inquietud por exposición al ruido y los tóxicos de los combustibles  y viaje hacia la Hospedería del Silencio. Bendito nombre que durante seis días ha derramado su benignidad en mi alma sedienta de silencio y de naturaleza.

Por las mañanas antes de que el sol despierte el regalo de este nuevo año ha sido una larga sesión de meditación en la que apertura y cierre de los ojos, intercalaba un juego de lo interior y lo exterior, hasta que finalmente se hacen uno. A veces la belleza arrebatada de las brumas de la mañana vistiendo de misterio las montañas obligaba a cerrar los ojos para degustar el gozo de la belleza, en el crisol de las moradas interiores, y sobre todo a lo que hace posible degustarla, una conciencia testigo que emerge del Misterio y una inteligencia que enhebra con sus cuatro potencias verdaderas narrativas del asombro, que enamoran a la voluntad que ya solo quiere quererla y vuelve una y otra vez a la fuente a rellenar el cántaro vacío y al corazón que ya solo siente amor y sólo desea conformarse para que el tálamo sea eterno.

Las operaciones de la conciencia no tienen nombre, pero las operaciones de la inteligencia se rastrean con palabras. Del lado más luminoso al sur de la inteligencia surge la intuición que realiza en un instante síntesis perfectas de lo que una montaña puede decirle a un alma, sin palabras, fulgurante fulgor que amanece cuando entre los velos de la bruma asoma un dorado rayo de sol iluminando la pequeña cumbre nevada. Herida de comprensión una cierra la mirada, simplemente y se sumerge en la noche de los sentidos, oscura, pero bella.

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Del oeste del alma surge la memoria, que recuerda en otro tipo de chispazo de la inteligencia el simbolismo de la cumbre y la montaña, y en un instante esa rememoración de la enseñanza te hace atravesar el simbolismo y ser camino que asciende hacia la cima. De nuevo el afuera te precipita hacia lo profundo del adentro.

La imaginación, oriunda del este y de las primaveras creativas, te lleva en una prospección de futuro a volar sin cuerpo como el águila que irrumpe en este vasto teatro del mundo contenido tras el marco de un ventanal prodigioso. Una potencia creativa y activa que da alas y en dos instantes has sobrevolado paisajes del alma antes nunca hollados.

Y la fría razón como la nieve del Norte, pura y despegada de cualquier fenómeno que no sea la verdad analiza al acabar la sesión la enseñanza recibida. Poniendo en el frio de su discernimiento la espada al rojo vivo, que si se mantiene más en el fuego se quema, y después de la meditación hay que fregar los platos, necesitamos el acero de la mente concreta para regresar al mundo el que el Tao nos ha soñado.

Todo ese magma que se cuece en una cabaña asomada a la naturaleza se convierte en gozo y alegría cuando dejando los muros de madera, perfecto nido de invierno, una se encamina hacia la montaña contemplada y realiza el ascenso en el territorio tangible. La Garganta de Cuartos, apenas a cinco minutos de la cabaña, pone en primerísimo primer plano lo que hasta hace unos instantes era lejanía, y  la imaginación de la mañana se hace real, eres águila, y nube y pez que surca el río, que bebe y bebe y vuelve a beber el néctar de la contemplación.

El paisaje de una soledad sonora, de una naturaleza privilegiada con robles encinas, madroños de verde perpetuo y hermoso, arboles de ribera, el concierto en mi bemol de un río bravo, va envolviendo los contornos supuestamente definidos del cuerpo y finalmente los hace disolverse y hacerse uno con el camino, el árbol, el agua, la bóveda celeste que descansa sobre este privilegiado escenario.

Todo está tan vivo, tan iluminado que las briznas de hierba que entre salen entre los perfectos cantos rodados amasados por el río, por la mansa agua que todo lo puede, vibran gritando vida. Y todo vibra, y mi corazón es el instrumento donde sus notas reverberan y me hacen suya y me silencio aún más, aún más, hasta donde soporto disolverme, pues aún no estoy cocida, y no ser nada más que ese todo que refulge. Y soy camino, montaña, lejana y cercana, soy cumbre en cada centro que habito, eje que une mis raíces de polvo con el polvo de las estrellas, cielo y tierra.

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Bendito refugio el que el año nuevo ha querido regalarme. Gracias, gracias, gracias.

Beatriz Calvo Villoria

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