Dicen los chinos que el verdadero significado de crisis es “oportunidad para transformarse y mejorar”. Quizá entonces, ante la actual crisis energética, lo que tenemos ante nosotros es una verdadera oportunidad para mejorar nuestro modelo social y económico o transformarlo en un nuevo modelo cuyos valores centrales no sean exclusivamente el desarrollo económico, de cara a preservar la nave sobre la que toda la humanidad navega hacia el futuro.

Definamos primero la crisis en palabras de Pedro Prieto*: El consumo actual de combustibles es de una dimensión sin parangón en todo el desarrollo de la vida humana.  El hombre moderno, el hombre de la tecnología, consume hoy en promedio, por ejemplo, en los EE.UU. como una máquina de 12.000 vatios en permanente consumo. Es decir, ciento veinte veces más que lo que su metabolismo necesita.

Consumimos (esto es, quemamos o transformamos) 32.000 millones de barriles de petróleo al año. Hasta la fecha, se han quemado prácticamente la mitad de las reservas probadas de petróleo y gas natural y una parte importante de las de carbón. La mayoría de los expertos afirman que quedan reservas probadas de petróleo para unos 40 años, al ritmo de consumo actual. De gas para unos 60 años, y de carbón  para unos 200, suponiendo siempre consumos lineales futuros como el actual y que ningún combustible tiene que reemplazar al otro”.

Podemos encontrar tres posiciones ante esta crisis energética, de las cuales dos se debaten actualmente en la sociedad: una es el continuismo, que según Prieto consiste en “mantener el crecimiento del 3% anual que siguen programando todos los gobiernos del mundo (que duplicarían, matemáticamente la producción de bienes y servicios y por ende, del consumo energético, cada 25 años), a través de más inversiones y nuevas tecnologías que desarrollarían sustitutos para las energías que se agotan, como las nucleares de cuarta generación, las centrales térmicas, el hidrógeno, hidratos de metano, el helio 3 de la luna, la fusión o la licuefacción del carbón y el “secuestro” de las emisiones que se sabe generarán”.

Una segunda posición es la que plantean los movimientos ecologistas: desarrollar las energías limpias o renovables como la eólica y la solar, que irían sustituyendo a las duras como las nucleares o térmicas. Dentro de este camino se distinguen a su vez dos posturas: unos que hablan genéricamente de las ventajas globales que las energías renovables tienen frente a las temidas emisiones de CO2 y que concuerdan con las políticas de muchos gobiernos europeos; y otros que matizan la supuesta panacea, pues dudan que esos gobiernos estén desarrollando planes energéticos con energías renovables verdaderamente limpias, blandas, extensivas y alternativas, sino que por el contrario consideran que están centralizadas y monopolizadas por los intereses de las grandes empresas eléctricas y grupos industriales asociados a la energía nuclear y térmica.

Grupos que al masificarla la convierte en energía dura, y cuyo único interés no es el medioambiente, ni los municipios en los que instalan sus parques eólicos, por ejemplo, ni las personas que verán modificadas para siempre sus paisajes, sino su cuenta de resultados.

Existe una tercera posición o camino a seguir que aún no se debate ampliamente en la sociedad salvo en pequeños círculos, pues produce el rechazo casi unánime de la población y cualquier gobierno que la sugiriese perdería las siguientes elecciones.

Es el decrecimiento, en el que se plantea que la crisis energética no se resuelve a nivel global con la producción de más energía, sea limpia o dura, para satisfacer un consumo exponencialmente creciente, sino con la implantación de un nuevo sistema económico y social en el que la sostenibilidad no esté asociada al desarrollo y en el que cada ciudadano del planeta tendría que asumir su responsabilidad individual a la hora de realizar un consumo energético austero, racional e inteligente, un consumo en el que nuestros deseos infinitos y crecientes de confortabilidad se verían reducidos a lo esencial.

Se trata en suma de una transformación radical del actual sistema económico, el modelo occidental, a un modelo sin nombre en el que se pondría freno a la glotonería energética del primer mundo – al que se quiere sumar el tercer mundo – que está conduciendo a lo que algunos científicos ya llaman “la cuarta extinción masiva”.

Porque no sólo los recursos energéticos del planeta se están acabando de forma irreversiblemente dramática, sino que el cambio climático producido entre otras causas por un uso indiscriminado de esos recursos puede sumergir a casi toda la humanidad bajo las aguas de una catástrofe sin precedentes salvo en los relatos bíblicos. Queda abierto el debate y el posicionamiento.

Beatriz Calvo Villoria

*Pedro Prieto, cofundador de Crisis Energética (www.crisisenergetica.org).

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