Cuando un hombre santo habla, sea de la tradición que sea la Verdad irrumpe en el corazón del que escucha con apertura, en este caso queremos contaros de las palabras de Alce Negro, un wichasha wakon, un líder espiritual y hombre medicina de los Oglala Sioux, que decidió hablar de “las cosas del otro mundo” con un hombre blanco que le fue enviado por el Gran espíritu: “Se me dio para los hombres lo que sé, y es verdadero y hermoso. Pronto yaceré bajo la hierba y se malogrará. Te enviaron para salvarlo. Debes volver para que yo pueda enseñarte.

Y así fue, el poeta John G. Neihardt Arco Iris Llameante volvió en 1930 a la reserva Pine Ridge, en Dakota del Sur, dos estaciones después de su primer encuentro, exactamente cuando la hierba alcanzaba un palmo, para compartir la historia de este Santo Piel Roja con el mundo, pues fruto de ese encuentro escribió un libro memorable “Alce Negro habla” para “salvar su Gran Visión en beneficio de los hombres”.

Y aunque tristemente esta hermosa visión que tuvo a la edad de nueve años, no puedo florecer en el corazón de un pueblo que fue aniquilado sin piedad, las visiones, al ser del Espíritu, son por lo tanto universales y por ende eternas y pueden servir para todo hombre, incluso para los hombres contemporáneos que se han extraviado a causa de la oscuridad de sus ojos.

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Durante varios días seguidos, en el interior de una hermosa tipi levantada para la transmisión de su mensaje sagrado, Alce Negro cuenta la historia de su pueblo durante los años crepusculares y trascendentales del siglo XIX, con una humildad propia de hombre sabio “¿Qué es un hombre para que dé tanta importancia a sus inviernos, aunque le encorven como una recia nevada? Muchos otros vivieron y muchos vivirán para ser hierba en las colinas.

No le habla pues de su historia, aunque hay pasajes conmovedores de su vida, ni siquiera es la historia de una nación nativa y nos ofrece mucho más que una visión preciosa de una época desaparecida si no que es en realidad un testamento espiritual duradero. Nos habla de Visiones ardientes de la unidad de la humanidad y de la Tierra, un mensaje para cada uno de nosotros, lo que ha convertido a este libro en un clásico que cruza múltiples géneros.

“Y allí estaba yo, de pie, en la cumbre de la más alta de las montañas, y abajo, a mi alrededor, se encontraba el círculo del mundo. Y mientras allí estaba contemplé más de lo que puedo describir. Y comprendí mucho más de lo comprendido hasta entonces; pues veía de un modo sagrado la forma de todas las cosas en el Espíritu, Yy la Forma de todas las formas, como si todo estuviera unido, cual si fuera un único Ser.
Y contemplé cómo el círculo sagrado de mi pueblo era uno de los muchos que componen el Gran Circulo, amplio como la luz del día y como el fulgor de las estrellas en la noche;
y en su centro crecía un árbol majestuoso y florecido, para cobijar a todos los hijos de una misma Madre y de un mismo Padre,y ví que todo aquello era sagrado.”
Alce Negro

Alce negro

Estamos ante un mensaje poderoso e inspirador para toda la humanidad enviado a través de una de las religiones primordiales, una religión tan metafísica como puede ser la hindú, basada en una “conciencia aguda de la homogeneidad del mundo fenoménico lo que explica su naturalismo espiritual, y también su negativa a separarse de la naturaleza y entrar en una civilización forjada de artificios y servidumbres, y que lleva en su seno los gérmenes de la petrificación y de la corrupción”. En definitiva “el objeto de su existencia es estar en el centro: es ir más allá de la materia mientras está situado en ella, y realizar la luz, el Cielo, partiendo de ese nivel intermedio. Cierto es que las otras criaturas participan también de la vida, pero el hombre las sintetiza: él lleva en sí toda vida y por ello se convierte en el portavoz de toda vida, el eje vertical en el que la vida se abre al espíritu y donde se convierte en espíritu. En todas las criaturas terrenas, la inercia fría de la materia se convierte en calor, pero sólo en el hombre el calor se convierte en luz.” Fritjof Schuon.

Una tradición de tal belleza que construyó un carácter indómito, que todos hemos amado e imaginado ser guerreros curtidos por las cuatro direcciones, el Cielo y la Tierra cabalgando en las llanuras. Una nación de un coraje increíble, Alce Negro, con apenas 12 años, combatió en la batalla de Little Big Horn en 1976. Un autodominio ejemplar que daba fruto a todas las virtudes que amamos en los Pieles Rojas, un culto a la Dignidad que irradiaban como un aroma sutil y embriagador; todo ello sumado a una inmensa generosidad, sin ningún tipo de mezquindad, y una piedad portentosa que se expresaba en una continua oración, en ese orar sin cesar que pedían los santos padres, en este caso en su relación con cada una de las criaturas creadas por el Gran espíritu y en el que sabían leer continuos mensajes entre el Cielo y la Tierra.

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Ojalá al leer el mensaje de este Hombre de espíritu y luz nuestros pensamientos remonten como águilas a las alturas donde ellas vuelan majestuosas y podamos atisbar, aunque sea fugazmente, lo que decía este profeta de “pelo largo”: “el corazón humano es un santuario, en el centro de la cual hay un sutil espacio donde el Gran Espíritu mora, y este es el ojo del Gran espíritu por el cual se ve todas las cosas, y a través de la cual le vemos a él.”

Beatriz Calvo Villoria

 

 

 

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