Lo que no esta integrado en nuestras vidas es lo que construye el destino. No es que el destino venga de fuera sino que uno va desenvolviendo el destino allá donde vaya, pues hay sombras en su alma que no están redimidas, integradas, iluminadas. Las sombras son ese pecado original, que nombra nuestra tradición, ese deambular separado habitando la existencia con una identidad asustada, necesitada de defensa y que ataca al prójimo, cuando siente miedo, cuando se siente cuestionada por el otro, cuando se siente ofendida, herida en sus murallas, cuando el otro amenaza con desenmascarar las falsas ideas que tenemos sobre nosotros mismos, de ser seres amorosos, tolerantes, estupendos.

El hombre atento y sincero puede percibir que la mera presencia de alguien diferente que no secunda nuestras ideas despierta todo un sistema de alarmas, la mayoría inconscientes, que se activan para defender la fortaleza que supone para cada uno su forma de visión, que le da cierta seguridad, de que de alguna manera controla este impredecible mundo.

Ante una manera de actuar que etiquetamos como absurda, burda, distinta a la que nosotros, sabios omnipotentes hubiéramos hecho en la misma circunstancia, surge una falta de comprensión de que el otro gestiona la búsqueda de la felicidad con la misma torpeza que nosotros mismos, a veces con palabras agresivas, pues no conoce otro sistema de aliviar la presión que siente, una presión sin nombre ni forma que yace oculta en su interior, porque desconoce la batalla universal que se libra en toda alma: la elección del bien o la participación en el mal, que por ser ilusorio -ausencia de bien- no deja de ser relativamente real.

Me explico, todos somos hijos de Adán, y todos propiciamos la salida del paraíso a cada instante, somos expulsados a diario cuando la serpiente seductora nos invita a ejercer nuestra propia voluntad, como si ésta no estuviese condicionada por miles de cárceles conceptuales, miles de deseos presionando para ser satisfechos en una escalada progresiva e infinita. Salimos cuando nos apropiamos de la realidad como hacedores, negando el único Agente que realmente lidera la acción, cuando decimos que sí a las sugestiones de la serpiente y elegimos lo que preferimos en vez de lo que acontece, queriendo cambiarlo, queriendo que desaparezca, sin atender la noticia que trae a nuestra vida, la oportunidad que quizá nos brinda de transformación y cambio en un nivel más profundo.

Salimos del paraíso cuando el otro llega hasta nosotros, con sus sombras tampoco redimidas y le encarcelamos en el mal que hemos detectado, congelamos esa ola de manifestación que ha llegado a nuestra playa subjetiva y enfocamos con toda la nitidez de nuestro cruel microscopio, los defectos detectados, perdiendo la panorámica del océano del que esa ola ha surgido y perdiendo la posibilidad de descansar en las aguas más profundas de ese mismo océano, dejando al oleaje batirse en sus respectivos destinos.

Vemos la paja en el ojo ajeno y al hacerlo colocamos una inmensa viga que nos quita la panorámica de un inmenso cuadro en el que está aconteciendo miríadas de manifestaciones, algunas de una belleza sublime, algunas de una profundidad insondable, como ese lugar del corazón que queda deshabitado cuando uno sube a la superficie a entretenerse con la ola determinada que ha irrumpido con violencia sobre mi costa escarpada ¿quién se ha creído ella? Y como sistema de respuesta reactiva decido rechazarla con fiereza, o con desgana, pero en el fondo con falta total de amor, o lo que es lo mismo la recibo con muerte, con un corazón muerto al amor, con un alma pagada de sí misma que solo quiere oír hablar de “lo que a mi me afecta, lo que a mi me pasa, lo que a mi me han hecho sentir”, y queriendo, por tanto, en legitima defensa, castigar al supuesto responsable de la ofensa, de la herida, del malestar.

Cuando el único malestar es haberle dado la importancia que no tiene, el haber desenfocado la imagen total del universo, del puzlee de la realidad, por una de sus chiquitas piezas y haber abierto allí una sucursal ficticia del universo, dando importancia a detalles nimios, vacíos, impermanentes, que como aparecieron , desparecerán, y dotándoles de etiquetas de: imperdonables, rechazables, que atrapan aún más al desdichado en su círculo vicioso con el que responde al mundo, a través de la ira o la rabia, hijas ambas de la frustración, nietas ambas de la tristeza. Pues su fruto no ha madurado, y sus sombras siguen construyendo a diario para él el destino de sufrimiento que necesita para, quizá algún día, despertar a esa oculta verdad que el destino lo construyen las sombras no redimidas, y comprender al fin, que cuando desaparezca ese esposo celoso, ese hermano egoísta, esa madre vejatoria, la nueva circunstancia, misteriosamente, volverá a reproducir los mismo dilemas, problemas, malestares.

Pues no es ahí afuera donde sucede el mundo sino en el interior de nosotros mismos. En esa mancha, ese pecado que es la existencia misma, que decía la santa sufí Rabia, ese ex– sistere -estar fuera de, en este caso la Realidad- participando en el mal del mundo, que está en el alma, por la ignorancia, en un sentido universal, de nuestra naturaleza divina. “Dios mora en y en torno de nosotros, pero no somos conscientes de esta verdad. En vez de ver a Dios, vemos este universo de muchos nombres y formas que creemos que son reales: tal como un hombre que ve una soga tirada en el suelo, en la oscuridad, puede creer, en el crepúsculo de su ignorancia, que es una víbora.” Swami Prabhavananda

Y uno, entonces, se plantea ¿qué hago con esta sombra, con esta marca que lleva el alma caída en la ignorancia de no reconocer su origen? ¿cómo se redime, cómo se integra, cómo ver lo que dicen los santos que no es tal sombra, que solo existe el Uno sin segundo, cómo uno nada hacia la no-dualidad que trasciende el árbol del bien y del mal y nos devuelve al Paraíso?

Y uno escucha que los sabios recomiendan que para estos tiempos finales de un mundo que se descompone ante nuestros sentidos, la indagación en las sombras es peligrosa, entretenerse en observar la desnudez de Noe, del “padre”, el confundir que cuando se dice “conócete a ti mismo”, en Delfos, o “conócete a ti mismo y conocerás a tu Señor” en el sufismo, se refiere al sí-mismo real no al ego, que es la parte del alma que está confundida respecto a su verdadera identidad y es la que genera sombras y tormentas en el cielo puro de la Naturaleza Primordial, pues a este ego más que conocerle hay que desenmascararle, no es a éste al que hay que conocer, no hay que meterse en las sombras, a desentrañarlas, pues la maya es portentosa creando redes de causas y efectos, y podríamos desequilibrarnos buscando todos sus correspondencias.

El nudo gordiano del destino que acontece se corta de un tajo, en una elección instantánea en el presente de huir hacia Dios, hacia lo Real, la Verdad, de elegir al Cielo que contiene la tormenta, pasajera, contingente. Es la elección, como dicen en el sufismo, de “di Allah y déjalos con sus vanos discursos” –refiriéndose al diálogo de la “loca de la casa” o “mono loco” que parlotea sin sentido. Es la elección de callar ante el Rey y hacer vacare Deo para que la Realidad, y no nosotros, sea la que se pronuncie.

La forma en que cada Vía corta el Nudo Gordiano es única, pero como diría el Buda en su cuarta Noble Verdad, hay una vía para la cesación del sufrimiento, de la ignorancia. Y como decía Ibn Arabi en «El Tratado de las Luces”:

«Hazme conocer lo que no eres Tú, a fin de que sepa yo, a fin de que conozca yo, la verdad sobre las cosas, si ellas son Tú, o distintas de Ti. ¿Carecen ellas de comienzo y de fin, o bien han sido creadas y han de desaparecer?». Entonces Allâh le permitió ver que todo lo que no es Él, incluyendo el «sí-mismo» del hombre, no tiene ninguna existencia. Y vio las cosas tal como son: quiero decir que vio que las cosas son la «quididad» de Allâh fuera del tiempo, del espacio y de todo atributo.

Ese es el quid de la cuestión, ahí desaparece el destino, en la compresión de que el yo que «construye» su destino respondiendo con ignorancia a la realidad no tiene entidad propia, lo que somos es mucho más profundo y libre de reactividad kármica.

Beatriz Calvo Villoria

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