Si Gandhi tenía razón cuando decía que a una civilización se la puede juzgar por la forma en que trata a sus animales, tristemente debemos juzgar a la nuestra como profundamente decadente y perversa, una anomalía cósmica que ha de perecer y renacer…

Enfocándonos sólo en el aspecto de la alimentación y dejando otras prácticas aberrantes, como cazar por diversión, sin la necesidad real de alimento, como les puede pasar a los pueblos cazadores-recolectores de las selvas o de las estepas asiáticas o a los  pigmeos de África o a los inuit que habitan en los desiertos de hielo, donde la única fuente de alimento es animal, y donde se caza venerando al espíritu del animal que es una ofrenda sagrada del Dios que les protege, es espeluznante las prácticas despiadadas que el sistema occidental de la agroindustria ejecuta con los animales que comemos. Si somos lo que comemos hemos de saber que estamos comiendo, angustia, dolor extremo, crueldad innecesaria.

Presionados por los ritmos de producción y los ritmos del mercado, se han ido sustituyendo los sistemas tradicionales, donde los animales eran tratados desde la conciencia de su valor real y formaban parte de la familia, por una producción acelerada a base de gigantescas cantidades de piensos con animales sistemáticamente medicamentados de por vida con antibióticos, hormonas, tranquilizantes… En este nuevo sistema, las vacas, por ejemplo, son encadenadas en sus establos todo el día, sin ejercicio, muchas se desploman de agotamiento; sus glándulas mamarias están tan estresadas que constantemente se le inflaman y aparece la mastitis que se trata con más antibióticos. Normalmente las vacas pueden vivir veinte años; en estas condiciones duran cuatro. Los ternerillos son marcados a fuego en la cara, separados de sus madres a los dos días de nacer y atados del pescuezo y constreñidos para evitar el desarrollo de sus músculos, alimentados con una dieta líquida deficiente en hierro, sin cama, agua, ni luz, para ser matados sin ningún tipo de agradecimiento a su sacrificio después de cuatro meses de esta miserable existencia. Cerdos, castrados brutalmente a los tres meses con un cuchillo, llenos de pústulas sangrantes por el hacinamiento, y que se comen medio enloquecidos entre sí, en medio de infiernos fecales en los que, entre estiércol y bajo un calor sofocante, intercambian agentes patógenos a la velocidad del rayo con sistemas inmunitarios más que debilitados. ¿Cómo podemos extrañarnos de la gripe porcina? Pollos que en cuarenta días multiplican por cuarenta su peso y nunca sabrán lo que es el aire libre. La lista es interminable. Somos comedores y creadores de angustia.

Decía Albert Schweitzer (Premio Nóbel de la Paz, 1952) al respecto de nuestra relación con los animales: «No permitáis que nadie pase por alto la carga de su responsabilidad». Por eso una vez más les recordamos que como consumidores tenemos un inmenso poder de elección para ayudar a transformar tanta ignominia, desde la opción más radical de elegir  una dieta vegetariana, si la salud y la constitución lo permiten, a reducir drásticamente la ingesta de carne y sólo aceptar la que proviene de sistemas sostenibles donde los animales hayan sido tratados con el amor que se merecen hasta el momento mismo de su muerte, en el que, conscientes de su donación, les asimilaremos desde nuestra Conciencia agradecida elevándoles desde ella hacia el cielo de una nueva trasmigración.

 

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