Os invito a cerrar los ojos y por unos momentos sentir que el suelo que pisáis es el de una inmensa nave que se encuentra suspendida en el espacio, y que gira y gira sobre si misma y alrededor del Astro Sol, en una galaxia que a su vez gira y gira en espiral alrededor de un universo que desconocemos, pero del que somos parte. La tierra es una inmensa nave orgánica que nos lleva a su lomo en un viaje adelante en el tiempo y hacia arriba en una escala evolutiva. Quién ha construido la nave con tal precisión nos es también desconocido, pero la belleza de su creación nos hace intuir un increíble sentido en todo lo que vemos. No somos los creadores de esta nave, pero somos una especie privilegiada, capacitada para ser consciente del regalo supremo que supone la existencia, la vida. Somos de alguna manera herederos sin titulo de propiedad, acaso guardianes que pasamos el testigo de generación en generación. La responsabilidad del ser humano es cuidar de este regalo y disfrutar de sus innumerables frutos y no agotarlos, ni corromperlos, ni destruirlos. La responsabilidad del ser humano es evolucionar hacia la paz, y para ello hemos de ser humildes y reconocer la pequeñez de nuestro tránsito en la tierra.

¿Y cómo se cultiva la paz en el mundo? El cultivo empieza en el corazón de cada uno de nosotros, en el interior de todos los hombres que conforman la familia humana, y para ello hay que empezar a indagar en  las virtudes de la paz, pues las características del conflicto y de la guerra ya las conocemos demasiado: dolor y sufrimiento. La paz es flexible, tolerante, fluida, está hecha de aceptación que es no-violencia, de comprensión y de suspensión del juicio. Es integradora de las diferencias pues sabe comprender al otro, no como un opuesto, y en el extremo un enemigo, sino como un miembro de la misma comunidad global que mora en la tierra. La paz no excluye por ser de otro color o de otra costumbre, tiene la serenidad suficiente para escuchar y comprender que no hay tal diferencia que justifique el enfrentamiento, que en el fondo, en el corazón de la verdad reside la certidumbre de que todos somos hijos de un mismo principio creador.

Es tiempo de regar las semillas de paz que en cada uno de nosotros moran. Semillas que  esperan ser atendidas con una sonrisa en la mañana, con un saludo amable a todo el que te cruzas, con la paciencia serena en el hacer de nuestras tareas cotidianas; en el esfuerzo por integrar las diferencias con los demás, en elegir herramientas distintas a la violencia y a la negación para dirimir nuestros conflictos de convivencia. La paz es una actitud que se cultiva día a día, y que sale de adentro a afuera y que puede empapar todas nuestras acciones y servir de ejemplo, como luces que iluminan el camino que todos algún día tendremos que seguir. Nuestra libertad es a la vez nuestra responsabilidad de ser los mejores de nosotros mismos y escoger en cada momento la mejor opción. Y la mejor opción es la que nos encamina hacia la alegría de vivir, hacia el amor. Amor hacia nosotros mismos, amor al prójimo/próximo, amor a la tierra en que moramos. Amor a la Divinidad.

 

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