¡Qué arda, qué arda el mundo¡ Que más nos da ya todo si hemos muerto a nuestra humanidad… ¡Qué perezca la humanidad entera! Qué más nos da, salvo pequeñas lágrimas de impotencia, en los más sensibles, impotencia ¿ O falta de virilidad? que se calmara con el siguiente producto de consumo. Producto o servicio, que el sistema esgrimirá con su diabólica publicidad para calmar nuestra conciencia. Un helado en la terraza, un nuevo invento tecnológico, una prenda de vestir que deforesta la infancia, un viaje a Honolulu….

Arde hermana Portugal, arde con lágrimas de fuego. Detrás iremos nosotros, después de haber ardido durante una semana por una ola de calor inexplicable, salvo por un cambio climático que está separando a la Antártida en icebergs, -para los entendidos, que no cuentan en los telediarios, el principio del fin-. Una semana de fiebre alta, de 40 º, que no había manera de bajar, débiles nos llevan al cadalso, y compartimos temperatura de ignición con la amada tierra.

Que ardan esas masas de árboles de eucaliptos y pino, plantadas con una falta de conciencia que merecería la cárcel. Que ardan las instituciones como Icona que desangró la España nuestra de campesinos en bosques que ya no eran bosques, sino desalojadores de vida, políticas de reforestación demenciales, sin gestión posible que hacen arder España por los cuatro costados.

Lo siento, pero ante la impotencia, hoy mi grito es poco amable. Que ardan todos los involucrados en esta tragedia, que ardan los gobiernos que creen que el fuego es una cuestión de aumentar los presupuestos generales, suspendidos en biología primaria, peligrosamente inconscientes de que el fuego se apaga con una política del territorio coherente con nuestra climatología y nuestros ecosistemas. Y prefieren llevarse las partidas para medioambiente a las Bahamas.

Que ardan todos los implicados en el fuego de la responsabilidad, en el fuego de la mala conciencia.

Que ardan los ingenieros que plantaron esos pinos. Que ardan por hacer de España un bosque absurdo de kilómetros de continuidad de piras incendiarias.

Que ardan los que vaciaron los pueblos, que aniquilaron la cultura rural, diciendo que el futuro solo se podía escribir en la vanidad de las vanidades de los núcleos urbanos, y les engatusaron el alma para dejar sus tierras y ser esclavos en sus sistemas fabriles.

Que ardan todos los que permitieron degenerar una cultura de cuidado y se convirtieron en arboricidas, el Estado, los terratenientes de turno, los de la desamortización, los que inventaron el plan de reforestación franquista y cubrieron tres millones de hectáreas, mejor decir violaron el cuerpo femenino de lo ecosistémico y su textura de mosaico, alternando pastizal y bosque,  por tres millones de hectáreas de un nefasto ejercito verde de pino y eucalipto.

Que ardan las Europas, las instituciones como la PAC, todas las responsables de cargarse el mundo rural, al campesino de vaca y leche, al olivar rentable, al pastor bombero; que arda esta falsa economía de mercado que hace desaparecer al herbívoro domesticado y al silvestre, que ramonean y limpian de fuego, salvando quizá, la vida de 62 personas muertas, ya hoy, en nuestra vecina de Portugal. Que ardan los que nos quitaron las vacas, las mulas, los asnos de nuestra cultura y nos convirtieron en camareros en Ibiza, en la costa asesinada de un turismo insidioso de masas, o en obreros esclavos, ordeñados hasta la extenuación, abandonando el sector primario, el que da de comer y devuelve la soberanía alimentaria de los pueblos, el ABC de la cultura.

Que ardan los que han cazado hasta la extinción a los grandes herbívoros salvajes que pisotean la maleza y la regulan, corzos ciervos, rebecos.

Que ardan los pirómanos en penas carcelarias de decenas de año por crimen ecológico, y los que les protegen no denunciando su iniquidad y locura, los que hacen negocio de los bosques quemados, los que nos roban el futuro de una tarde junto a la vereda de un bosque cristalino y arrancan con tal violencia la belleza de nuestras pupilas.

Qué ardan todos aquellos que prefieren vivir en esa oscuridad interior que llamamos ignorancia, raíz de todos los desmanes y de todos los sufrimientos que ellos producen. Los que no cogen su responsabilidad de iluminarse, de combatir los enemigos interiores de la pereza, de hacer las cosas de cualquier manera, de no esforzarse por el prójimo, por todos los seres vivos que arden en cada una de nuestras canalladas.

Que ardan, como de hecho arden, en un océano de fuego existencial, todos los que no se enfrentan sus miedos, sus tibiezas, sus iras, que hieren y destruyen, aunque existan cóleras divinas, como la que inevitablemente nos toparemos este verano, en el que los pantanos han reducido su agua a límites insospechados y el estrés hídrico de nuestros hermanos los bosques no soportaran la cerilla del malnacido ni la chispa del rayo propio de las tormentas de verano.

Malditos somos humanidad caída por no aumentar con un camino de realización la luz del alma, la que al encender el interior, irradia menos oscuridad e ilumina el mundo nombrándolo in divinis. Malditos somos, pues no dejamos de plantar las semillas del desastre en el afuera que nos viste como un manto, privilegiado, la divina naturaleza. Malditos pues estamos perdiendo continuamente la alegría del único paraíso que quedaba en al tierra. el gua, el bosque, la hierba fresca, el canto de los pájaros…

Ésta es la única forma de alcanzar la salvación de una serie de fuegos que ya están encendiéndose en nuestra península, pues una persona que posee la base espiritual necesaria, no se dejará vencer por la tentación tecnológica y la locura de poseer, que nos está volviendo locos, alejándonos de la naturaleza, el único refugio, el único Edén y de nuestra inteligencia natural para amarla, respetarla, cuidarla, guardarla. Despertemos de esta mátrix y hagamos arder en el castigo merecido, como máxima compasión posible, a todos los responsables, dejando que nuestro voto no los alimente, dejando de comprar sus productos aniquiladores, sosteniendo este sistema cancerígeno.

Y siento que la vehemencia de mi pluma  pueda parecer falta de compasión, más fuego al fuego. Pero el el arder que convoco, en mi y en todos, es el examen de conciencia, el agua lustral del autoconocimiento, que señala como fuego que arde cuando hacemos las cosas sin corazón e inteligencia. Existe una cólera divina, solo para los locos, los valientes, los profetas que son crucificados por verdades que nadie quiere oír, pues la confortabilidad nos ha hecho firmar un contrato de indiferencia, y a veces hay que echar a latigazos del Templo de la vida a los que comercian con ella, cuidado con la compasión idiota que decía Chogial Trumpa. En el Tibet el sistema penal era de los más duros del mundo y no es incompatible con la compasión.

Y añado como los padre del desierto: “Odia a tu propia alma”, sí a esa parte del alma que es bestial, que es capaz de quemar una provincia entera por tener jornales en los que trabajar en invierno, esa parte del yo, mi mio, caiga quien caiga.  Hoy estoy Abrahámica y menos budista. Hoy quiero que haya consecuencias a los actos, para poder purificar tanto mal hacer, tanto mal decir, tanto mal pensar. El castigo como purgación, como una oportunidad de reflexionar, de que no todo puede quedar inmune, eternamente, por un buenismo sentimental que corroe nuestro casi inexistente sistema moral.

Un hombre sabio sabrá encontrar el justo equilibrio, sin pedir demasiado y cerrará la puerta a la codicia,  uno de nuestros más encarnizados enemigos, que ha llevado a corromper todos los gobiernos y políticos del mundo y si somos sinceros a muchos de nosotros, incapaces de descansar en la brisa bendita de una atardecer de verano contemplando el milagro en el que somos.

Este es el verdadero trabajo, el del espíritu, el que nos ha quedado pendiente como humanidad caída en el olvido, y quien no coja el guante de su responsabilidad le dejo meditando las palabras del más revolucionario entre los revolucionarios y que ardan eternamente, pues las palabras de la verdad no se agotan nunca hasta que se ha realizado su significado.

“¡Serpientes! ¡Raza de víboras! ¿Cómo van a escapar del castigo del infierno?  Por esto yo les voy a enviar profetas, sabios y maestros. Pero ustedes matarán y crucificarán a algunos de ellos, y a otros los golpearán en las sinagogas y los perseguirán de pueblo en pueblo.  Así que sobre ustedes caerá el castigo por toda la sangre inocente que ha sido derramada desde Abel el justo hasta Zacarías, hijo de Berequías, a quien ustedes mataron entre el santuario y el altar.”

Y añado, que doy agua a diario para este tipo de llamas, es mi vida proveer agua para tanto fuego. Y busco en la oración y en la meditación la perfección incluso en la catástrofe, y aunque arda el mundo y se inunde, el arca de Noe, estará siendo construido en el único posible, el corazón, pero soy occidental y el ramalazo de pasión y heroicidad me hace cabalgar mi pobre rocinante para destruir molinos que son como gigantes, las inercias que van a acabar con la vida humana en el planeta. Eso es lo que deseo que arda en el fuego del conocimiento de lo único realmente necesario.

Beatriz Calvo Villoria.

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