El hombre ayuna desde el principio de los tiempos, pues busca la purificación, no sólo a nivel corporal sino a nivel espiritual, incluyendo el aspecto mental o del alma que es el puente entre los distintos ámbitos del ser. No sólo descansan los órganos sino que descansa el alma de tanto comer, de tanto querer, de tanto buscar la satisfacción fuera de él, en los estímulos maravillosos, por otra parte de los dones de la naturaleza. Para las tradiciones espirituales ayunar en la realización existencial, con el templo del cuerpo, de ese vaciarse de la materia con vistas a llenarse del espíritu, renunciar por amor a lo Real, a lo divino, dejar hueco para la noticia. En el ayuno espiritual dejamos de alimentarnos de los goces que nos procura la comida para alimentarnos de los goces del espíritu, pues en el ayuno, la materia, el cuerpo se espiritualiza y come otro tipo de alimentos, claridad, lucidez, luz y paz. 

Así ayunan los lakota que van en busca de una visión, los musulmanes en esa búsqueda de la Unidad a través de la proximidad, de ese abandono de su derecho natural a alimentarse de los dones de la tierra por la aspiración de los dones del Cielo. Los cristianos que ayunan por conocer en el templo de su carne ese Reino que está más allá de todo lo creado. Y muchos otros pueblos que buscaron purificarse, conectar los mundos, apaciguar a los dioses, alimentar a las cosechas con el propio sacrificio…
Sanar el alma y el cuerpo
Pero en paralelo a esa función espiritual de desvelamiento de lo oculto, que se produce cuando uno renuncia a su naturaleza por morar en una sobrenaturaleza,   que suele estar enmarcado en un contexto tradicional que vehicula la gracia operativa, el ayuno ha estado presente en todas las culturas como una de las más pertinentes y eficaces herramientas del arte curativo. El efecto terapéutico del ayuno era conocido y practicado por Hipócrates, Platón, Sócrates, Galeno, Aristóteles, Pitágoras y ha llegado a nuestros días  reivindicando su preeminencia como médico interior.

La historia de la medicina está jalonada desde la antigüedad hasta nuestros días de ayunos como remedio para todo tipo de enfermedades, pues cuando sana el alma el cuerpo se revitaliza, el cuerpo sigue a la mente como una aguja a un imán y, si esta va más allá de sí misma, el cuerpo se vuelve radiante y luminoso.

Quisiera llenar de testimonios este artículo sobre la paz profunda que el ayuno desvela en el alma y que revela el cuerpo como un templo vivo, que se hace cuenco para recibir mensajes del cielo e invitar a realizarlo a aquellos que, sin estar enmarcados en ninguna de las tradiciones espirituales que lo aconsejan como pedagogía, lo aborden desde la experiencia terapéutica y en el contexto más adecuado para ello, la naturaleza.

Les invito a que vayan a  buscar la paz del cuerpo desde la paz del cuerpo místico y vibrante de la madre tierra, y si no se sienten seguros de cómo hacerlo… que acudan a lugares cuya vocación es ayudar a realizarlos, pues como dice el Dr. Karmelo Bizkarra: “Siempre es mejor llevar a cabo un ayuno bajo la supervisión de un médico especialista y con amplia experiencia. Esencialmente el primer ayuno pues desconocemos los procesos de desintoxicación y curación que pueden ocurrir. Si el cuerpo está muy intoxicado puede aparecer dolor de cabeza, náuseas o incluso vómitos. Todos ellos son síntomas de limpieza, regeneración y curación” .

 

Regresar al templo
Síntomas que muchos se encuentran en el camino al cielo de la claridad, como el amigo Vicent Pons, que nos cuenta de un ayuno de 21 días donde “lo pasé realmente mal… Dolores físicos nuevos y antiguos, un fuerte olor corporal los primeros días y un ataque brutal de la mente inconsciente con unas pesadillas extremadamente aterradoras…” .
Que nadie se asuste, pues para ir al cielo a veces hay que visitar el infierno. Trasmutar la sombra. El ayuno es siempre la búsqueda de un desequilibrio menor en busca de un nuevo equilibrio mayor, por eso es importante la supervisión.

Para el Dr. Karmelo, parte de esa hipersensibilidad emocional que muchos sienten se debe a que “en nuestra vida diaria con frecuencia intentamos acallar nuestras emociones con la comida. Comemos por aburrimiento, desamor, desencuentro, por rabia no expresada, o por otras muchas emociones. En el ayuno no hay manera de tapar el mundo emocional y la persona se encuentra esencialmente sensible, a flor de piel”. Por eso, para él, expresar las emociones durante el ayuno forma parte del proceso curativo.
Horizontes
Pero una vez pasada la tormenta se abre un horizonte que dota de una fuerza espiritual sepultada muchas veces por nuestra extraña relación con la comida como sustituto de un vacío existencial que sólo se llena de ser, siendo: “En el día 12 más o menos, empecé a sentirme mejor y los últimos días fueron muy inspiradores… Prácticamente la mente pensante se detuvo, y surgió un Estado de profunda alerta, que era pacífico y agudo al tiempo”, dice Vicent.

Surge un estado de claridad espiritual como ha comprobado muchas veces Karmelo en sus pacientes: “Con frecuencia la persona que ayuna tiene una gran capacidad de tomar decisiones, de ver algo claro, después incluso de años de indecisiones y dudas. Es como si la ‘capacidad de individuación’, como decía Jung, o la capacidad de ser más Yo despierta especialmente durante el proceso de ayuno”.

En ese caminar también la dimensión energética de cuerpo se hace audible, visible: “El cuerpo se hace más vibrante, ligero, flexible, elástico y ágil, las emociones se estabilizan y la mente está en completa calma, por no decir vacía. Me encanta cuando pasas el tercer día, la sensación interna de claridad es excepcional tanto como la expansión del campo magnético y de todos los sentidos”, asegura otro ayunante, Frank Montoro

Para Marta Herrero, escritora y amiga, “la primera vez que ayuné en Ramadán mi estado dio un vuelco. El Ramadán me curó el corazón roto. El estado que provoca el ayuno te hace estar más atento, te sutiliza, te abre la conciencia, no te deja escapar al té o al dulce. Pero hay algo más. En Ramadán el cielo está más cerca. Tú ayunas, pero en realidad es como si te estuvieras dando una fiesta de amor y sentido. Se abren puertas, el milagro se vuelve cotidiano, los ángeles revolotean y casi los puedes ver alrededor. Ayunar no es solo ayunar. Es más que ayunar. Luz sobre luz. Ayuno sobre ayuno. Das un paso mínimo hacia Él, es decir, no comer durante el día, y él te alimenta de frutos eternos. Sin límites, sin medida”.

Según la perspectiva tradicional cada ayuno tiene su finalidad, ordenación, contexto y un acceso al mismo más o menos limitado y/o regulado como dice José Carlos Aguirre. El acto se mide por la intención, aunque para el Dr. Karmelo no haya mucha diferencia entre el ayuno terapéutico y el ayuno espiritual: “Sea cual sea la motivación inicial el resultado afecta a una mejora de la salud orgánica y a un estado expansivo de la consciencia. No hay una línea separatoria entre cuerpo, mente y espíritu. Lo importante es que el ayuno se realice para un mejor vivir personal y también para “ayudar a vivir”. Esto es lo verdaderamente espiritual.”
La naturaleza como matriz

La Naturaleza es uno de los elementos esenciales que pueden favorecer la consecución de un ayuno. Uno se sensibiliza y necesita un continente adecuado en el que expandirse y sentirse acogido, un espacio en el que la mirada contemplativa pueda regalarse la belleza. Así nos lo hacen llegar Anasha y Anbudha Lee que utilizan la maestría de la madre tierra para ayunar desde hace dos décadas.

Una o dos veces al año estos queridos amigos paran el mundo y se bajan. Dejan de relacionarse con los amigos, desconectan de internet, dejan de comer y “nos quedamos quietos, en un punto de quietud, y bebemos solo agua y meditamos, hacemos yoga, escuchamos a nuestro maestro, con un corazón abierto, con una mente abierta, escuchando los sonidos de la naturaleza, la mente, el uno al otro. Miramos, miramos verdaderamente a la naturaleza a nuestro alrededor, observamos, somos simplemente… Y esto es simplemente la experiencia más rejuvenecedora que existe para el cuerpo, la mente, el alma. Esta es una experiencia que buscamos cada año, pues nos alimenta más que cualquier alimento, nos nutre, nos restablece, nos recrea en cada célula y nos encanta, una experiencia de 3 semanas que no querría perder nunca”.

Volver a la casa del cuerpo en la casa de la madre tierra y expulsar a los demonios, las toxinas anidadas en las habitaciones del alma humana, volver a instaurar la paz de la armonía perdida….

Beatriz Calvo
 

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