Reconócelo, eres adicto al móvil, y no se puede curar una enfermedad si no se la reconoce previamente.

Es duro de aceptar, pues la adición significa una falta de dominio, un estar en las garras de algo que te roba tu libertad. La libertad de mantener la atención con concentración en una situación u objeto el suficiente tiempo como para profundizar en el conocimiento de lo que observas.

La atención es la base sobre la que se construye el aprendizaje y nos la están literalmente robando con premeditación y alevosía. Lejos queda ya cuando un libro se convertía en un mar donde sumergirse por horas sin interrupciones, una conversación con amigos tenía un crescendo sin cortes publicitarios, digitales. Cada vez más personas viven  proyectando su vida sobre una pantalla digital que reduce el mundo a un rectángulo, ya no vemos las hojas del otoño cayendo maravillosamente de los árboles o al frío invierno desnudando los paisajes, o no sabemos aburrirnos a gusto mientras esperamos.

¿Cómo hemos llegado a esta situación en la que un porcentaje de más del 80 por ciento de las personas con las que nos cruzamos en la calle van utilizando su teléfono “inteligente”? Todo ha cambiado demasiado rápido y esa velocidad no permite tiempo para la reflexión, para la consciencia de que nos han secuestrado la mente por oscuros intereses.

¿Quién? Una industria, la tecnológica que se sirve de las últimas investigaciones en neurociencia y psicología conductual para hacer las pantalla cada vez más atractiva y que dones lo más valioso que tienes, tu tiempo de vida, usándolo en aplicaciones que producen estímulos digitales que generan dopamina, la hormona de la anticipación del placer, y que pueden ser tan adictivos como la heroína, con el fin de capturar lo más valioso de la mente humana, la atención, que se traduce en la nueva moneda de una perversa evolución de la economía,  los datos.

Un recurso actualmente más valioso que el petróleo, y que se consigue capturando la atención humana que derrama su perfil en miles de plataformas, lo que permite perfeccionar el arte de seducción de los anuncios a la carta para un usuario, que se convierte sin saberlo en un drogadicto a la dopamina que produce un posible like en Facebook. Y esa adicción que es monetizada por la industria tecnológica supone que el mundo real se desvanezca cada vez más de nuestras vidas, enganchadas durante horas al siguiente post, al siguiente whatshap, al siguiente estímulo digital que producirá una nueva descarga de dopamina. ¿No lo sientes? ¿A que quisieras coger el móvil mientras lees, tocarlo, chequear?

La industria dispensa dopamina como si fuera cocaína y con ello divide nuestra atención, que conduce mientras revisa los mensajes. Nuestra adicción nos hace estar sin estar donde estamos, escinde nuestra psique. Lo que la hace vulnerable, menos capaz, pues debilita la fuerza de voluntad y menos inteligente, pues debilita y agota a la atención.

Las consecuencias a futuro de una mente escindida no se harán esperar. Personas incapaces de valorar la estabulación de su energía vital para ser ordenados por una economía perversa que ha encontrado en los datos un nuevo filón inagotable de recursos para crecer como a ella le gusta, hasta el infinito. Y para ello nos tiene horas -más de 9 diarias los jóvenes-, bajando con el dedo el cursor en busca de una descarga de dopamina en un posible post que me dé el placer de ser reforzada mi visión del mundo o recibir en medio de mi soledad, una cascada de likes que fortalezca mi narcisismo, aunque en el camino me encuentre cada vez más anuncios a medida y espías  algorítmicos vayan diseñando mi destino de lo que puedo comprar, a quien puedo leer y en el futuro, donde puedo trabajar, pues ya se comercia con los datos de nuestros perfiles para que las empresas sepan si somos dóciles o tenemos un enfermedad congénita detectada en un portal médico en el que preguntamos.

Despierta, la mátrix evoluciona peligrosamente hacia la extinción de nuestra especie. El futuro lo diseña la inquietante “inteligencia artificial”. Des-móvil-izate y respira una vida que es demasiado valiosa para perderla como mercancía de la nueva economía digital.

Beatriz Calvo Villoria

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