A Fernando Díez le eligió la vida para salirse de los caminos hollados y buscar a la orilla de un río sagrado, el Ganges, el sentido de la existencia.

Después de doce años de ascésis, que no es más y menos que elevación, nobleza en la exigencia de ir más allá, un más allá por encima de dónde estemos, que nos transforma, nos transfiere, nos traslada, a un nuevo plano, fue afinando su conciencia mientras aprendía a afinar las cuerdas de la sitar, y poco a poco, fue revelándosele la esencia que devotamente anhelaba.

Después de doce años regresó a sus raíces occidentales para convertirse en un filósofo místico, con alma de músico, y en un escritor que tiende puentes entre la ciencia y la conciencia.

Su último libro nos ha servido de disculpa para invitarle a nuestro programa el Hilo de Ariadna, en EcocentroTv, y descubrir en una agradable entrevista, las implicaciones filosóficas y morales que tiene la ciencia moderna, en especial la mecánica cuántica.

Los padres de esta ciencia, Bohr, Heisenberg y Schrodinger nunca negaron su interés personal en la conexión entre la mecánica cuántica y el misticismo, pero advertían que sólo compartían una relación metafórica, que no describían los mismos fenómenos, quizá previendo la utilización excesiva que la palabra iba a adquirir en todo tipo de contextos, psicológicos, sociológicos (curación cuántica, amor cuántico…)

Como también sostenía Roger Penrose, “creo que debemos considerar seriamente la posibilidad de que la mecánica cuántica sea sencillamente errónea cuando se aplica a cuerpos macroscópicos”.

Y no sólo porque la física cuántica trabaja con lo abstracto, el análisis simbólico de espacio-tiempo físico, el tiempo, la materia, y la energía aún en sus niveles más insignificantes, el vacío cuántico y el misticismo trata con la comprensión directa del Origen trascendente de todas esas cosas sino por el peligro de creer que lo menor -la ciencia- pueda explicar a lo mayor -el Espíritu, el Misterio-.

conciencia

Como decía Sir Arthur Eddington, otro físico teórico “Debemos sospechar una intención de que Dios sea reducido a un sistema de ecuaciones diferenciales.”

La ciencia moderna es una parte pequeña del conocimiento que se puede tener de la realidad, y muchos científicos han reconocido con humildad la visión más o menos limitada de la realidad a la que se puede acceder con los medios de que disponen.

Como sostenía Titus Burckhardt en su excelente libro Cosmologia y ciencia moderna– “La ciencia no puede llegar a conocer la unidad cualitativa del universo y la íntima ley de su estructura de múltiples niveles, mas esto no significa finalmente que la capacidad cognoscitiva humana no pueda tener acceso a esa ley.

No existe únicamente una razón calculadora; existe, además, una intuición, que René Guénon define adecuadamente como “intuición espiritual”, y que se refiere a las verdades universalmente válidas innatas al espíritu”.

Esa intuición ha permitido a los pueblos no deformados por la modernidad saber que la «realidad» no consiste en meras «cosas», sino que representa un orden de inconcebible sutileza y multiplicidad de niveles.

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Es cierto que la búsqueda de la ciencia también nace de un esfuerzo que la mente está impelida a seguir, un cuestionamiento que no puede ser suprimido.

Ya sea por la búsqueda intelectual de la ciencia o por la búsqueda mística del espíritu, la luz hace señas y el propósito que brota adentro de nuestra naturaleza responde. Con todo esto y un poco más Fernando ha tejido con nosotros un hilo lleno de implicaciones, que marca la salida del laberinto y nos puede ayudar a trasformar este mundo interno/externo que continúa, entre contracciones cada vez más intensas, pariendo aún su verdadero Corazón.

Beatriz Calvo Villoria

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