La neurociencia que proyecta sus herramientas sobre la mente y la conciencia humana está de moda, y está ejerciendo una gran influencia en muchos campos y disciplinas. Uno de esos campos a los que le ha echado el ojo es la educación y diversos científicos y educadores modernos señalan a la neuropsicología como el fundamento científico más sólido sobre el que se erigirán las teorías y prácticas pedagógicas y didácticas requeridas. Todavía estamos lejos de ver esas aplicaciones en nuestras aulas, y por ahora esos nuevos descubrimientos de la neurociencia acerca de cómo aprende el ser humano sirven para expresar consideraciones generales, que están en fase de investigación. Pero si tenemos en cuenta que estas nuevas ciencias y sus infalibles demostraciones  bien pueden ser parciales y tendenciosas, en el sentido que sólo verifican una teoría apriorística, un fragmento de un prejuicio filosófico, hemos de tener mucho cuidado en  experimentar con nuestros hijos teorías que serán devoradas por nuevas teorías en un ámbito, el de la ciencia moderna, que dista mucho de las certezas que otras sabidurías sí son capaces de establecer. Tal es el caso de lo “demostrado” por ciertos neurocientíficos, herederos de una ciencia reduccionista y determinista, de que la mente es el cerebro, en la línea del pensamiento del influyente premio Nobel Francis Crick que afirmaba que «no somos en realidad sino el comportamiento de un enorme amasijo de células nerviosas y de moléculas asociadas».

Según estos científicos nuestras vidas están totalmente determinadas por los procesos físicos y, por tanto, no somos responsables de nuestras acciones. No hay libre albedrío, todo está determinado. Este determinismo puede debilitar enormemente nuestra concepción de la responsabilidad humana, hasta el punto que, en un juicio, un asesino puede alegar perfectamente: «No fui yo quien cometió el crimen, fue mi cerebro». Peligroso enfoque con el que alimentar a nuestros hijos.

Pero eso sólo es su visión, su avidya, su ignorancia metafísica, pues la ciencia moderna es parcial porque desconoce la naturaleza del Ser, la Realidad o noúmeno. Por eso hay que hacer diálogo y escuchar otras voces, incluso dentro de la misma ciencia, para comprobar la relatividad en la que se mueve y no hacer de ella religión,  como las que señalan de forma divergente, que «La mente no es el cerebro […] la conciencia no es algo que ocurra dentro de nosotros. La conciencia emerge en nuestra interacción con el entorno, es algo que hacemos con nuestro cuerpo y el mundo. » Esto supone un vuelco a la teoría elaborada por la ciencia conductista y abre nuevas perspectivas metodológicas y filosóficas a la neurociencia y entronca con la metafísica hindú, de una precisión propia del diamante.

Si los expertos del momento quieren jugar con el futuro educativo de nuestros hijos es importante recordar que hay una Ciencia con mayúsculas que da una vía de salida a tanto relativismo científico y que es la única capaz de enseñar a nuestros hijos lo único realmente necesario: el descubrimiento de su propia naturaleza esencial, que es la identidad con el Divino, el “Tat tvam asi” del Vedanta. “Conocete a tí mismo y así conocerás al Universo y a Dios”.

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