En un lado del mundo, en la lejana República democrática del Congo se declaran 45.000 violaciones de mujeres al año, cifra que es la punta de un iceberg, pues la mayoría no se declaran, ya que la mujer, en vez de ser amparada, queda estigmatizada por su propia sociedad, y 30.000 menores son convertidos en soldados y esclavas sexuales, el Congo se ahoga en sangre y lamento. En otro lugar del mundo, en la Puerta de Sol misma, cientos de adolescentes, mujeres y hombres de todas las edades se exponen a los benéficos rayos de la primavera mientras cotejan en sus Ipad, smartphones u ordenadores portátiles las últimas novedades y prestidigitaciones que nuestra flamante cultura tecnológica nos proporciona. Atemos cabos: todos esos aparatos de uso doméstico, y otros no tan domésticos como los cohetes espaciales y los misiles teledirigidos, necesitan un supeconductor llamado coltán, un mineral por el que se paga 1.000 dólares el kilo, un negocio multimillonario que tiene a varias multinacionales europeas, americanas y chinas vigilando con todo tipo de artimañas que el 80% de las reservas mundiales, que están en una estrecha franja de 100 kilómetros en el Congo, haciendo frontera con Uganda, Republica Centoafricana, Burundi y Rwanda, salpique sus cuentas de resultados.

Si el vuelo de una simple mariposa puede ser determinante para que se provoque al otro lado del planeta un huracán en las costas de Estados Unidos, no podemos seguir negando que el tejido de la vida está inextricablemente unido, una misma urdimbre permite que distintas tramas se manifiesten en tiempos y espacios diferentes, pero la urdimbre es la misma, es lo que somos, y lo que hacemos con lo que somos es la trama vital de cada uno de nosotros. Hay una relación directa entre la cultura tecnológica en la que vive una parte privilegiada del planeta y los conflictos de guerra, violencia y pobreza en que vive la mayor parte del mundo.

El coltán de sangre es sólo otro conflicto más que nuestra cultura moderna occidental, identificada con un progreso técnico indefinido, está generando en el resto de culturas que no viven bajo la sombra de ese prejuicio de progresión infinita. Cuando se rebasan ciertos límites de lo que la técnica puede aportar al hombre para su desarrollo físico y espiritual, y se confunden los medios y los fines, el hombre queda subyugado por las máquinas que crea en una progresión infinita, en vez de alcanzar la libertad y autonomía que prometían. Los paisajes modernos están llenos de afanadas hormiguitas conectadas a unos supuestos inteligentes télefonos móviles y ya no levantan la cabeza para conectarse a la realidad. Las nuevas tecnologías han forzado un apresuramiento que devora el tiempo de los hombres, a la par que devora minerales robados a las tierras y a sus legítimos guardianes y que necesita del conflicto armado para ser rentable.

Suena el teléfono aquí en occidente, las alas de la mariposa baten, y por el oriente un guerrero exacerbado siembra pesadillas en los sueños de liberación de una nación humillada.

Un DVD se inserta, un satélite orbita, una nave espacial despega, un arma teledirigida se dispara, las alas de la mariposa de la tecnología baten sus sueños prometéicos de controlar el mundo para confort de una conciencia adormecida en mil y un estímulos artificiales y un huracán de desigualdad y dolor arrasa un continente entero.

Despierta ―no somos, intersomos―.

 

 

 

 

 

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