CONSUMO SIN LIMITE

Serie: Humanidad en Transición.

Por el equipo de Ecocentro

Lunes 13-04-2020

Nos encontramos en una sociedad en la que el desarrollo y avance tecnológico permite fabricar cada vez más cantidad de bienes en menos tiempo y empleando también menos trabajo humano. Sería lógico pensar que, debido a ello, podríamos disponer de más tiempo libre para la cultura, las relaciones humanas, o el desarrollo de nuestras capacidades y que se «progresaría» hacia una sociedad con mayor bienestar.

A medida que las personas cubren sus necesidades básicas, la tendencia natural es buscar la motivación en otras metas más elevadas, la búsqueda de la autorrealización o de la felicidad por ejemplo. Sin embargo nos encontramos en una situación bien distinta. El mensaje que se nos hace llegar a través de múltiples formas, principalmente la publicidad, es el de mantenernos en un papel pasivo e inconsciente y convencernos de que el consumo es el medio para encontrar esa felicidad que buscamos.

Es decir la palabra consumo se asocia a la palabra felicidad. Por lo tanto hemos colocado la fuente de la felicidad fuera de nosotros, en el lugar equivocado.  Consumimos  cada vez más, sin límite, sin moderación, sin advertir incluso que, en poco tiempo, podemos destruir todos los recursos del planeta. No nos damos cuenta de que  el sistema económico  que hemos creado no está interesado en el bienestar  de los ciudadanos ni en su realización personal. Lo que busca es mantener el mercado en constante expansión, de forma que no dejen de aumentar las ventas  y, por lo tanto «los beneficios».

Se produce con el único objetivo de vender y consumir. La publicidad, los medios de comunicación de todo tipo, el marketing son piezas claves para sostener  este sistema. Son las encargadas de mantener a los potenciales consumidores permanentemente estimulados para incorporar a sus vidas todo lo que se les ofrece:  productos, servicios etc…En eso consiste la adicción a la compra: una dependencia hacia un comportamiento que no da ni felicidad ni placer, pero que se sigue realizando como si lo diera. Se consume más, y apenas se dispone de  tiempo para disfrutar ni siquiera  de los bienes de consumo. Cuanto más se desatan los apetitos de compras más aumentan las insatisfacciones individuales. Realmente, si vemos un poco más allá de los mensajes que recibimos  no se nos venden objetos sino experiencias. Las experiencias que están a nuestro alcance al  adquirir un objeto o vivir un acontecimiento: un viaje, un entretenimiento….La experiencia de felicidad, de haber satisfecho un deseo.

Todo está encaminado a distraernos, a salir fuera de nosotros mismos, a hipnotizarnos hasta el punto de pagar por cosas que ni siquiera están a nuestro alcance. Pero no hay problema ahora todo es posible: venta a plazos, facilidades en los pagos, compra ahora y ya pagarás más adelante, te facilitamos un préstamo, no puedes privarte de… Ahora incluso con las nuevas tecnologías que facilitan las compras por internet el consumo aumenta pues en menos tiempo podemos adquirir más experiencias.

Es fácil darse cuenta que se produce en exceso, mucho más de lo que se puede llegar a consumir. Los supermercados están llenos de alimentos que no llegarán al consumidor, se tirarán. Cada vez se realizan productos de menos calidad a  bajo coste pero que son bien recibidos por los compradores. Por el precio de uno, me compro tres, aunque no lo necesite. Muchos de ellos han sido realizados en países en los que las condiciones de trabajo se asemejan mucho a la era de la esclavitud. Pero no nos engañemos el  consumidor se  convierte también en esclavo de ese sistema porque no puede optar por no consumir, no elige, no dispone de la libertad de decir no. Confundimos necesidades reales con deseos. Y hemos transformado los deseos en necesidades. Las primeras son imprescindibles, los segundos no.

Debido a que se puede comprar a precios bajos, si algo se deteriora no importa lo tiro y me compro otro.  No se valoran los objetos realizadas a mano, que requieren paciencia, tiempo y dedicación. Resultan demasiado costosos. No se valora lo único, lo especial, los objetos por su cualidad. Y aunque no sean términos excluyentes se antepone la cantidad a la cualidad. En un mercado globalizado se pierden las identidades individualizadas; es más sencillo encontrar lo mismo en todas partes.

Es obvio que la adicción a las compras esconde un vacío existencial. El valor del ser humano se mide por lo que tiene no por lo que es. Si no se dispone de poder adquisitivo para gastar no se le considera pues no forma parte del sistema de producir para comprar. Se ha puesto nuestra identidad en los objetos que adquirimos olvidándonos de lo que realmente somos. Y ese vacío no lo llena el consumo, bebemos del agua que produce más sed. No podemos aceptar sin crítica los valores que, interesadamente, se nos trata   de imponer, ni resignarnos al papel de víctimas, de simples consumidores manipulables e insaciables que se nos ha asignado. Tenemos la oportunidad de salir de ese juego, pararnos y actuar con conciencia.

En las crisis vitales se destapan  los problemas  y las oportunidades. Puede ser buen momento para hacer  una reflexión sobre el papel que queremos desempeñar. La gran cadena que hemos creado de producción y consumo ha sufrido un shock y los potenciales compradores también. Soy un consumidor con conciencia, compro realmente lo que necesito,  teniendo en cuenta las consecuencias que eso puede tener para la sociedad, para las personas que lo fabrican, para el medio ambiente en el que vivo, para otros seres que lo habitan, para mi propia conciencia. Lo que compro me nutre o por el contrario me produce más apetito. Necesito guardar o acumular por miedo a llenar un vacío interno. Estoy en un espacio de carencia o de abundancia, entendiendo que estas posiciones no dependen de la riqueza material de la que dispongo sino de si confío plenamente en que la vida me da lo que necesito en cada momento. Dónde está mi verdadera identidad en el tener o en el Ser.

 

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