Siguiendo con el hilo de la entrada anterior de recorrer juntos la iniciativa de la Universidad de Barcelona de alumbrar el profundo viático que supone el despertar la mirada simbólica, continúo profundizando en esta ciencia olvidada.

Para descubrir un mundo de árboles axiales, que saludan a nuestra inteligencia cada mañana, al cruzarnos con esas portentosas ramas que hacen de contraste, para al mirar el cielo, comprender donde está la tierra. Un mundo de vuelos en circunferencia por águilas que hablan claro y alto de los mensajes de ese otro mundo que escribe en los susurros de una aurora, en el efecto de limpieza de una mirada que se funde en la escarcha de la mañana, en los portentosos símbolos cotidianos e inagotables de la naturaleza.

Un mundo donde las cruces que jalonan los caminos de la cristiandad olvidada nos hablan de las dos dimensiones de lo humano encarnado e incardinado en lo divino, donde el Belén no es un portal donde publicitar las miríadas de objetos de consumos que anegan al hombre contemporáneo sino el escenario simbólico donde nacer en la Luz.

Un mundo donde el Sol es el símbolo de esa Luz que reside en la conciencia y lo reconoce por ser de su misma naturaleza. Y la luna una enamorada misteriosa de esa misma emanación luminosa que da la vida, y que refleja en las noches mas oscuras para los corazones ardientes de amor fecundo.

En la primera entrada nos centramos en los autores que desempolvaron la ciencia de los símbolos, en esta vamos recorriendo los tableros espacio-temporales donde emergieron.

Mito y Magia

“Ninguna forma tradicional es superior a otra, ni los símbolos mágicos menos importantes que los teológicos. Las tradiciones donde el hombre dialoga espiritualmente con la naturaleza, desde la magia a los mitos clásicos han creado un lenguaje poético donde la belleza de las formas y los ritos son caminos espirituales.” Raimon Arola

¿De dónde surge el hombre como tal, de dónde su lenguaje más certero, el simbolismo que une lo que la manifestación separa de su origen? Rastreamos en las culturas arcaicas, en las que la historia aún no se escribe, pues son dueños del tiempo y acceden al cocimiento por vías veladas para el raciocinio y que tienen su legitimidad y algunos dirían, su preeminencia.

Salimos de la asfixia de que “lo que no se mide no existe”  y entramos con el ojo del corazón en la cadena mágica de las correspondencias que unen universos, relacionan todo con todo en una trama transparente, donde el arte es el pincel que convierte los lienzos de roca de Altamira en  frescos de otro mundo. Convocando desde la magia, la ciencia práctica de la naturaleza, a los espíritus presentes en cada roca, en el viento, en la manada de bisontes, en el río, el vuelo de un águila que significa sin palabras, para conjugar la propia vida con la vida de la naturaleza.

Religión animista donde el sacerdote es el chamán que vigila la espiritualidad y la vida de su colectividad. Asciende hacia los ancestros y regresa, desde el cielo al infierno, buscando en el mundo intermedio medicinas, cuyas raíces están en el cielo; respuestas, o guía, como Caronte, al espíritu en su último viaje hasta los ancestros que son vitales para los vivos. Dan de comer de su trascendencia.

Conductores de alma que se convierten ellos mismos en el axis mundi, percutiendo sobre sus tambores de piel del sacrificado el sonido primordial del corazón, que se convierte en peldaños rítmicos de ascenso y de descenso; el pontífice que enhebra los estados múltiples del ser por el agujero vacío, el hueco del medio, del centro, el mundus imaginalis de Corbin.

Y de la magia al mito donde  los elementos animados se convierten en dioses. El fuego del chaman se convierte en otras tierras en otros tiempos, en Agni y este se transmuta en Shiva, que destruye y purifica. Y donde el lingam asciende, mientras engendra su  verticalidad en la vulva horizontal de la sakti, abrazando este símbolo universal la dualidad cósmica que hace girar los diez mil mundos.

Y el hombre como el principal símbolo destinado a ser centro entre los mundos, el único posible de encarnar a los dioses, cuyos misterios pasan a ser narrado por los mitos que edifican la cultura griega. Mitos que unen con Perséfone el infierno y el Olimpo desde la misericordia, que regeneran con Demeter al hombre, como apoteosis de la teúrgia, con el paso iniciático de la bajada, la caída del grano a la oscuridad que reúne con la verdad de lo que somos, para a través del vino Dionisiaco, la sangre que despierta a los muertos.

Dioses y chamanes dibujando el mismo viaje. La regeneración física de la humanidad está escrita en el verbo que luego se revelará aquí y allá como soplos de la metahistoria en la historia del hombre.

Revelación semítica

“Las lenguas semíticas, el hebreo, el árabe, el amárico, etcétera, van acompañadas de una forma de pensar el mundo y la espiritualidad basada en la revelación divina, por eso son las religiones el Libro. En las revelaciones divinas siempre hay un aspecto exotérico y otro esotérico, lo que permite una interpretación simbólica.” Raimon Arola

Viajamos con las revelaciones semíticas al núcleo del núcleo.

De la periferia al centro, el musulmán lo ejemplifica, sometido a una arrasadora influencia por lo divino gira en torno a un centro que es un fuego que lo extingue de sí mismo y lo reviste de sólo Él. Hu.

El corazón como  centro espiritual, que es eje axial de los estados múltiples del ser, enhebrados por la Palabra, el Logos, que se hace libro o se hace Hombre para que el hombre regrese a ese centro inmutable, revestido de amor insondable donde caben todos los credos enamorados del Amor, donde todos las fronteras geográficas y simbólicas estallan, donde no queda nada salvo más que un corazón palpitando infinitos universos.

Un centro al que las religiones semíticas señalan, con su dedo de luna, uniendo la periferia a ese centro  cordial con un camino que asciende mediante una alianza, que ata lo que se separó en la caída.

El padre Abraham multiplicó su simiente gracias a la unión incomprensible con un Dios que es Uno, Único, que viene al encuentro del hombre con sus sucesivas revelaciones religando cielo y tierra, en una deliciosa y amorosa inmanencia, en un asombro sobrecogedor de trascendencia, en una cruz que impide el nihilismo en el que ha degenerado occidente al romper la reunión. La alianza que permite al Hombre al conocerse conocer a Dios, pues el hombre interior es de la misma naturaleza y Dios es el origen de donde surge y a donde regresa.

El símbolo nos permite diferenciar ese hombre exterior que asfixia el espíritu con su letra, con sus ídolos, pero el símbolo es también como la maya que vela y revela el misterio al mismo tiempo. El judaísmo con la cábala discierne entre ambos, devolviendo la vida a la letra con la voz de la palabra que recepciona el sentido esotérico de la escritura, de la Torá, la revelación judaica, que la insufla el espíritu de vida y hace espíritu a la letra, que guía en los planos exotéricos, tradicionales, en la periferia nuestra de cada día.

El símbolo juega en ambos planos revelando secretos al desnudar de su vestido a la letra, los símbolos cabalísticos la interpretan desde sus valores numéricos que hacen alianzas entre profusión de sentidos. Los sabios recrean con sus sefirots la lila divina. El hombre nuevo es escrito por el símbolo que le vincula con el Dios único cuando está preparado para la unión y la eternidad.

La inmanencia oriental

“La cultura extremo oriental, básicamente la china, promulga la religión inmanente; es decir, que en el interior del hombre están ocultos todos los misterios del cielo. Las teorías  del I’Ching, el confucianismo y el taoísmo han creado un universo simbólico complementario a las tradiciones occidentales.” Jordi Vilà.

La inmanencia que hace accesible la trascendencia del misterio, es desde la visión taoísta lo divino en lo más profundo del ser humano. El Dao es según el sabio entre los sabios, Laozi, la naturaleza en sí misma y el camino de regreso a casa donde habita lo divino, que es el mandato que ordena a las cosas ser como son. Al río discurrir, al árbol medrar, al hombre regresar.

En el Dao de Jing se sintetiza ese discurrir natural hacia la propia naturaleza, pero sobre todo se expone el resultado final de la acción que nos lleva a seguir el Dao. Laozi trata de explicar no explicando lo que no tiene nombre, lo que impide su intelectualización y nos impele ir más allá de cualquier parcialidad, de ese, nuestro fragmento de la verdad, visto siempre desde un ángulo particular. Su no nombre nos hace afinar el entendimiento en un tono más alto, una vigilancia espiritual que obliga a la apertura para no encerrar lo que no tiene límites.

La razón estalla ante este flujo continuo de cambio. Hay que contemplar sin afectar, alterar, forzar lo que observamos, esa ciclidad cósmica que atañe al microcosmos, al macrocosmos. Ese Dao, en el que navega el devenir, al que Laozi se aproxima con metáforas que nunca agotan su infinitud, pero que orgánicamente la insinúan.

Más allá de la lógica racional, en las mareas de lo intuitivo, el daoista sale a pescar el pez nuestro de cada día en esa sutileza borrada a nuestros sentidos ordinarios, indefinida, que se escribe, con trasparencia metafísica, en las brumas de una mañana, inaprensible. Es la niebla de lo impermanente que se desvela cuando afinamos en ese tono más alto que nace del sosiego del corazón y permite atravesar esa danza de cambio y morar en un punto donde no se mueve, donde permanecemos, al fin, vacíos de nosotros mismos.

De tan inaudible, invisible, impalpable que es, el Dao, mientras nos llama en cada fenómeno, nos obliga a morir a lo que no somos, sentidos y materia, que es el primer velo que las prácticas taoísta han intentado descorrer con meditaciones, ayunos, respiración, visualizaciones para que el espíritu original que es la parte del Dao que habita en nosotros se manifieste. Esa parte cegada por nuestros intereses, nuestros temores y deseos que bloquean su tesoro, su perfección inmanente.

Pues cuando deseas algo estás bloqueando tu acceso al Dao, incluso el anhelo de sabiduría y de espiritualidad lo bloquea. La meta suprema taoísta es por tanto no forzar la acción, Wu Wei. La virtud del Dao solo se expresa en esa vacuidad de yo.

Otra metáfora de Laozi es Fan, el retorno al origen, a la pureza y la fuerza de un bebe, a la simplicidad. La infancia espiritual es lo que nos permite comprender el Dao. Sentir lo que sentíamos antes de nacer, en nuestro interior. En el caldero alquímico del dan tien, en el abdomen, yace escondida, intemporal, la primera célula que nos germinó, desde la que podemos reconstruir ese nueva oportunidad de nacer como un hombre vivo, puro, a partir de las técnicas psicofísicas como el taichí o el Qi gong, medidas auxiliares a un acto que  es natural si lo dejamos ser.

Medicina china y taoísmo se entrelazan en busca de ese elixir de vida. La puerta de acceso a ese elixir es la reducción de los sentidos, empezando por el saber, por el ansia de conocimiento que aleja y hace más grandes los dilemas de la razón. El Dao en cambio nos disminuye el saber, nos deja en el ser, sin perturbación, ataráxicos, enmendándole la plana a Descartes pues “solo cuando no pienso existo”.

No hablar, no escuchar, no mostrarse para salir del mundo manifestado que nos lleva hacia la muerte y regresar al cielo anterior, al útero cósmico que nos lleva hacia la vida. Abstención de alimentos para purificar, abstención de eyaculación y decapitar el dragón rojo de la menstruación para guardar el elixir con el que crear un nuevo ser dentro de mí, dependiente solo del Dao no de las pulsiones humanas. Abstención de una respiración que afirma la vida externa por una respiración embrionaria desde el abdomen, respiro el Dao que hay en mí. La vida eterna a cambio de la vida mortal, morir antes de morir para no morir cuando muramos, atravesando la puerta de las maravillas. Bienvenidos a oriente el yin del yang de occidente.

Continuará…

Beatriz Calvo Villoria

 

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