Los ríos siempre han sido considerados por muchos poetas como esas venas de la tierra por las que discurre el sentido profundo de uno de los símbolos más poderosos de nuestro desemboque en el mar, en el mar del que un día partimos y al que algún día volveremos. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar” decía Jorge Manrique y el Corán nos recuerda “de Él venimos y a Él regresamos”.

Un río es valioso en lo tangible y en lo intangible. En lo invisible lleva en su rostro de transparencias fluyentes miles de iglesias, caminos, veredas de fresnos, enamorados que se besaron en el rum rum de su corriente, las faenas y trabajos de tantos campesinos que construyeron sus molinos para moler el pan nuestro de cada día, que araron sus sembrados a la fresca bendición del manar de vida.

Las estrofas de agua que cantan a veces los ríos en forma sinfónica, a veces tenues como la brisa que sorprendió a Elías en el silencio hablándole de los amores más secretos son ondas de agua que roban su conteneo suave a los álamos temblones, y llevan las palabras de tal belleza sobre la espuma de sus juguetonas crestas, dejando en las piedras a las que horadan su dureza aromas de aire y de cielo, que las elevan de su pesantez ontológica.

El río es un perpetuo poeta contando siempre el mismo verso, pero con distinta agua, como decía el poeta, un verso de retorno, de regreso al origen. Agua viva que mana por que la Fuente  gusta de derramarse hacia el cielo para caer bendiciendo la tierra desde las alturas de las cumbres, agua que es vapor, gota, nieve o hielo hasta licuarse de nuevo y hacerse vida para todos. Siempre un único verso.

Los ríos han sido siempre vías de acceso en todo el pleno sentido de la palabra, desde el más poético que hemos dibujado como un acceso a la verdad de la vida que todo retorna, pasando por el más físico,  como acceso a transporte de mercancías, de personas, comida, un tejido de canales para que lo social en millones de lugares del mundo teja calles acuáticas por las que la plaza del mercado transcurra mecida por su vaivén primigenio; pasando por el biológico -sin agua no hay acceso a la vida para ninguna criatura-,  la joya del planeta azul que permite el milagro de la existencia; pasando de nuevo a lo intangible por el acceso a la belleza, esplendor de la verdad que el correr de un río produce en el alma. Ecos de una realidad que nos transporta más allá de este más acá.

Pues los ríos escriben sobre los secretos de los arquetipos, de las cumbres de donde manan, escriben sobre las intimas intimidades de las grutas subterráneas donde la oscuridad es negra, pero hermosa; alegran con sus cantos acerca de los valles remansados de quietud, susurrando mantras le roban los colores a los cielos y hacen instantáneas continuas de gris plata, azul celeste, esmeralda imposible para la retina atenta; intiman con las anacondas, o con las pirañas y saben de hipopótamos y de gacelas dulces que asoman su gracilidad en las orillas, todas esa sangre preñada de vivencias se hace sangre en la conciencia de lo humano cuando bebemos su manjar de dioses, su soma cotidiano.

Y aunque estuviese mil años cantándole loas a su multiplicidad de sentidos no me habría aproximado ni un milímetro a la insondabilidad de su misterio, pero esta sensibilidad hacia la hermana agua que cabalga con las riendas de dos orillas ya no es digna ni de admiración ni de respeto. Las venas de vida de la tierra corren rojas, ahora de de sangre herida, son sólo vías de desecho de mil locuras contemporáneas. La flecha de su dolor traspasa a los poetas y traspasa a asociaciones como Territorios vivos a la que hemos invitado para que nos cuente en una entrevista la intervención de un grupo de voluntarios que han decidido custodiar los ríos de la tierra.

ComparteEmail this to someoneTweet about this on TwitterShare on Facebook13Share on Google+0Share on LinkedIn14Pin on Pinterest0