Tu sueño es un sueño de dolor,

¡Rebélate, despierta y Vive!

 

Vivimos en una época donde se nos incita a la rebelión frente a los sistemas establecidos, que son los que parecen habernos llevado a una situación de crisis profunda. Se ha hecho un llamamiento, que es posible que haya calado en un buen número de personas, para salir de la actitud “borreguil”, y desde posiciones constructivas, buscar nuevas alternativas para organizar nuestra sociedad.

Pero es importante que nos demos cuenta que la sociedad no puede sino ser un fiel reflejo de nuestra propia mente y de nuestro mundo de relaciones internas. Todos tenemos dentro de nosotros mismos una pequeña sociedad y vivimos esclavizados por los sistemas de pensamiento que hemos heredado. Cuando sufrimos no se trata, como solemos creer, de un sufrimiento personal fundamentado en razones objetivas y sustanciales para que así sea, sino que sencillamente estamos sufriendo el sufrimiento de la humanidad, estamos repitiendo pautas que se han establecido desde tiempos inmemoriales y que responden a una visión limitada y por tanto errónea de nosotros mismos. En definitiva estamos siendo esclavizados por algo que no nos pertenece. ¡Con qué sumisión aceptamos todos los pensamientos de insatisfacción y de dolor que nuestra mente crea! ¿No intuimos que no tiene por qué ser así, que existe una salida hacia un lugar donde poder ser libres, que hay una manera diferente de vivir como expresión creativa de aquello que ya somos, completos, plenos y libres?

Nos resulta muy sencillo reconocer nuestro apego a las cosas que nos causan satisfacción o placer, sentimos claramente y de forma consciente que no queremos perderlas pues su pérdida nos provocaría un dolor inmediato. Así podemos reconocer nuestro apego a nuestros seres queridos, a nuestras posesiones, a todo lo que de alguna manera reafirma la imagen de nosotros mismos, de nuestro “yo” pensado. Pero nos es mucho más difícil darnos cuenta que ese “yo” se sustenta de igual manera sobre nuestra natural, nuestra heredada forma de sufrir. Y en cuanto que estamos apegados a ese “yo” poniendo en él nuestra identidad, nos apegamos irremediablemente a aquellos aspectos dolorosos que lo conforman. Porque el apego no es tanto el deseo de retener lo que nos place, como la incapacidad de soltar nuestras convicciones, incluso aquellas que nos hacen sufrir. Al final no son las ideas de las que somos conscientes las que operan en el mundo que creamos, sino las profundas estructuras mentales que funcionan inconscientemente y que van siendo reforzadas por aquello que vivimos. Donde ha habido sufrimiento, el sufrimiento pujará de nuevo por salir hasta que sea liberado definitivamente nuestro apego a él, iluminándolo con la luz de nuestra comprensión.

El sufrimiento es la expresión más clara y genuina del egocentrismo humano. El ego que sufre adquiere una realidad incontrolable, asentada sobre la poderosa energía psíquica, estableciendo límites estrictos entre sí mismo y el mundo que le hace sufrir. Atrincherado dentro de estas barreras, el ego olvida que su verdadero enemigo ha quedado dentro de ellas. Ese enemigo no es otro que la propia ignorancia de sí mismo, deseo inconsciente de sufrir. El apego al sufrimiento es esclavitud involuntaria, retazos de conciencia perdidos en la sombra del ego, fronteras erigidas sobre la vasta infinitud del alma.

Venimos programados para sufrir. Nuestra mente enfoca, sin que nos demos cuenta, aquellos aspectos de la realidad sobre los que le resulta sencillo construir toda una secuencia de pensamientos dolorosos, se crean imágenes que nos hacen sentir carentes, incompletos, permitiendo así que afloren todas las emociones negativas que conforman nuestra sensación de identidad separada. No es de extrañar que en los telediarios de la televisión se haga exactamente lo mismo, fijar la atención en todo lo que puede hacernos sentir con claridad nuestra angustia. Hay algo en nuestra mente que está diseñado para manifestar permanentemente su disconformidad con las cosas tal y como son. Es una auténtica fábrica de pensamientos cargados con un venenoso “debería..”, que nos sitúan en lucha contra aquello que nosotros mismos, inconscientemente, hemos creado.

Todo ello acaba siendo reforzado con la falsa idea de que si las cosas fueran o hubieran sido de la manera imaginaria que creemos deberían de ser, efectivamente nos sentiríamos satisfechos, como prueba incluso esgrimimos la también falsa certeza de lo satisfechas que parecen las personas que si lo tienen. Un plan mental perfecto para no dejar escapatoria frente al sufrimiento. Raramente acabamos comprobando que cuando alcanzamos lo que tanto queríamos, la insatisfacción rápidamente vuelve a aparecer. Algo inevitable, ya que la mente vuelve a funcionar de la misma manera, creando de nuevo el mismo engaño. Y de nuevo volvemos a creer en sus razones, estableciéndose así un círculo vicioso que sólo puede ser roto con un acto decidido de rebeldía.

Y todo porque preferimos ser algo conocido, alguien definido y concreto, aunque el precio que paguemos sea el sufrimiento. Preferimos tener razón que buscar la verdad. Pero cuando descubrimos este truco engañoso con que nuestra mente nos hace experimentar sufrimiento, una secuencia de pensamientos dolorosos apoyados sobre emociones de angustia y miedo, sencillamente dejamos de creer en él. Así vamos desvelando velos de engaño, hasta que llegamos al último, aquel velo que ocultaba nuestra identidad infinita, indescriptible e inabarcable. La mente lo percibe como un no saber, como una apertura que abraza la totalidad de la existencia. De este modo y una vez abandonada cualquier idea de carencia ya no es posible imaginar obtener ningún beneficio o ningún daño de ninguna situación externa. Así quedamos preparados para recibir todo cuanto tengamos que recibir y para dejar marchar todo cuanto tenga que irse.

Rebelarse al sufrimiento es posible y es imprescindible cuando se siente la imperiosa necesidad de ser libre, de ser de verdad, de vivir de verdad. Esta es la verdadera rebelión y la verdadera libertad que están al alcance del ser humano que está dispuesto a ir más allá del miedo, aquel ser humano que se dé cuenta que el miedo no lo produce el ser nada, el no tener nada a lo que aferrarse, sino precisamente lo contrario, el creernos algo, el creer que tenemos algo que podemos perder o algo que necesitamos añadir.

Vivir, simplemente vivir es algo maravilloso. No hay que esperar a que ocurra algo externo para ello, ni que las condiciones sean distintas a las que tenemos. No son las posesiones materiales o afectivas, la salud, los logros, los éxitos personales los que hacen que así sea. Es la claridad de la mente orientada hacia su propia luz, la apertura total y sin restricciones hacia aquello que aparece en cada momento lo que nos lleva a descubrir el acto desnudo y deslumbrante del vivir. Vivir es incierto y por eso está lleno de sorpresas, de magia, de posibilidades infinitas por explorar y descubrir. Nadie recibe en su vida nada que no pueda sobrellevar y de lo que no pueda aprender lo que debe aprender. En la vida no hay errores y nada ocurre fruto de una casualidad sin sentido. Y lo único que me aparta de esta experiencia intensa y palpitante de la vida como Vida, de la asombrosa perfección y sentido profundo de todo lo que está vivo y que penetra de igual manera mis entrañas y las entrañas del Universo, son los mecanismos no desvelados de la mente, mi programación para sufrir. Si estamos hipnotizados con el sueño de dolor que crea nuestra propia mente, no podemos estar realmente vivos, disponibles para abordar con toda la autenticidad y creatividad de nuestro ser, cada momento del día, tal y como se presenta.

Al rebelarse frente al sufrimiento se da el primer paso hacia una nueva dimensión, disponible en el ser humano, y desde donde se puede comenzar a vivir de una manera completamente diferente. Esta dimensión nos pasa desapercibida porque sencillamente no es un objeto sobre el que poder apoyarse, sino una manera más profunda y verdadera de percibirse a sí mismo, un silencio del que emerge un nuevo mundo cargado de esa misma profundidad y claridad con la que se mira.

Con la simplicidad de la mirada clara, es maravilloso despertarse cada mañana y disfrutar en silencio del gran milagro de la vida. Puedes sentir como se manifiesta en ti a través de la magia del aire que mueve tu pecho y que señala con insistencia un lugar misterioso. Es una respiración lenta y profunda, ajena a ninguna voluntad ni deseo. Su ritmo es cadencioso e incansable, todo lo inunda y permite al cuerpo poblarse de sensaciones, de conciencia cálida y generosa. También participa en este concierto del despertar el latido del corazón, pulso del silencio. De la mente comienzan a brotar, también rítmicos, los primeros pensamientos del día, escritos sobre el tapiz de un inmenso vacío en el que el alma aún vive y respira. Las percepciones de los sentidos van llegando, todavía desdibujadas, sin nadie que las perciba. Sin resistencias, sin expectativas, la atención se descubre a sí misma y deja la mente disponible para la vida que ha de expresarse a través de ella. Es sorprendente darse cuenta entonces, de que no hay nada más hermoso que contemplar las cosas cuando van o vienen, cuando aparecen o desparecen, en ese casi desapercibido instante donde todo es posible porque nada existe.

Cuando la mente se va silenciando, al abrazar los propios pensamientos con la comprensión que la verdad provoca, se abre un espacio en el que el sufrimiento que tan denso nos parecía, se diluye con espontaneidad en sus propios límites, dejando raudales de gozo y alegría sin motivo. En el reposo y la calma de la mente que ha abandonado sus certezas y ha abierto un espacio vacío de donde brota una mirada silenciosa, es donde se hace posible descubrir las bellas perlas del silencio, cuyas sutiles iriscencias nos van dando una forma renovada de entender la vida. Son en esos deslumbrantes destellos de silencio, que nos pasan normalmente desapercibidos al estar nuestra atención tan ofuscada, perdida en el ruido ensordecedor de la vida, cuando percibimos nuestra realidad ilimitada y podemos ser capaces de observar con distancia aquellos trucos infantiles con los que la mente solía engañarnos. Es imprescindible aislarnos del ruido que hace el mundo que nos rodea, fiel reflejo del ruido inarmónico de la mente confusa, llena de conflictos y contradicciones.

Estos momentos especiales, tan valiosos y que ocurren imperceptiblemente a lo largo del día, como el momento del despertar, el momento de relajar la mente para dormir, el espacio entre dos pensamientos, el espacio anterior o posterior a una respiración completa, o también los momentos en que decidimos sentarnos en silencio o incluso aquellos otros en que nos retiramos a algún lugar por un tiempo para vivir en la plenitud del silencio, son una bendición a la que debemos abrir nuestra atención amorosa para dejar llenar nuestros corazones de sus maravillosos frutos.

Así, en la sencillez de un instante eterno, percibimos la naturaleza de nuestro sufrimiento soñado y abrazamos la certeza de que el Espíritu es esa deslumbrante luz que se asoma en el fascinante límite de las formas y que va creando la maravillosa simplicidad de una vida siempre nueva.

 

Marisa Pérez

 

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