Dice un maestro vedantín, Swami Parthasarathy, que la cultura de la queja ha llevado a occidente a la decadencia y matiza que “una cultura basada sólo en los derechos individuales no lleva a la armonía personal ni colectiva, porque, quien es educado en la convicción de que tiene derecho a todo siempre encuentra motivos para la queja.”

Eso genera una creencia profunda de que la razón de nuestras insatisfacciones está afuera de uno mismo, en el hecho de que no nos dan nuestros derechos, y en ese momento estás vendido, ya no tienes el control de tu propia existencia, eres como un niño pequeño mimado y dependiente que  por mucho que se le dé todo siempre le falta algo.

Y los culpables siempre son los demás: el Estado, el empresario, tu familia, los políticos, el municipio. Esta sensación de no tener nunca suficiente se encuentra hoy en día en toda alma sometida al pensamiento occidental; el que nació con la Revolución Francesa y con su Declaración Universal de los derechos del Hombre -realizada en las logias masónicas de aquella época- y que se ha convertido en la única supuesta religión que puede unir a todos los pueblos bajo el lema de libertad, igualdad y fraternidad, y que no hay que olvidar fue impuesta por una crueldad -la de los jacobinos- que le sumaron el de: Y si no muerte. Como dice el historiador César Vidal, la revolución francesa fue un fenómeno nefasto que sigue siendo idolatrado.

Una idolatría que nace de una desfiguración de la historia, que ha faltado a la verdad, y que ha cometido un delito intelectual que ha llevado a Occidente a creer en una pseudoreligión que se basa en el hombre y en unos derechos sin fundamento ontológico, que dependen de su buena voluntad, de la que Amnistía Internacional puede dar buena cuenta de su ausencia.

En el otro lado tenemos la religión antigua, que fue anatemizada por esa revolución liberal, y que se basa en los deberes. Hablamos del decálogo de los cristianos o el de los budistas, basados en el sentido del deber hacia los demás: el pueblo, la familia, la sociedad. Es la religión del que sirve por compasión o hermandad espiritual y basa su vida en las obligaciones y las responsabilidades.

“Si fundas tu existencia en la responsabilidad y la generosidad de dar, recuperas el control sobre tu propia existencia. Porque dar depende sólo de ti; recibir te pone a merced de los demás. Si fundas tu familia sólo para recibir amor y derechos, nunca obtendrás bastante y acabarás abandonándola.” Dice el mismo Swami. Frente al grito rebelde de Satán en el cielo de no serviré, aquí se trata de recuperar el honor de servir.

Desapegados o menos exigentes de nuestros derechos propios, “la autolimitación libremente aceptada” y cumpliendo con más precisión nuestros deberes, lo social se acerca más a la solución, dicen los sabios.

Beatriz Calvo

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