Según la FAO el planeta podría proporcionar a cada cual la ración de alimentos que necesita, entonces ¿cuáles son las causas de la actual crisis alimentaria a escala global y la catástrofe de muerte y hambre en el cuerno de África? Los factores climáticos y los cataclismos de todo tipo, por importantes que sean, están muy lejos de ser las únicas causas del hambre. Para Esther Vivas son resultado inequívoco “de la globalización alimentaria por parte de de unas pocas multinacionales, que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.” Como dice Chico Whitaker

“Nunca antes se habían producido tantos bienes materiales, nunca hubo tanto alimento, tanta tecnología, y nunca antes la injusticia fue tan desproporcionada”.

Las causas que impiden el acceso a la generosidad de la naturaleza son pues económicas y políticas. En el pasado ya se utilizó políticamente la privación sistemática de alimentos a los campesinos ucranios, por Stalin, cuyo resultado fueron unos ocho millones de muertos, un crimen desconocido por largo tiempo, que fue confirmado recientemente con ocasión de la apertura de los archivos del Kremlin. Pasarán unos años hasta que se confirme de nuevo que el hambre en el actual mundo globalizado es uno de los crímenes actuales que los hombres del Primer Mundo están cometiendo contra los hombres de los demás mundos. El hambre es un fenómeno vinculado a las opciones económicas de los dirigentes, y responsables, así como también de productores y consumidores; también en nuestro modo de vivir se hallan profundas raíces.

Asumiendo nuestra responsabilidad del dolor humano, como ciudadanos de ese primer mundo, nos merecemos recordar dos frases estremecedoras, una de los Padres de la iglesia: “Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas” y una segunda que es la pregunta provocante que Dios hace a Caín cuando le pide cuentas de la vida de su hermano Abel: «¿Qué es lo que has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra…» (Gn 4, 10). Aplicar ese versículo duro, casi insoportable, a la situación de nuestros contemporáneos que mueren de hambre no es una exageración injusta o agresiva; esas palabras muestran una prioridad y se proponen conmover nuestras conciencias. El hombre necesita realizar la metanoia, un cambio profundo de mente, una conversión hacia la gracia del Cielo, pues el hombre no puede descubrir y perseguir la verdad, el bien y la justicia por sus propios medios si su conciencia no está iluminada por lo divino, pues es el contacto con esa gracia es la que da al ser humano la fuerza necesaria para actuar de acuerdo con su propia consciencia.

Beatriz Calvo

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