DESPEDIDAS

Editorial Ecocentro

Serie Humanidad en Transición

Lunes 20-04-20

 Solo la consciencia despierta puede entender nuestro mundo sin juzgarlo ya que todo lo que en él ocurre es fruto de la división, de la dualidad en la que vivimos. Una visión trascendente de la vida nos llevará a comprender que la muerte también forma parte de la experiencia de vida y por tanto, tenemos que vivir con su presencia. Las pérdidas  causan un tremendo dolor y vacío, y en ocasiones ese miedo al dolor, nos impide vivir pero si atravesamos ese dolor,  aunque a veces parezca imposible, podemos salir fortalecidos de él en sensibilidad, en esencia y en consciencia.

La vida rápida, apresurada, acelerada, la inmediatez de todo, la competitividad, el ansía de …. nos ha desconectado de los verdaderos valores espirituales que hacen del ser humano un ser completo en su dualidad. El enfoque científico, analítico y tecnológico en su visión parcial de la vida nos ha llevado al rechazo colectivo de la transitoriedad y la mortalidad. Hemos olvidado antiguos valores que nos han hecho eludir el contacto con la muerte, la hemos banalizado de forma tan pasajera y veloz que no tenemos tiempo de asimilar qué está pasando cuando alguien/algo se  «nos» muere. En nuestra sociedad parece que no hay lugar para la muerte. La tapamos como si se tratase de algo sucio o vergonzoso. No vemos en ella más que un sufrimiento inútil,  el absurdo, algo insoportable cuando, en realidad, es el momento culminante de nuestra vida, aquello que le confiere valor y sentido.  La muerte y el morirse se han convertido en una anécdota de la vida que hay que eliminar, tapar, disimular. Incluso los medios de comunicación la frivolizan cuando las noticias de violencia, masacres, asesinatos y muerte en general, son convertidos en nuevas estadísticas. Nos inmunizamos ante la muerte hasta el punto de servir de distracción en vídeo juegos y películas llamadas de entretenimiento.

Nadie puede eludir la muerte  porque forma parte del propio proceso de la vida. Es algo de lo que no podemos liberarnos hagamos lo que hagamos; podemos alargarla artificialmente, esquivarla con pequeños engaños, pero es el final al que se enfrenta nuestro cuerpo físico, nuestro pequeño yo. Porque morir es lo contrario de nacer,  no de vivir. Morimos solo para renacer, pero morimos cada día un poco cuando las experiencias de la vida nos empujan a desprendernos de  hábitos, costumbres, creencias o situaciones. ¿Por qué vivimos entonces como si lo más importante fuera huir de todo proceso de renacimiento? ¿Por qué nos rebelamos con tanta insistencia ante la muerte, siendo esta la propia pulsación de la vida? Todas las creencias sociales y culturales nos impiden ver y sentir con claridad. Podemos vivir con una conciencia más ampliada y abierta a la sacralidad de la vida. El mundo actual nos impulsa a vivir mirando solo una cara de la moneda y esto nos imposibilita a trascender las vivencias hacia una nueva visión de unidad que nos hace comprender, aceptar  y vivenciar en paz y serenidad aspectos de la vida que, como la muerte, nos imaginábamos  insufribles de llevar.

La muerte no deja de ser un misterio insondable, un gran signo de interrogación que llevamos en lo más íntimo de nuestro ser. Sabemos que algún día moriremos  aunque no sepamos ni el cómo ni cuándo. Pero en lo más íntimo de cada uno de nosotros hay algo que  conoce esta verdad. Sabemos que un día tendremos que despedirnos de las personas que queremos, o quizá  sean ellos los que se vayan primero. Y es esta certeza, la más íntima y profunda que poseemos,   la  que, paradójicamente tenemos en común con el resto de los seres humanos. Puede ser eso lo que hace que la muerte del prójimo me afecte y lo que me permite penetrar hasta el corazón de la única y verdadera pregunta: ¿qué sentido tiene la vida? ¿qué sentido tiene mi vida? 

Ha habido momentos, y aún hoy en algunas partes del mundo sucede, en que se celebraba la muerte tanto como la vida.  Se acompañaba al fallecido la primera noche para que no estuviera solo al igual que a sus familiares. «Te acompaño en el sentimiento», se decía. Se realizaban velatorios que así se llamaban porque  los que allí estaban velaban, es decir, permanecían despiertos, acompañándose. Quizá la relación con la muerte era diferente porque había un mayor vínculo con la naturaleza, con la tierra y con su proceso de nacimiento-vida-muerte. Pero, ahora hemos ido dejando la muerte y todo lo relacionado con ella relegado a la caja de las cosas que nos dan miedo, que mejor no mirar o de pasada, con prisa y menos aún hablar de ellas. Ese intento de querer alejarla de nosotros quizá se realice para  impedir que se acerque a nosotros. Sin embargo, hemos provocado que no sólo no las hemos podido alejar, parece obvio, imposible, sino que, además, al perder la conciencia de la muerte, hemos olvidado lo necesaria que resulta  su relación con la vida. El miedo a la muerte es el miedo a la vida. Vivimos inconscientemente, pensando que todo lo que tenemos lo tendremos siempre ahí, (ya sea personas o situaciones) y a veces, solo lo valoramos cuando lo hemos perdido.   

La hemos alejado de nuestra vida cotidiana y el esconder y alejar todo lo relacionado con la muerte se ha vuelto dañino, perjudicial para el ser humano porque con ello tapamos unas experiencias de vida   imprescindibles. La muerte nos recuerda el carácter de impermanencia y transitoriedad de nuestro cuerpo físico, de la envoltura. Nos recuerda que en realidad no disponemos de certidumbres, seguridad o de control sobre lo que acontece porque hay algo que nos sobrepasa. Nos recuerda que tanto la vida como la muerte nos acompañan en un proceso natural, porque la vida es permanente cambio y por ello  hemos de afrontar constantes despedidas, adioses, pérdidas, pequeñas muertes.  Dejamos de ser niños para ser adolescentes, nos separamos de nuestro mejor amigo, nuestros padres se divorcian,  pierdo o cambio de trabajo, cambio de residencia, vivo una separación de pareja, mi cuerpo envejece, no tengo tanta energía  etc…. Hay  tantas pérdidas y cambios que, inevitablemente pasaremos por momentos de tristeza, angustia, momentos  dolorosos pero si los experimentamos, (no huimos de ellos) tras el sufrimiento y el llanto  podremos volver a recuperar la alegría de vivir. Podremos  ver la luz desde la oscuridad del dolor. 

Quisiéramos salir corriendo tanto del duelo como de la muerte pero, lo más adecuado es mirarlos de frente en lugar de intentar escapar de nosotros mismos. El duelo es esa experiencia de dolor, rabia, incredulidad, pena, impotencia, aflicción o resentimiento que se manifiesta de diferentes maneras cuando perdemos a alguien o algo significativo para nosotros. Pero hay que aprender a vivir con él, porque la vida es cambio, transformación e, inevitablemente, son procesos que siempre van acompañados de pérdidas. Convivimos con la muerte muy de cerca, en nuestro cuerpo. Cada siete años  todas las células de nuestro  organismo se han renovado  y no queda nada del cuerpo que había antes, aunque parezca que somos los mismos, no es así. No deja de ser un tránsito, un cambio, una transformación. El cuerpo que teníamos hacía ocho años está muerto. Y a eso podríamos añadir todos los procesos psíquicos que lo acompañan y que vivimos a lo largo de nuestro existir. Algo va cambiando, pero al mismo tiempo también podemos observar que algo permanece. Esa presencia silenciosa que contempla todo lo que está sucediendo.

Atravesar el sufrimiento que nos suponen las pérdidas, la muerte nos ayuda a vivir aquello que nos corresponde vivir en cada momento más conscientemente.  Las penas, las alegrías y también todas esas pequeñas cosas cotidianas tan sencillas y cercanas como el simple hecho de respirar, caminar o recibir la generosa luz del sol. Nos puede  volver  más atentos hacia los que nos rodean, dándonos cuenta de que no siempre estarán a mi lado, deseando descubrirlos  y  cooperar con ellos para desarrollarnos mutuamente. Al preguntarnos y mirar a la muerte, inevitablemente nos vendrán preguntas sobre la vida, la esencial: «¿quién soy?» Es muy  humano sentir temor ante la muerte básicamente porque queremos vivir.  Por ello es un regalo pararnos un momento a mirar a la muerte, la mía, la tuya, la de nuestros seres queridos, es un regalo de vida, de conciencia de que cada momento es maravilloso porque es único, especial e irrepetible. En los momentos de oscuridad podemos tenerla presente: «Ahora tengo este momento ahora» . A darnos cuenta de que todas las experiencias de la vida, incluida la muerte no suceden por casualidad, que aunque nuestra mente se resista a comprenderlo, nuestro verdadero ser decidió antes de reencarnarse  el momento y la manera de decir adiós.    Recordar que cada momento es único y que pasará nos puede ayudar a centrarnos a  hacernos conscientes de que  podemos vivir con plenitud. La conciencia de la muerte  (mi muerte,  la de mis seres queridos o la de cualquier ser humano) es una conciencia muy sana, no es enfermiza ni morbosa,   es una conciencia de vida.  Podremos realizar las despedidas  y los duelos velando de verdad, manteniéndonos verdaderamente despiertos. Podremos agradecer cada momento de nuestra existencia recordando que lo que verdaderamente somos no muere, regresa al Ser. 

NOTA.-

En estos momentos en los que nos encontramos, la muerte de un ser querido, las despedidas y los duelos se están viviendo de una forma aún más traumática. 

Abrimos nuestros corazones para transformar la pena, el dolor  en compasión y, ofrecemos una propuesta para que, desde la aparente distancia las pérdidas y las despedidas puedan de algún modo realizarse y alivien el duelo. Es algo que podemos hacer tanto si hemos sufrido una pérdida cercana como si sentimos la de cualquier ser humano desconocido.

CREAR UN ESPACIO DE DESPEDIDA

Por Katharina Widmer

 

En estos tiempos tan excepcionales en los cuales estamos obligados a realizar tantas cosas “a distancia” hay una que resulta particularmente difícil: la de despedirnos de un ser querido.

La propuesta de hoy nace de mi propia experiencia. No pude asistir al entierro de mi madre. Durante los días que siguieron a su fallecimiento me acompañaron sus fotos, músicas y flores en mi duelo. El acto de dedicarle un lugar en mi salón me permitió expresar mis sentimientos y darle el último adiós.

Para realizar esta actividad creativa y curativa es importante elegir un pequeño espacio y dedicarlo a la despedida. Puede ser una repisa de una estantería, un rincón en una habitación, un espacio en la pared etc.

Decoramos nuestro espacio elegido con imágenes, objetos, plantas etc. que nos unen a la persona querida y nos retiramos a este lugar cuando lo necesitamos para rezar, meditar, escuchar música, escribir etc. Es muy importante que no nos asustemos ante la aparición de las emociones que podemos experimentar durante este proceso. Debemos saber que este inevitable dolor por la pérdida, cuando puede ser expresado, se transforma en paz y sosiego.

Conforme pasan los días nuestro rincón de la despedida va cambiando. Es posible que necesitéis cambiar la foto, que os pida otros objetos o bien que necesitéis poner flores… es importante escucharse y realizar los cambios pertinentes. Ante la dificultad de conseguir flores frescas, por favor dibujadlas o creadlas con papel y combinadlas con los tiestos que tengáis en casa.

El hecho de crear algo con las manos para la persona querida es en sí mismo un acto reconfortante y ayuda sobre todo a l@s niñ@s a poder expresar su cariño y su añoranza. Por supuesto, esta propuesta es susceptible de ser reinterpretada por cada uno y cada una a su manera y con los medios de los cuales dispone.

Katharina Widmer.
Arteterapeuta
katharina.arteterapia@gmail.com.

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