La economía con el adjetivo verde se quiere vestir de esperanza para sacarnos de la crisis actual, pero muchos percibimos en este nuevo juego de palabras una apropiación indebida por parte de un capitalismo feroz, que esconde, tras el sugestivo color verde, una nueva estrategia de la misma vieja economía negra que nos ha sumido en la debacle actual, pues  ha invertido los principios de una economía real, que ha de estar al servicio de la vida, poniendo la vida al servicio de una economía sin alma que va dejando desiertos de vida y esperanza allá por donde pasa.

Hemos  de estar atentos en distinguir a los que están practicando realmente una nueva economía, llamémosla verde, solidaria o azul, -como hacen ya algunos autores que hablan de ir más allá de la economía ecológica y vencer el paradigma cartesiano en la que nació-, de los que se apropian indebidamente del término, como  las grandes transnacionales, que han visto en el concepto, como antes lo vieron en el oxímoron “desarrollo sostenible”, un nuevo paraguas conceptual para privatizar, en este caso, los recursos naturales que aún no está privatizados: aire, co2, agua, océanos, biodiversidad… Sustrayéndolos, con sus artimañas financieras y sus coaliciones ilegítimas con gobiernos e instituciones internacionales, a sus legítimos custodios e usufructuarios: la humanidad toda, presente y futura,  incluyendo como “sujeto” de derecho de una naturaleza sana y viva a todos los reinos animales, vegetales, y por qué no, minerales, pues una montaña sagrada necesita para serlo tener el oro en sus entrañas, para irradiar la bondad inmaterial del oro e iluminar en lo intangible la conciencia del pueblo que la circunda.

Así que mientras Europa reclama desesperadamente más crecimiento para salir de la crisis, los ecologistas avisan de que el crecimiento si no es sostenible nos lleva a la ruina, el capitalismo especulativo se afana con uñas y dientes en mercantilizar la parte material de la naturaleza y los procesos y funciones de la naturaleza para ofrecernos unos lucrativos servicios ambientales y los campesinos e indígenas del mundo se levantan contra tamaña ignominia de prostituir aún más a la Madre Naturaleza, una nueva serie de empresarios están haciendo suyo, con modestia y coherencia, el adjetivo verde, y el de solidario, y el de azul, y el de social y el de “no sólo lucrativo”, pues están redefiniendo qué es realmente el buen vivir y cómo ser prospero sin depender de un crecimiento económico infinito.

Y cuando emprenden piensan en los acuíferos, y cuando siembran se acuerdan de las mariquitas y los sapos parteros de la charca, y cuando se asientan tienen en cuenta  un tejido rural desposeído de su dignidad por una cultura desacralizante de las relaciones del hombre con la naturaleza. Y creen en una economía basada no sólo en el capital sino en el trabajo, rechazando la esclavitud del objeto todo a cien y reclamando la ternura explicita del objeto artesano y único, hecho con ese tiempo más amable, en el que la conciencia se posa en lo que hace. Y gracias a esa actividad más lenta, y por lo tanto atenta, cuidan al lobo y a la abeja y al hermano oso y a la hermana agua….

Démosle la voz y si les vemos en la estantería de una tienda. Démosle también nuestra elección como consumidores, pues con su esfuerzo, que va a contracorriente en un mundo de depredadores sin conciencia, están escribiendo las  primeras líneas de la vanguardia de un incipiente sistema de hacer economía que lucha por recuperar el alma tiñéndola de verde, de azul o de blanco; la gradación del color dependerá del color de la conciencia en que cada uno habite. Ahí está quizás la esperanza mientras contemplamos entre el temor y la liberación la caída de otro imperio decadente y romano.

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