Dicen, que el dorado de las hojas en otoño, es la gratitud que los árboles sintieron durante el verano hacia un sol intenso que hizo fructificar sus frutos. Es la sonrisa dorada del reino vegetal, expresada en la corona de sus reyes, los árboles, que no solo la ofrendan como pendientes con las que engalanan su sencilla majestad sino que como sabios que educan con su ejemplo dejan caer con una parsimonia prodigiosa cada una de esas joyas de oro al suelo, que las devorará como manjares exquisitos del cielo, con sabor a luz, luz dorada que se apaga en la tiniebla, y se vuelve humus, suelo, tierra.

Todo vuelve a su origen, la materia a la tierra, el cuerpo se vuelve polvo, y los caminos son capas y capas de nuestros ancestros que nos miran desde abajo, creando la base firme de nuestros pasos. Todos seremos una hoja de la existencia que se desprende de la savia de la vida y retornaremos al origen. En nuestra voluntad está el que nuestro último baile en la levedad de la gravedad mientras caemos como hojas al viento del tiempo, hacia el útero de la tierra, tenga destellos en su trazo de muerte, tenga esa luz dorada de la gratitud del que ha vivido en nombre de lo Real, del sol de su corazón.

Dicen algunos que se vive como se muere. Vivir sembrando primaveras a cada paso -en esa sentencia gloriosa de un hombre despierto-, va cargando el corazón de sabiduría y de amor, las dos alas con las que atravesar el espacio de la conciencia en la que somos, nos movemos y existimos, siendo lo que palpita en lo más nuclear de nuestro ser.

Amar con benevolencia deseando que todos los seres conozcan las causas de la verdadera felicidad, señalando con el ejemplo viviente que es más feliz el que es, el que se dona, se hace pan y vino para el hambriento, para el sediento, mucho más que el que tiene la ilusión de permanencia de unos objetos, de unas experiencias que se escapa a diario entre nuestras manos.

Amar al que sufre, mojándose las manos y el cuerpo del dolor universal que escribe la gramática de estar vivos, y enseñar las causas que producen sufrimiento, ese autocentramiento obsesivo en mi yo y en lo mío, firmando un contrato de indiferencia absoluta con el prójimo. Bajar al foso del infierno, como beatrices enamoradas y sacar a Dante hacia la luz, lejos de la caverna que confunde con sus sombras.

Regozijarse hasta el infinito ante la felicidad ontológica que lo permea todo, recuperar el asombro ante las estrellas que nos custodian, los ríos que nos sustentan, los vientos que expanden la semilla y susurran voces de otros mundos. Caer de rodillas en una alegría incondicional por cada golpe de brisa que hace danzar las ramas del olivo, y anonadarse ante toda esa belleza del macrocosmos refulgir en la nobleza de un alma, que es toda ella un árbol que cobija, un sol que ilumina y conforta, una gua viva que extingue la sed, un cosmos entero asomándose por el centro mismo de sus pupilas, el mismísimo centro del universo.

Cultivar la santa ecuanimidad que como un fiel de justicia, ante la impermanencia de los fenómenos, se entrega sin la resistencia al cambio que nos esculpe la vida, sin rechazar al que es diferente, sin apropiarse de la libertad de quienes ama. Todo ello hasta llegar a ser una hoja dorada agradecida que se desprende de la vida con un canto de cisne que conmueve.

Beatriz Calvo Villoria. Directora de Ariadna Tv

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