¿Se puede vivir sin piel, se puede vivir sin la piel privilegiada de los bosques que respiran cada mañana para nosotros, se puede vivir sin las brisas juguetonas de la tarde acariciando las sedosas hojas de los robles, o las delicadas hojas de los fresnos, frescos árboles de ríos? ¿Se puede vivir sin el verde que alegra literalmente los corazones, y que cuando se apaga tras un incendio su ausencia es como la del agua o como la del aire?

¿Se puede vivir sin madera, se puede vivir sin bellotas, sin castañas, sin piñones, sin los frutos de los bosques, se puede vivir sin el porte simbólico de los árboles que nos recuerdan la unión indisoluble entre el cielo y la tierra. Se puede vivir sin ese sentido existencial que el árbol nos recuerda, de ser puentes entre dimensiones tan esenciales? ¿Se puede vivir sin el canto de los pájaros que anidan en los árboles enhiestos, sin sus vuelos imposibles, sin las lagartijas juguetonas, sin los miles de congéneres que habitan en el bosque escondidos para nuestros ojos pero construyendo vida, ecosistemas, naturaleza amada? ¿Se puede vivir sin lluvia, sin el frescor que trae el otoño a las altísimas temperaturas del verano, sin agua en los manantiales, sin agua en los ríos?

Si la respuesta es, evidentemente, no ¿cómo es posible que con los medios humanos y económicos que se dilapidan en crear misiles o naves para llegar a Marte no se investigue en el mantenimiento, custodia y guardia de la única casa real que tenemos; la madre tierra?

Madre hermosa cuyos cabellos son frondosos bosques que aman en secreto a la hermana lluvia y con sus ondulaciones peinadas por los vientos la convocan con sus cantos misteriosos y secretos. Y ella profundamente unida a esa danza de hojas que son pulmones para todos baja a besarlos y con ese beso profundo y húmedo las vuelve a conquistar y enamora a toda la tierra que gozosa ofrece sus flores y sus frutos.

¿Cómo es posible que España se queme desde hace décadas y no haya economía para parar esa debacle, como es posible que el medioambiente en tiempos de crisis, que es el único refugio real en medio de la debacle económica de una sociedad emborrachada de bienes y servicios inútiles se considere prescindible? ¿Cómo hemos permitidos que la única economía real, de la que se come literalmente, la economía asociada a la tierra haya sido asfixiada por una economía de mercados financieros abstractos y pecaminosos?

¿Cómo hemos permitidos asesinar a la única cultura que puede sobrevivir a la caída del imperio neo liberal capitalista y feroz, que está arrastrando a todas las economías del planeta y a todos los ecosistemas? ¿Cómo hemos soberbiamente despreciado a los que son capaces de distinguir doce clases de verde cuando miran una oliva, como hemos creído ser superiores ante gente que huele el viento y sabe si va a llover o la seguía se alargará todavía? ¿Cómo hemos menospreciado la sencillez, hija de la unidad e integración, que toda alma busca, frente a la complejidad de una civilización tecnologizada hasta el punto que está perdiendo funciones meridianas, esenciales para la supervivencia como la atención y la concentración, pues sus ídolos de barro, esos aparatos electrónicos que proliferan como las cucarachas sustituyen nuestra memoria y nuestra vida?

Máquinas que devoran hombres, hombres que ya no son más que máquinas y que han dejado morir el espíritu que está hermanado con la naturaleza prístina, ahora violentada por fuegos que le devoran el cabello, que le queman la piel dejándola expuestos a vientos enfadados y secos, pues ya no vehiculan el agua que un romance cósmico producía entre el cielo y la tierra.

¿Cómo podemos vivir sin bosques? Quizá porque algo de nosotros ya está muerto.

Beatriz Calvo Villoria desde el incendio de Sierra de Gata

 

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