Editorial Ecocentro: CERRAR LOS OJOS . Miércoles 01-04-20

CERRAR LOS OJOS

Serie: Humanidad en Transición

Por el equipo de Ecocentro

Miércoles 1 de abril

Ver y mirar son dos formas distintas, igual que oír y escuchar.

La mirada, el simple hecho de posar nuestros ojos en un objetivo determinado no es una actividad simple, inocente. Al mirar hacemos mucho más que adquirir información visual: re(conocemos), distinguimos, activamos emociones, creamos el mundo que habitamos y lo dotamos de sentido.

Hacemos una selección entre la multitud de imágenes que se presentan a nuestros ojos y , esa actividad, la realizamos sobre nuestros conocimientos, social  e históricamente condicionados, los que modelan ciertos «modos de ver. »

La mirada nunca es desnuda porque pone una dimensión ideológica, social pero también existencial a lo que vemos. Desde ahí hay muchas formas de mirar, cada persona tiene una. Sus experiencias personales, sociales, creencias, condicionamientos la van configurando.

Mirar es siempre  hacer algo con lo que se ve, construir la experiencia desde lo observado. Es una forma simbólica de tomar posesión de lo que se mira, por eso cabría preguntarse desde dónde estamos mirando.

Se puede mirar para transformar lo que se ve.

El ojo es una lente que proyecta hacia el exterior algo que viene muy de dentro, la lucecita que destella a través de la pupila, hace visible el alma o la esencia de cada ser. Esa parte que no necesita los ojos físicos para ver.

Estamos tan acostumbrados a mirar con ellos que hemos olvidado como es ver sin ojos. No confiamos en nuestra visión interna y en su guía.

Nuestra verdadera esencia es pura conciencia, un campo de visión no física que continuamente es testigo de lo que llamamos nuestra vida. Creemos que solo vemos con los ojos físicos, pero y si  nos viéramos a través de los ojos del Ser. Al darnos cuenta de que somos pura conciencia, desaparece el deseo incesante de empujar la vida,  surgen la aceptación y la simplicidad.

En Oriente se refieren a este estado como wei wu wei, o acción sin acción. En Occidente el «no hacer».

Pero esto no consiste en quedarse cruzado de brazos. Es un estado de conciencia que responde con fluidez a la guía de la vida. En dicho estado,  de manera natural, aparece la respuesta apropiada para cada situación, sin que la  mente pensante la corrija. Eso sucede  porque hay un reconocimiento de que es la fuerza de vida,  que nos anima siempre, la que realiza el primer movimiento. Así las acciones no son iniciativas aisladas basadas en los deseos de la mente concreta, sino respuestas a las invitaciones de la vida.

Si cerramos los ojos y miramos con cuidado, sentiremos esa fuerza que anima el universo, el fundamento de todo lo que es. Todo cambia constantemente, excepto lo que testifica. Todo viene y va, experiencias físicas, emocionales y mentales del cuerpo psicofísico pero, la conciencia indivisible, siempre está presente. Estamos condicionados por la creencia e identificación con nuestra  mente consciente que alimenta la ilusión permitiendo al ego crecer más allá de sus funciones, de su  propósito.

Si ampliamos nuestra visión interna  podemos observar y ser testigos de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros: pensamientos, sentimientos y acciones. Y a medida que vayamos profundizando el yo mental desaparece gradualmente y  deja paso al testigo. En lugar de poner nuestra atención en el parloteo mental, nuestra visión cambia.

La conciencia se expande, disolviendo la subjetividad del testigo  y libera un potencial inesperado que impregna la vida.

Ahí,  solo queda la conciencia un campo de ojos que ven sin mirar.

La antigua sabiduría  nos dice que la verdadera visión no es binaria, sino un estado de claridad y conocimiento indivisible que no está obstruido por ideas y/o creencias. Cerremos, metafóricamente hablando,  los ojos para así poder VER, MIRAR lo que realmente la vida es y una vez realizado ese descubrimiento, al abrirlos de nuevo nuestra mirada será más bella y verdadera porque será la mirada del Ser.

 

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