El Año Nuevo

El día 1 de enero es un símbolo de renacimiento en la sociedad, de buenos propósitos y mejores intenciones, pero según van transcurriendo los días y entramos en el año, nos vamos encontrando con la realidad de lo que supone aplicar todas esas ideas en nuestro día a día. La euforia del nuevo comienzo se va evaporando, dejando a la luz la realidad tal cual es, que aunque no nos lo parezca, siempre es perfecta, también con las imperfecciones.

Empezamos el nuevo ciclo al grito de, “feliz año nuevo”, llenos de ilusión por volver a empezar, por estrenar la vida. Una nueva oportunidad para cambiar de hábitos, dejar atrás adicciones que nos hacen daño, empezar una dieta saludable, organizar mejor el tiempo, hacer más ejercicio, aprender algo nuevo, enamorarse,  tener más paciencia, y una lista sin fin de propósitos vitales.

Pero, ¿por qué nos cuesta tanto llevar a cabo los propósitos? Pasa con los propósitos como con las frutas, que no aparecen en el árbol cuando yo quiero, sino con la estación oportuna. De la misma manera, los propósitos, no se consiguen cuando yo quiero, sino en el momento oportuno para ello. Entonces, el milagro sucede, el propósito, que no es otra cosa que un movimiento natural a favor de la vida, aparece. ¿Qué hay de la voluntad y el esfuerzo? El esfuerzo y la voluntad en sí, requieren mucha energía, que sumada a la energía que hace falta para cambiar hábitos o adicciones, acaba por ser excesivo e imposible de sostener en el tiempo.

La simple observación de lo que nos rodea y lo que hacemos, sin juicio, sin intentar cambiarlo, nos coloca en un espacio de libertad nuevo. Mirar primero, sólo mirar, es tan esencial como revolucionario. Nos permite ver el entorno en el que nos encontramos, reconocerlo, y nos empuja a dar los pasos oportunos, aunque sean pocos o puede que uno sólo, pero en la dirección adecuada. Entonces empezamos a ver la verdad de la realidad tal cual es, sin florituras, sin deseos o aversiones, y ese ver interior, es transformador. La mirada atenta y cálida de uno a su propia flaqueza, es como el cálido sol sobre el duro hielo, que lo transforma sin esfuerzo, en agua. Así, a la luz de la comprensión, todo se transforma, retomando el movimiento natural de la vida.

Es importante darse cuenta de que nada sucede nunca en otro momento que no sea este. Si estás leyendo esto, te invito a experimentar el tiempo, pero no como un concepto, un pensamiento, una hora, o una fecha en el calendario, sino como vivencia directa de la realidad aquí y ahora. Con los ojos abiertos y mientras lees estas palabras, lleva tu atención a la respiración, observa el movimiento del cuerpo con cada respiración. Permítete sentirlo por unos segundos y comprueba que sucede siempre ahora. Incluye ahora las manos, mira a ver si puedes percibir la vida que hay ahora en ellas. Deja que tu atención repose ahí lo que haga falta y cuando quieras puedes ampliar el foco de atención y sentir la vitalidad del cuerpo en su totalidad.

Sentir este instante sin tiempo, vacío de pensamiento y repleto de vida, nos coloca en la realidad y nos saca de las ilusiones de futuro que nunca sacian nuestra sed. Desde este espacio de vida, libre de todo pensamiento, los propósitos se renuevan en cada momento creando una continuidad en el bienestar, y aprendiendo a usar mejor las capacidades que tenemos a nuestra disposición que se adaptan a nuestras necesidades, momento a momento.

Gabriela Rdz. de Miguel Heredia

Escuela de Meditación Ecocentro

www.ecocentro.es

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