Abrirse al milagro

Me desperté y mi corazón latía.

Entre las sinuosas veredas del jardín mi corazón latía.

En las inspiradoras líneas del poema mi corazón latía.

En el abrazo de piel cálida mi corazón latía.

En el castaño florecido por la primavera mi corazón latía.

Mi corazón latía y no era corazón, era latido, rotundo, innegable,

 pura irradiación de una fuente inagotable.

A su debido tiempo la semilla germinó,

 creció, y  ahora ofrece generosa sus flores y frutos.

Nada hice.

Sólo no lo impedí.

Y quién observa sabe que nada ocurrió:

el despliegue majestuoso de un círculo perfecto,

 instante de plena vacuidad.

 1. El Castaño

La luz de la mañana se enreda entre las ramas del viejo castaño. De sus raíces brota un impulso milenario que inunda la tierra. Sus hojas ensayan una danza ancestral y retienen pacientes la imperiosa fuerza de la vida.

Este árbol no tiene nada que relatar, pero de su callada presencia extrae el hombre el sentido de su vida y de su muerte, el sentido de su gozo y de su sufrir. Cuando el alma suelta sus amarres, se alza hacia la copa del castaño y regresando con él hacia la profundidad de sus raíces, encuentra la inmortalidad.

 

2. El Nacimiento

Con la llegada de la primavera el castaño se ha adornado con un nuevo brote en flor. Ha surgido inesperadamente de la entraña madura de la tierra y se ha resignado a morir. Pero antes, como mensajero divino, ha de hacer entrega de su eterna misiva y colmar con su gracia y belleza el corazón de los hombres.

En el declinar del día se rompe el silencio con un llanto. Con amoroso esmero la madre recoge en su regazo a la niña recién nacida y le ofrece su alimento cálido y fecundo. El círculo vital se despliega en todo su esplendor y el castaño contempla a través de la ventana la alegría del nacimiento.

Un misterio ha nacido y con él el anhelo por desvelarse.

 

3. Jugando

El jardín acoge, en su perenne verdor, los juegos infantiles de una tarde de verano. La niña no quiere ser vista y por eso se ha escondido detrás del grueso tronco del viejo castaño. Su corazón golpetea con fuerza en el pecho y se tapa con la mano la boca para ahogar sus risas. Su cuerpo, empapado por el sudor de las carreras y el sol aplastante, vibra pleno de alegría.

Por distintos rincones del jardín ve corretear a los otros niños que intentan inútilmente desvelar su escondite. Se oyen sus voces llamándola y ella aprovecha para refrescar su ardor a la sombra del castaño. Observa, por unos instantes, las misteriosas formas que se dibujan en su corteza y se pregunta quien las habrá puesto allí.

Sus pies descalzos se han herido con una piedra afilada y brotan algunas gotas de sangre. Su entusiasmo infantil  se ha convertido en dolor agudo y sus amigos corren a consolarla. La niña se deja acurrucar y refresca sus pies en la fuente. Un pajarillo atrevido saborea algunos sorbos de agua, casi rozando los pies de la niña, que se estira para alcanzarlo. Asustado, emprende el vuelo y la niña lanza su sonrisa al cielo.

El calor agobiante de la tarde comienza a declinar y los niños se reúnen bajo el castaño que, generoso, les regala su frescor.

Los amigos comienzan a marcharse y la niña sabe que de nuevo tendrá que abrazar la soledad de su habitación oscura, donde se reencuentra cada noche con un inconfesable temor a las sombras que la habitan. Cierra sus ojos con fuerza y espera paciente a que el olvido la recoja con su manto.

 

4. En el estudio

La luz mortecina de una lluviosa mañana de otoño se derrama con austeridad en la sala de estudio. Las miradas de los estudiantes,  absortos en sus libros, no perciben el golpeteo de las gotas contra los cristales de la ventana, ni la madurez de los frutos que penden de las ramas del castaño. El paso lento de los minutos y las horas les parece una infranqueable barrera hacia su juventud, llena de ansias de descubrir el mundo. El castaño nada sabe del tiempo, su existir es apenas un instante circular, una cíclica apariencia muda.

La niña no presta atención a las palabras del maestro que brotan con una verborrea imparable. Son frases angostas y mortecinas, repeticiones incontables  de saberes inútiles.   Sujeta la cabeza entre sus manos, como queriendo refrenar la fuerza imperiosa de su curiosidad que yace lánguida en un rincón de su alma.

¿Por qué brotan tantas preguntas de su mente para las que no encuentra nunca respuesta? ¿Por qué llegué a este mundo? ¿Por qué se acaba en cada instante? ¿Por qué no es siempre primavera? ¿Por qué cualquier alegría se convierte siempre en pena?

La música del otoño resuena en las horas huecas, y las preguntas lanzadas al viento van abriendo un espacio entre las nubes del cielo y un rayo de sol, inesperadamente, atraviesa los cristales empapados de lluvia, para reflejarse en los ojos de la niña. Su sonrisa se pierde entre las hojas muertas.

 

5. Enamorada

El castaño entrelaza sus ramas, como bellas extensiones del tronco único que se yergue con la fuerza poderosa del amor.  Cada una dibuja su propia forma con inexplicable firmeza, sin estorbarse lo más mínimo, sino enmarcando  con su trazado la armonía del conjunto. Nada en él hay que pueda ser distinto de cómo es, nada que añadir a su equilibrio perfecto, nada que eliminar cuando aún no ha llegado su momento. Ni siquiera el invierno, con la fría manta blanca con la que lo ha envuelto, le resta calidez al milagro de su presencia.

La niña tiene ahora un bello cuerpo de mujer que se acurruca entre las tibias sábanas. También son tibias las lágrimas que le cubren el rostro pero helado es el dolor que le traspasa el corazón. En su memoria se acumulan, hoy como dardos envenenados, todos los bellos recuerdos de su amado. Esta mañana se ha marchado y ella sabe que nunca volverá. Ese fuego que le abrasa el alma, le hizo por un momento creer que su amor era eterno y eterna la felicidad que le otorgaba.  Pero todo se ha desvanecido, como un simple sueño. Las luces se vuelven sombras y la soledad, a la que con tanto cuidado siempre había esquivado, le atenaza con sus frías garras de ave depredadora.

No existe consuelo para ella. Cierra sus ojos con fuerza, como las ventanas con las que se oculta del invierno, y todo porque no quiere vivir este momento. Desgajada, perdida, algo se desgarra en su interior que deja florecer una promesa incierta.

La nieve cae ahora con fuerza y el castaño abraza imperturbable toda su tristeza.

 

6. La Muerte

La oscuridad del alba estalla en breves fogonazos de fusil. En la inmensa sala destartalada, resuenan aterradoras las inquietantes pisadas de los guardias de patrulla, haciendo la guardia por el contorno del campo de concentración. Los destellos de la lejana metralla dibujan escenas infernales en las paredes del barracón hospitalario y en los sueños agitados de los innumerables enfermos que se acinan en total desorden. Se escuchan gemidos anónimos, impersonales, llamadas inútiles, que se pierden inermes en un negro abismo.

A primeras horas de la mañana el médico realiza su ronda y mecánicamente, protegido de una coraza de impasibilidad, se ve obligado a acercarse hasta lo más desgarrado de la miseria humana. Cansado, adormecido, sin inmutarse cuando descubre los cuerpos a los que la vida abandonó en mitad de la noche.

Pero el corazón  del médico no puede quedar impasible ante el milagro que inesperadamente le regala esta mañana de abril. Arrinconada en un camastro ennegrecido, olvidada en sus últimos recuentos rutinarios, descubre la presencia de una joven, por su mirada se diría que casi una niña. La joven sabe que su muerte es inminente, tan sólo cuestión de días. A pesar de ello, se muestra serena, incluso animada. Sonríe con dulce generosidad. El médico conversa con ella: “Me alegro de que el destino se haya cebado en mí con tanta dureza. Siempre fui una niña consentida y tenía miedo de vivir. Ahora ya no existe el futuro para angustiarme y mis recuerdos se esfumaron como la bruma de la mañana. Soy libre”. Señala la ventana del barracón y dice: “Aquel árbol es el único amigo que me acompaña en mi soledad. En realidad, siempre lo ha sido, pero yo nunca me había dado cuenta. Mis ojos estaban cerrados y ahora se abren impregnados con su luz”. Por la ventana se acierta a ver la rama de un castaño florecido con dos brotes primaverales. “A menudo le hablo a ese árbol”. El médico, aturdido, no entiende estas palabras, ¿acaso la enferma delira? Con algo de ansiedad le pregunta si el árbol le responde. “¡Sí! Me dice: “Estoy aquí, estoy aquí, yo soy la vida, la vida eterna”.

Todo enmudece ante el rayo sublime de la Verdad.

 

7. El Castaño

Nadie sabe cuánto tiempo hace que el castaño se alza en este lugar ni nadie espera que algún día desaparezca. La tierra que encierra sus raíces y el cielo que acuna sus ramas, estrechan en su latir, un eterno vínculo sagrado.

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