Contemos la historia de un Juan cualquiera que un día conocimos, que compartió escalera en nuestra comunidad de vecinos, que tenía una novia con la que ensayar el difícil arte del amor, un trabajo estimulante en el que ser un hombre de provecho para su entorno; una madre viuda tocada por la pérdida de su único amor, necesitada de nuestra compañía, que demanda con insistencia desde una incipiente senilidad y que despierta en nosotros la gratitud de poder devolver lo que ese vínculo seguro del amor incondicional nos dió durante toda su vida, aunque la novia se resista, pues no ha integrado la rivalidad de amores que se activan entre la suegra y la nuera.

Las vacas gordas nos sonríen, nuestra felicidad anclada en circunstancias favorables nos hace olvidar que la única felicidad verdadera yace escondida en lo más profundo de nosotros mismos, y que se cultiva a diario si profundizamos en lo que realmente nos sostiene más allá de los afectos naturales, con los que el destino nos provee, y con los que tratamos de equilibrar esa sensación de separación de “un no se qué” que nos ronda desde lo profundo del alma.

Un día las vacas flacas llegan a nuestra vida y, como las gentes del faraón, no supimos llenar los graneros para la sequía de afectos, que de repente se producen en nuestra vida. La tristeza del esposo perdido se lleva a la madre en la noche, sin siquiera haberme despedido, sin haber podido devolverle tanto del amor que quedaba pendiente y todo ese cariño, caricias, cuidados y afectos se queda a media salida de mis manos, de mi alma, se queda sin ser dado y duele, duele el duelo de la pérdida, la presencia de su ausencia me envuelve de tristeza.

La crisis sacude mi empresa y cada vez entran menos trabajo, la quiebra de otra pequeña pyme que sostiene la economía real de las sociedades, no las ficticias que se diseñan en los despachos corruptos de una política desconectada y de espaldas a la realidad de cada día, me deja en el paro, desocupado, con el duelo a medio elaborar de mi amada madre, huérfano de su incondicionalidad, la tristeza se cose con el miedo a mi futuro, los ingresos son cada vez más exiguos.

Fui cigarra devoradora de espectáculos, y no hormiguita previsora y el invierno arrecia, hace frío en casa y los divertimentos de la banal sociedad de consumo ya no me son accesibles, mi novia que es ligera en sus reflexiones quieres seguir bailando en la cubierta del Titanic, con acceso a un fin de semana de ensueño, en uno de esos hoteles terribles que han violado la virginidad del paisaje de la costa de nuestra querida patria, y necesita una nueva operación pues las mamas de plástico que se inoculó, desde el vacío existencial que siente, para parecer más mujer a la manera perversa en el que esta cultura construye la feminidad, necesitan ser cambiadas, pues el inmoral proveedor de mamas de artificio usó un material incompatible con la vida y amenaza cáncer.

Su tragedia nacida del esperpento le hace abandonar a este Juan ficticio, que es el Juan que todos llevamos dentro, el pobre que ignora que está sentado encima de un montón de oro y que las adversidades le derrotan.

Sólo en casa, con una manada de vacas flacas, secadas ya todas las espigas de las que sacar sustento, la depresión enloquece y Juan pierde el equilibrio, sólo queda una estocada final: el pago de la usurera hipoteca le arranca de su casa, las paredes de la única protección que le queda son sopladas por el lobo feroz de la iniquidad bancaria y Juan se rompe, en mil pedazos.

Deambula por las calles atónito del giro de su destino, desorientado empieza a compartir jardines con otros juanes que desembocan en los pantanos de la desesperación desde distintos afluentes vitales, el vino caldea el frío de las noches y la espiral de la destrucción comienza a ser vertiginosa. Las peleas por el banco más soleado, por el trozo de cartón que se ha convertido en la única referencia de pared, que asegura un trozo de asfalto,por una noche, se hace desgarrador y asustado gira su cordura hacia puntos de locura mayores, para disociarse de una realidad a la que es imposible exponerse, cómo cuando en la noche siguiente a una compañera de cajero, unos jóvenes hastiados de su burguesía sin sentido deciden cometer un delito de odio y la queman viva, ante sus ojos, a los que ya no les cabía ni un ápice más de horror.

Desaliñado, con olor a vino, a falta de agua, a falta de casa, a falta de nido, su mirada yace pérdida en un abandono total, mora en el infierno. Al principio miraba a los transeúntes, al rico Epulón buscando una cuerda salvadora, una mirada compasiva que le consolase en su desierto en Babilonia y le jalase con una sonrisa fuera de su infierno, pero en esta ciudad dónde Juan tiene ahora su aposento nadie mira a los pobres, es más, en estas ciudades deshumanizadas nadie mira expresamente a los pobres, pues temen que les reflejen los pies de barro sobre los que construimos una falsa felicidad que nunca sacia, aunque nos aferremos a ella desesperadamente, pues somos demasiado tibios para bucear en lo profundo de nuestra auténtica naturaleza humana, en busca del único tesoro que no mengua con el uso sino que se acrecienta.

No queremos mirar el espejo de una mirada desposeída de todo lo que adoramos como el becerro de oro y la despreciamos internamente porque la tememos, tememos nuestra propia fragilidad y caer algún día en el abismo, sin la red de apoyo de una sociedad enferma de individualismo feroz, que no entiende ya lo que significa la palabra prójimo.

Así que Juan se vuelve invisible, y como el otro no lo mira cree que ya no existe ni nada merece, pues nadie le devuelve su identidad de hermano, de humano. Juan es una personas de piel de cartón frágil en su intemperie que necesitan una segunda oportunidad, una mirada amiga, una mirada hermana que le haga visible de nuevo ante la compasión.

Hemos entrevistado a RAIS fundación en nuestro programa Ecos del Cambio para ablandar el corazón endurecido.

Beatriz Calvo Villoria

 

 

 

 

 

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